EDITORIAL
 

Un imperativo impulso a la investigación




Diario del Altoaragón
08/12/2018


Un investigador es, por definición, un profesional admirable capaz de adaptar su vida a los modos, los tiempos y las incertidumbres de los resultados. Una persona cuya generosidad le conduce, a través de la convicción, a buscar unas mejores condiciones para el ser humano. Cada pequeño paso es enorme, aunque desde fuera la detección de su grandeza cueste ser entendida, porque los ritmos no se atienen a los convencionales de una sociedad que quiere respuestas rápidas sin percibir que los grandes descubrimientos son la secuencia y la consecuencia de meses, años, lustros y hasta décadas de estudio, de observación, de persecución del conocimiento y hasta de una pizca de fortuna. Una actividad que demanda una resiliencia prácticamente sobrenatural, porque no está exenta de reveses que ponen a prueba una voluntad inquebrantable. Un campo, para qué nos vamos a engañar, incomprendido a lo largo de un trayecto inagotable, en el que la paciencia puede resquebrajarse si no se aceptan unos plazos indeterminados, insospechados, hasta que llega el "eureka" que exclamara Arquímedes.

Exactamente de la misma forma que se demanda una empatía con otras áreas de la experimentación, de la divulgación y de la innovación, es absolutamente recomendable acercarse a los investigadores, saber de sus zozobras, de sus austeridades, de sus dificultades, de su vocación y, sobre todo, de la visión que delinean hasta el objetivo, convencidos de que su misión contribuirá a mejorar el planeta y favorecer a la humanidad. Estudiar como López-Otín el envejecimiento a través de unas tortugas, como Sarasa el Alzhéimer o como Elías Campo o Jiménez Schuhmacher distintos cánceres no exige un aplauso, sino un movimiento social y una política institucional decidida.



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