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CUADERNOS ALTOARAGONESES

De la pardina de Orlato al despoblado de Ibirque

Iglesia de Ibirque
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Por J. Mariano SERAL
27/06/2010

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"No llores por mí", susurra el derruido caserío de Ibirque, "no estés en vilo por mí", susurra el maltrecho campanario de Ibirque, "mi pesar se mitigó al saber que te ibas en busca de una vida mejor, mas de vez en cuando añoro el crepitar del fuego en el hogar, la animada conversación de las gentes en la solanera comentando si mañana lloverá o escampara, si habrá buena siega este año o la sequía la angostará, añoro el paso del rebaño con las primeras luces del alba….".

Saliendo desde Huesca tomamos la A-23 posteriormente seguimos por la N-330 con un firme un tanto irregular, pasamos por la población de Arguis, una vez que arribamos al túnel de la Manzanera continuamos por el vial dirección Belsué, transitamos por enfrente de Santa María de Belsué y Lúsera, atravesamos el estrecho de la Carruaca, en pocos minutos llegamos a las inmediaciones de la pardina de Orlato, enclave en el cual estacionamos nuestro vehículo. Nos calzamos las botas y nos echamos la mochila a la espalda, respiramos la pureza del aire que envuelve la sierra en una soleada mañana primaveral, dedicamos unos instantes a admirar la belleza del vivo lienzo, por el sur la Sierra de Gabardiella, Corcurezo, y nuestra fiel compañera de viaje en numerosas excursiones la Sierra Guara, la miramos con cariño, con afecto, en esta ocasión por la vertiente norte, más escarpada, con sus grisáceas pedreras. A pesar de estar a 16 de mayo, unos días antes una copiosa nevada la había teñido una vez más de blanco efímero, el presente año la nieve y la Sierra se habían fundido en un eterno abrazo encariñándose, les costaba despedirse. Hacia el norte en el horizonte se divisa la torre de la iglesia de Ibirque marcando nuestro destino final, desde la lejanía la percepción visual cambia, debido a que se ha desmoronado el muro sur y solamente queda un vano, en la distancia toma el aspecto de una espadaña. Iniciamos nuestro recorrido, en primer lugar nos aproximamos hasta los vestigios de los edificios de la pardina de Orlato a 1.170 metros de altitud, el terreno aterrazado, yermo, aunque lo recubren vigorosos pastos. Destaca el grisáceo muro de mampostería del corral de planta rectangular sobre el verde de la vegetación, con puerta de entrada por el este, de las dependencias resta un pequeño edificio de planta rectangular de mampostería irregular, tejado de un agua de materiales de nueva construcción, puerta de entrada al sur, un pequeño ventanuco en la pared este a duras penas deja entrar la alegría de algún rayo solar, en su tosco interior un rústico hogar con chimenea metálica. El resto de edificios se ha desmoronado, la maleza los ha ido engullendo, se aprecia también entre la vegetación grandes losas que en su día conformaban la techumbre de las diferentes dependencias. Consultamos el libro de Adolfo Castán-Lugares del Alto Aragón: "Tenía un hogar en 1495 y 6 h. en 1900. Vivienda elevada a principios del s. XX con rasgos ya modernos, edificios de apoyo y oratorio de San Antonio de Padua". Reanudamos nuestro caminar, seguimos dirección norte, la senda transita entre estrechas faja, también hace acto de presencia el erizón y el bucho, en pocos minutos arribamos al cauce del barranco de Orlato, el cual debido a la lluviosa primavera y a la nevada de esa misma semana entona una alegre melodía, sus aguas más tarde engrosarán la cuenca del Flumen. La senda se bifurca, esta señalizada, hacia el oeste nos indica GR 1 Lusera, al norte GR16 Ibirque. Vamos avanzando en todo momento a orillas del caudaloso arroyo, la vegetación en algunos tramos se espesa de tal modo que apenas logra filtrarse algún destello solar, creándose zonas de umbría, permitiendo de este modo al musgo envolver de verde aterciopelado las rocas, de vez en cuando el relajante murmullo de las aguas del barranco se aviva por la presencia de alguna pequeña cascada. Dejamos a mano derecha una roca de grandes dimensiones de piedra toba, en la base hay una oquedad que en más de una ocasión se ha utilizado como improvisado refugio ante las inclemencias climatológicas. La senda en algunos tramos asciende en zigzag, llegamos a otra cascada, aunque se encuentra en fase de retroceso, el agua en el momento que se topa con un material duro como la roca, si no puede esquivarlo, lo va limando pacientemente, ese brusco contraste de durezas entre los pétreos estratos y los de tierras blandas, da lugar a los saltos, pero a pesar de la resistencia de la roca el elemento líquido va socavando la base de la cascada y ésta se va desmoronando produciéndose un retroceso.

