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Sociedad

CIENCIA

Carlos López-Otín: "La promesa de una sociedad perfecta y repleta de inmortales es imposible"


El investigador altoaragonés y catedrático de Bioquímica emprende un viaje hacia la felicidad en su libro "La vida en cuatro letras". Esta semana estuvo en Zaragoza

MYRIAM MARTÍNEZ
28/04/2019

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HUESCA.- El investigador y catedrático de Bioquímica altoaragonés Carlos López-Otín continúa recomponiendo su alma después de haber sido víctima de un implacable acoso personal y profesional durante año y medio, que le ha dejado una profunda decepción de la especie humana.

Ni siquiera le ha librado -o quizá ese haya sido el motivo- el hecho de ser uno de los científicos más reconocidos del mundo, de que ha resuelto numerosos enigmas en torno al cáncer, las enfermedades hereditarias y metabólias, el autismo, el envejecimiento y otras patologías, y de que atesora un buen número de los premios más prestigiosos a los que puede aspirsar en su profesión.

En junio de 2018 acabó por romperse. Los 6000 ratones modificados genéticamente durante 20 años en su laboratorio de Asturias, los mismos que le han ayudado a encontrar soluciones a algunas enfermedades humanas, se habían infectado sospechosamente y debía ser eliminados.

Todo se perdió de un día para otro. También su "ikigai", su razón de ser. Sintió cómo le estallaba la cabeza en pedazos. Se dio cuenta de la gran fuerza que tiene el azar, que llegó como una gran ola y le arrastró al pozo más profundo. Hasta entonces se había sentido seguro y feliz.

Un maestro zen le aconsejó que escribiera un libro donde expresar sus pensamientos y así surgió La vida en cuatro letras, o lo que es lo mismo, el resultado de 28 días y 28 noches de reflexiones, después de 60 años de existencia. Un viaje al centro de la vida, de la enfermedad y de la felicidad.

López-Otín sostiene que esta última tiene un sustrato material sobre el que se puede intervenir. En su libro, el investigador aporta una serie de claves para alcanzarla, mientras sueña con una sociedad más ilustrada, donde la ignorancia no sea una opción y el acoso sea combatido activamente y, finalmente, desterrado.

Y frente al homo sapiens sapiens 2.0 al que parece caminar un mundo cada vez más tecnológico, propone un homo sapiens sientens, el hombre que sabe que siente.

"Cualquiera puede ser destruido, pero se puede resistir", defiende, y apuesta por seguir adelante, por muy mal que nos vaya. "Será porque soy de la montaña, pero no me he rendido", aseguró esta semana en Zaragoza.

 

No se entendería este libro sin ponerlo en contexto, que lamentablemente pasa por una situación que le ha tocado vivir y que, como usted ha dicho, le condujo a un profundo eclipse del alma

—Efectivamente, el libro surge de una situación de acoso laboral derivado de cuestiones banales que la sociedad actual es capaz de amplificar ad infinitum.

¿Cómo vivió usted esta inesperada transición personal de la felicidad a la tristeza?

—Al principio con perplejidad, después con desesperanza total.

¿Qué o quién le animó a buscar de nuevo su "ikigai" (razón de ser) cuando estaba sentado en lo más profundo del pozo y cómo consiguió las fuerzas necesarias para salir de nuevo a la superficie?

—Además del entorno familiar más cercano, conté con el excepcional apoyo de apenas tres o cuatro personas que desde fuera supieron encontrar la manera de reparar mis heridas emocionales.

¿Guarda rencor a alguien?

—No es rencor, pero si me ha quedado una profunda decepción de la especie humana en su conjunto, capaz de traspasar todas las barreras solo para dañar a otros. Mi caso es minúsculo comparado con muchos otros que he conocido en estos meses, algunos de los cuales han terminado en el suicidio de los acosados, y esto parece que se acepta como normal.

En el libro nos habla de algunos "campeones de la felicidad" que ha tenido la suerte de tratar. ¿Cómo los reconoció?

—Todos los que he conocido conjugan el modo sapiens con el sentiens, o sea, son seres humanos que saben que sienten y disfrutan de ello. Esa es su principal afición.

