
El fotógrafo evaluó su trabajo con sus alumnos. | S.E.
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El fotógrafo francés trabaja en un proyecto con alumnos de la Escuela de Arte de Huesca
HUESCA.- El Centro de Arte y Naturaleza lleva más de un año trabajando en un taller de paisaje con el fotógrafo Bernard Plossu y la Escuela de Arte de Huesca. Tras un fin de semana fotográfico en Bara la última primavera, el pasado fin de semana llegó el visionado de las fotos realizadas por profesores y alumnos de Fotografía de la escuela. La primera sesión tuvo lugar en el CDAN el viernes por la tarde, y el sábado continuó en las dependencias del centro educativo.
“El objetivo final, para el que además no tenemos ninguna prisa, será una publicación con todo el archivo fotográfico”, explicó Teresa Luesma. No fue casual la coincidencia del taller con las exposiciones de Pedro Meyer y Magdalena Correa, “personas que viajan y se adentran en el territorio y toman la fotografía directamente del momento, del lugar y del paisaje”, en palabras de la directora del museo.
La directora del CDAN aseguró estar “absolutamente encantada, porque ha sido muy sencillo y apasionante trabajar con él”. Otro detalle positivo para el museo es la ampliación de una de las dos colecciones del centro con un archivo fotográfico que servirá como material de trabajo. Bernard Plossu ha resultado ser un “enamorado de la Sierra de Guara, sus paisajes interiores y cada uno de sus pueblos”, aseguró Luesma. El fotógrafo “viene, camina, viaja, fotografía y sigue haciendo su trabajo”. Para él también está siendo una grata experiencia. “Estoy encantado”, responde sin dudar el fotógrafo Bernard Plossu cuando se le pide que valore la experiencia. “Lo más fuerte fue un dolmen en Ibirque muy alto”, destaca sobre un recorrido por la Sierra de Guara lleno de sorpresas. La última fue el mismo viernes en Montmesa. “Éste es el espíritu de este trabajo. No paro”, asegura. Un mapa lleno de círculos que se empieza a romper por los dobleces revela muchos kilómetros recorridos por los montes altoaragoneses.
Bernard Plossu lleva desde 1973 viviendo en España, país que conoce bien. Anteriormente pasó veinte años en el desierto de Estados Unidos y se confiesa amante de estos paisajes. Todavía recuerda su primer contacto con el Alto Aragón. “El primer día, al llegar aquí sólo había niebla y no se veía nada”. Su búsqueda de sierras y montañas no tuvo fruto hasta que al final del día, casi por sorpresa, descubrió la imagen del Castillo de Montearagón. “Entonces dije: ¡yo regreso!”.
Hijo de montañero, le gusta desplazarse andando por la sierra. “De Huesca me gusta mucho el aire, porque es una ciudad sin polución. Soy muy feliz aquí”, comentó. Ésta y muchas otras cosas le atraen de esta tierra, por eso la idea inicial de hacer doscientas fotos ha crecido hasta las más de cuatrocientas. “No puedo parar, me gusta todo”, asegura entusiasmado.
La pasada primavera, Bernard Plossu y cuarenta profesores y alumnos pasaron un fin de semana haciendo fotos en la sierra. El grupo se alojó en el albergue de Bara y la experiencia fue más que gratificante. El artista ha dejado de lado esta actividad para dedicarse en exclusiva a la producción fotográfica, pero en este caso hizo una excepción. “El culpable es él (Plossu acaricia su cámara Nikonmax) que tiene treinta años más o menos. Trabaja en blanco y negro, y a veces en color. Es un poco viejo pero está bien. Es como los buenos zapatos, tienes que buscarlos para andar por la sierra”.
Después de hacer fotos en gran parte del mundo, ha encontrado en Guara un lugar ideal. “Aquí me siento más que bien, es fácil porque no hay osos”, comenta divertido. Bromas aparte, el hecho de que no haya animales salvajes hace más sencillo el trabajo. “Es bueno andar sin miedo. Esta mañana hemos estado en Artasona, en un castillo abandonado, y eso en América hubiera estado lleno de serpientes de cascabel. Una vez me encontré un oso, hice una foto y eché a correr”, recuerda.
El resultado de su trabajo son imágenes de pequeño tamaño, realizadas de forma analógica. Es un efecto buscado por el autor, un trabajo intimista que obliga a acercarse, fijarse y casi “meterse” en una foto cuyas dimensiones contrastan con la enormidad de la naturaleza.
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