Seguimos por la senda, el campo rezuma agua, en muchos tramos nuestras huellas quedan impresas de forma efímera en el barro y nos cuesta avanzar. Pronto nos damos cuenta de que la piedra toba está muy presente en esta zona, atravesamos un gran bloque de este material, unos metros más arriba incluso la senda está bordeada por un muro en cuya construcción se utilizó este elemento. Cuando nos aproximamos a Ibirque, aumenta el número de parcelas a orillas del barranco, muchas de ellas delimitadas por muros de piedra seca, conformando una pétrea retícula. Volvemos a cruzar el arroyo, en esta ocasión sin ninguna dificultad ya que el caudal es menor debido a que estamos en la parte alta del barranco, a lo largo del trayecto recorrido hemos podido ver numerosos aportes de agua que van enriqueciendo su caudal. Como curiosidad destacable unos metros más abajo en la ribera este, en un gran bloque de piedra toba han vaciado pacientemente su interior a golpe de pico consiguiendo de este modo una pequeña caseta de campo, la puerta de entrada queda al oeste, una vez en el interior tiene una mayor altura en el fondo, de modo que para entrar es necesario agacharse y una vez dentro nos podemos poner de pie, también en una de las paredes hay una pequeña oquedad a modo de estante. En el entorno próximo, aguas arriba en el lecho del barranco vemos en pleno proceso cómo se han ido formando estos grandes bloques de piedra toba, el agua va depositando carbonatos en la vegetación que se aferra en las pequeñas cascadas, con los años el curso del barranco cambia su trayectoria dejando estos bloques sueltos.

La senda pasa a estar delimitada por muros de piedra seca, en pocos minutos llegamos a Ibirque a 1.300 m de altitud, tras ascender un repecho nos damos de frente con la Iglesia de San Martín, nave rectangular, el tejado no ha podido resistir el paso del tiempo, en el 2006 que visite estos parajes con Arturo González (gran conocedor de toda esta zona) todavía persistía la bóveda de piedra toba sobre el altar, hoy solamente resta un arco adosado a la pared este, del coro en el muro oeste ni rastro, también son bien visibles dos arcos en la pared norte y dos en la sur de las capillas, en una de ellas en el revoque se vislumbran restos de pintura, en el muro sur la puerta adintelada de la sacristía, en el exterior la puerta bajo arco de medio punto de dovelas de piedra toba da acceso al atrio, en la torre el muro sur derruido, paredes de mampostería, en los esquinazos está presente la nobleza del sillar.

Pueblo sumido en el largo letargo del silencio, calles tomadas por las zarzas ante la ausencia de la encallecida mano del morador que las cortaba, eras que evocan el cántico del agricultor trillando la dorada mies, huertos que añoran el eco metálico del "jadico" maigando las hortalizas, eco metálico que se perdía en la lejanía al igual que el del filo de la "estral" cortando la leña, en el recuerdo quedo el tañido festivo de las campanas, en la soledad del abandono los muros de los edificios se van desmoronando, con la marcha del último morador se fue el alma del pueblo, el precioso paisaje nos lanza un mensaje de esperanza, quizás algún día alguna de las viviendas se vuelva a recuperar como segunda vivienda, y se pueda escuchar de nuevo el crepitar del fuego en sus hogares.

Con el permiso de la espesa vegetación vamos contemplando aquellos restos constructivos que no han sido engullidos en su totalidad por la voracidad de la maleza, en uno de los muros queda un voladizo correspondiente a un retrete, en otro podemos ver unas canes que sujetaban los troncos vaciados que hacían las veces de canaleras, en la vertiente norte de unos de los caserones se vislumbra el tejadillo correspondiente a un horno de pan, observamos en esta misma cara las ventanas de menor luz y en las solaneras más amplias, también destaca alguna losa utilizada como voladizo para el balcón, los tejados de losas derruidos, sobre alguno de los muros queda el pétreo alero que protegía a las fachadas de la lluvia. En las eras a duras penas se mantiene en pie alguna de las construcciones auxiliares, como siempre las piedras que las limitan inclinadas hacia el interior para que el preciado dorado grano al trillar no se desperdigara, en una de ellas dos corpulentos bóvidos permanecen completamente inmóviles tal que si fuesen pétreas esculturas, por precaución mantenemos las distancias, no vaya a ser que nuestra presencia les incite a recuperar el movimiento y emprendan una frenética carrera.

Es hora de retornar, para nuestra sorpresa cuando llegamos de nuevo a la pardina de Orlato, unas vacas bajan de un camión con ansia por dar algún bocado al tierno forraje primaveral que envuelve el campo, le comentamos al ganadero que hemos visto dos bóvidos de pelaje marrón en Ibirque, en su rostro se esboza una sonrisa, nos dice que es una buena noticia y añade que no los pudieron recoger el año anterior y han pasado todo el gélido invierno por la zona soportando los rigores invernales, le pregunto si es costoso recoger el ganado y nos afirma que en efecto es una de las labores más arduas por la difícil orografía del terreno.

El barranco de Orlato entona una animada melodía avivada por la lluviosa primavera, las blancas nubes impulsadas por una suave brisa cabalgan sobre las crestas de las Sierras acariciándolas, en el horizonte en un altozano se erige el silenciado campanario de Ibirque añorando el tañido de las campanas, en un guiño de complicidad se despide de nosotros con un "hasta pronto".



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