Algunos de sus queridos pacientes ya no están con nosotros ¿no se resiente su resiliencia?, ¿cómo se llevan esas cicatrices del alma?

—Asumiendo la imperfección humana, reconociendo nuestra vulnerabilidad y nuestra ignorancia para afrontar problemas que hoy por hoy son incurables. Ese ha sido siempre un estímulo para seguir adelante. Además, la generosidad de muchas familias con enfermedades hereditarias es infinita, saben que igual para sus hijos no se llegará a tiempo, pero quieren ayudar a los que vendrán después. Este ejemplo es conmovedor en una sociedad tan egoísta como la actual.

Usted nos recuerda que "por debajo de la piel, todos somos africanos". ¿En qué momento se ha olvidado la sociedad de eso?

—En el momento en el que escogió ser ignorante en lugar de justa. Esto no pasó de un día para otro, fue una lenta marea creciente.

¿Le desespera ver la falta de interés y de curiosidad que tiene la sociedad sobre los avances científicos?

—Sin duda, es desesperante, pero haciendo autocrítica, tal vez los científicos no hemos sido capaces de estimular esa curiosidad lo suficiente. Creo que vamos mejorando, la extraordinaria acogida de "La vida en cuatro letras" es una prueba de ello.

Usted considera que la clave de la felicidad es saber cómo afrontar la enfermedad, pero ¿cómo se hace eso cuando es muy incapacitante o no tiene solución?

—Esto no es una regla general, lo que se explica en el libro es que en contra de lo que se dice desde Schopenhauer, la enfermedad no es siempre sinónimo de infelicidad. Mi mejor ejemplo es mi querido discípulo Sammy Basso, desde que nació sufre una devastadora enfermedad, pero es una de las personas más felices que conozco.

Contrató en su laboratorio a un chico con Síndrome de Down, con los beneficios por la venta de una patente. ¿Qué aportan a la sociedad las personas con capacidades diferentes a las "estándares"?

—Pablo en pocos meses llegó a ser para todos nosotros el profesor Pablo y pasó a convertirse en alguien esencial en nuestro laboratorio. Al final, él mismo nos dejó porque una vez adquirida una sólida experiencia laboral pudo encontrar un trabajo más seguro que la investigación científica, sin duda, una prueba más de la inteligencia de Pablo. No acepto los estereotipos, en la lotería genética todos somos mutantes, cada uno con sus talentos y sus imperfecciones.

¿Quién cree que está interesado en convencer a la sociedad de que el hombre puede ser perfecto e inmortal y por qué le molesta tanto este mensaje?

—Las élites pueden tener todo menos tiempo, de allí su afán por perseguir lo que no tienen a su alcance, y curiosamente, hay científicos que se apuntan a este viaje hacia lo desconocido minimizando la realidad médica y biológica del Homo sapiens. La promesa de una sociedad perfecta y repleta de inmortales es irreal e imposible al corto plazo en el que nos lo anuncian. Trabajo en estas fronteras del conocimiento y no me gusta prometer lo que no se puede cumplir, pierdo atención y recursos con ello, pero gano tranquilidad. Hay otras prioridades científicas y sociales, en el libro se describen con detalle: tumores incurables, enfermedades neurodegenerativas en claro ascenso y sin cura alguna en perspectiva, …..

De todos sus descubrimientos, ¿cuál le proporcionó más felicidad?

—Cada secreto arrancado a la naturaleza y a la vida ha supuesto una gran fuente de satisfacción, es la emoción de descubrir de la que hablaba Severo Ochoa. Pero si tuviera que señalar uno diría que el último, que en este caso ha sido de una significación emotiva difícil de igualar. Es el trabajo en el que por primera vez describimos una terapia basada en la edición génica para corregir enfermedades sistémicas como la progeria (un trastorno genético progresivo raro que acelera el envejecimiento de los niños) que afectan a muchos órganos y tejidos del organismo. El avance científico subyacente a este artículo que publicamos hace pocas semanas en Nature Genetics es fascinante pero tiene además el valor de que uno de los coautores del trabajo fue Sammy Basso, que vino al laboratorio a investigar sobre su propia enfermedad y contribuyó a este gran avance.

En el libro hay continuas referencias literarias, musicales, pictóricas, filosóficas y cinematográficas. ¿Qué le aportan las artes y las humanidades a su vida?

—No distingo entre las distintas formas de conocimiento, todo es cultura, la mayor esperanza de construir una sociedad más justa. Cuando alguien me dice que no le interesa la ciencia porque es de letras digo que esa excusa es muy pobre, porque todos, incluso las más humildes bacterias, somos de letras; concretamente de cuatro, una vocal (A) y tres consonantes (C, G y T).

Abderramán III decía que un hombre solo puede tener 14 días de completa felicidad en toda su vida.

—Sí, esto es algo que me impactó hace muchos años, pues lo dejó escrito alguien que tuvo todo lo que deseó en su vida. Es una buena metáfora de que la plena felicidad es difícil de conseguir.

¿Cuántos le quedan pendientes por vivir?

—Seis, últimamente no he sumado ninguno, una pena, tendré que apurarme.

¿Ha alcanzado ya el equilibrio entre el homo sapiens y el homo sentiens?

—No, especialmente en un momento vital en el que me he sentido tan vulnerable que equilibrio y armonía ha habido muy poco a mi alrededor.

Usted aporta cinco claves para alcanzar la felicidad: imperfección, reparación, observación, introspección y emoción. ¿Cuál es la que más le sirve personalmente?

—La primera, el reconocimiento de la imperfección, siempre digo que si fuéramos perfectos seguiríamos siendo microbios. Prefiero ser un imperfecto microbio sentimental que un perfecto macrobio sin emociones.

La felicidad es una palabra que debería estar escrita en agua para reflejar su sutileza y variabilidad. ¿Respondiendo a esta cita, qué es para usted en estos momentos la felicidad?

—Sé lo que no es, recuerdo bien la idea de Jacques Prevert de que reconoció la felicidad por el ruido que hizo cuando se fue. Algo así me ha pasado a mí.

 

EL MENSAJE DE UN NIÑO: "GRACIAS POR INTENTARLO"

 

Carlos López-Otín viajó esta semana a Zaragoza para presentar su libro en el Palacio de la Infanta de Iberacaja, abarrotado de gente que quiso corresponder con su cariño y aliento a tanto esfuerzo y altruismo que el científico nos ha regalado.

El acto constituía, como dijo él, la segunda exhibición pública de sus ciactrices. La primera fue en Oviedo, donde trabaja y reside.

Hacía un año que no regresaba a Aragón. Entre tantas personas, además de familiares con los que no se había visto en este tiempo, había muchos vecinos de Sabiñánigo, su pueblo natal. Uno de ellos, Roberto Iglesias, le dio un mensaje de su nieto, que con solo siete años comprende la grandeza de López-Otín y de su trabajo, aunque no pudiera salvar a su mamá: "Gracias por intentarlo".

El científico recibió estas palabras como un regalo. "Solo por esto, merece la pena todo", aseguró emocionado.

 

EN POCAS LETRAS MÁS

 

El título del libro

—Todas las historias de vida en nuestro planeta se escriben con genomas construidos con cuatro componentes químicos A, C, G, y T (iniciales de adenina, citosina, guanina y timina).

¿Qué enseñanzas de sus padres guarda como un tesoro?

—Solidaridad, Generosidad.

¿Qué impronta le dejaron Sabiñánigo y el Pirineo en su forma de ser?

—Austeridad, naturalidad, sinceridad, resiliencia.

Un equipo de fútbol

—La SD Huesca, con mi querido primo Petón al frente dio un ejemplo al mundo de que a veces es posible lo imposible.

Un lugar para vivir

—En Asturias encontré mi lugar en el mundo, he vivido allí más de 30 años muy felices.

Un lugar para soñar

—Muchos y muy diversos: además de los muy cercanos, Zanzíbar, Hokkaido, la Antártida, París,…

Un lugar para trabajar

—Antes Asturias, ahora no lo sé, necesito recuperar mi ikigai.

Un descubrimiento científico al que aspira

—Nunca pienso en esto, la ciencia crece con pequeñas aportaciones cooperativas, nuestro objetivo siempre fue contribuir al progreso científico en la medida de nuestras posibilidades.

 



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