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Cultura

Una novela corta de largo alcance

Chusé Inazio Nabarro.
12
Reseña de: Nabarro, Chusé Inazio: Mesaches. Zaragoza: Gara d'Edizions, 2012, 160 p.

ALEKSEY YÉSCHENKO
08/01/2013

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Desde el más allá donde se dan cita los más preclaros cultivadores y hacedores de idiomas y dialectos, nos llega la noticia del alegre alboroto que se ha producido en la tertulia de Juan Fernández de Heredia. Resulta que Axular, el Doctor Angélico de Euskal Herria -el más allá anula el devenir del tiempo dándole la dimensión de la eternidad y sus moradores no se juntan por imperativos del interés y caprichos del momento sino por motivos del espíritu-, tenía razón cuando le restaba importancia al hecho de que la tan esperada Ley de lenguas de Aragón quedara en papel mojado. Los criados y lacayos de palacios, por una parte, y los escritores con sus hablantes, por la otra, -decía Axular-, viven en mundos que no se tocan y no se debe darles a los palaciegos más importancia de la que tienen. Malo es que dichos criados hayan intentado derogar esa sufrida ley pero nada está perdido. Y el rector de Sara tuvo a bien dirigir a los aragoneses el mismo parlamento que, en su día, les había lanzado a sus paisanos, los euskaldunes: "Si se hubieran escrito en aragonés tantos libros como se han escrito en francés o en cualquier otra lengua, también el aragonés sería una lengua rica y perfecta como ellas, y si esto no es así, son los mismos aragoneses los que tienen la culpa". Y todos los que le atendían, asentían unánimes: "Los hablantes sí que son importantes porque son los primeros en dar nombres a las cosas pero es el escritor el que tiende entre ellos un puente de letras para que hagan suyas las ideas que va cincelando con el buril del intelecto y la intuición. Esperemos lo que nos digan los escritores aragoneses. Para mí, estos no fallarán".

Y no hubo que esperar mucho, puesto que, como decíamos antes, el gran literato aragonés Juan Fernández de Heredia y su corte celestial hoy estarían -¡están!- de fiesta celebrando el cumplimiento del pronóstico de Axular y lanzando vítores a los nuevos títulos que los intrépidos editores -¿de dónde sacan los recursos de valentía y terquedad gentes como Chusé Raúl Usón o Chusé Aragüés?- a la luz del día: la literatura en aragonés, para algunos apenas visible, va ganando en madurez y ampliando sus repertorios temáticos mientras se van definiendo perfiles y estilos que permiten hablar de una literatura en lengua aragonesa como entidad perfectamente decantada. Desde la irrupción, en el panorama literario de Aragón, de los ya clásicos Ánchel Conte y Francho Nagore -hace cuatro décadas bien cumplidas- se suceden nombres y generaciones que dan fe de la vitalidad de ese tercio aragonesoescribiente que, por muy minoritario que fuere estadísticamente hablando, aporta algo que otros no son capaces de ofrecer. Ahora bien, la literatura, por mucho que se hable de escuelas, corrientes y tendencias, desde siempre ha sido oficio solitario, y la vida y la obra de los nietos de Gracián y biznietos de Heredia corrobora esta tesis. Y aunque sabido es que la patria del escritor es su lengua -una lengua compartida con otros-, cada autor es un mundo que gira en su propia órbita. Chusé Inazio Nabarro es uno más entre tantos otros escritores aragoneses pero, según todas las cuentas, es un adelantado y, en su condición de adelantado, nos cuenta intimidades de las cosas que estas le abren sólo a él y lo hace en un lenguaje que presenta señas de identidad personal inconfundibles. Su último título, "Mesaches", VII Premio de Novela Corta "Ciudad de Barbastro" 2012, es un paso más hacia adelante en esa trayectoria que el propio Chusé Inazio Nabarro se ha marcado. Es una novela -mitad histórica, mitad escolar- que presenta un mosaico de retazos de la realidad y chispazos de la imaginación que el narrador reconstruye en su memoria evocando la experiencia que le tocó vivir siendo adolescente, casi niño, en aquella España de principios de los setenta del siglo pasado. También es un dietario desarrollado a partir del diario que escribía aquel adolescente: "No más que cuatro garabatos irregulares cada tarde. Algunos trazos hechos a mano que intentaban dejar constancia de una larga navegación a través de un mundo que entonces era amplio y ajeno. Un viaje que, como todos los grandes viajes, era, sobre todo y por encima de todo, un viaje iniciático. Un viaje interior. Un viaje alrededor de uno mismo". Pero esta novela también puede ser vista como un gran juego -¿quién no sucumbe ante el atractivo de grandes construcciones Lego que representan en miniatura ciudades y continentes?- que, en sus casi ciento cincuenta microrrelatos, nos deja una detallada descripción de personas, animales, cosas y situaciones estructurada en bloques temáticos de la patria chica y el mundo que la rodea, la enseñanza y el ocaso del franquismo, la incipiente transición democrática y la inercia y el conservadurismo de aquello que está por encima de los regímenes, el ansiado equilibro de los sistemas ecológicos y la lectura iconoclasta de la Biblia, y otros más que el futuro lector de la novela sabrá apreciar. La complejidad temática viene reforzada por una voz narrativa que pretende ser la del adolescente aprendiz de sabio aunque se le añaden, en más de una ocasión, vibraciones maduras de un hombre que ha visto mundos. No podía faltar en esta novela, como en otras obras de este escritor, el tema de la lengua porque, a diferencia de los constructores Lego, este juego novelado de Chusé Inazio Nabarro se hace a base de unos ladrillitos especiales que son las palabras y sobre todo aquellas que no salen en el diccionario: "Al menos eso era lo que decían mis compañeros.

Poco a poco, entre risas y burlas, fui confeccionando, mentalmente, una larga lista de vocablos proscritos, de vocablos que más adelante descubrí que los lingüistas llamaban aragonesismos. Aprendí a esconderlos, a repensarme bien cada palabra antes de decirla, a hablar como quien avanza a través de una tierra poblada de minas de esas que llaman antipersonales. Minas a punto de estallarme en los pies, en las manos, en la boca. Me sentía muy a menudo como un niño diciendo palabrotas". El recuerdo de la lengua aflora con cada nueva experiencia del narrador como es el caso del cine: "De grande -pensaba- me gustaría dedicarme al doblaje de cintas del oeste en la vieja lengua del Pirineo aragonés. Tan siquiera para poder escuchar nuestras sílabas de boj en la boca del gran jefe indio Lengua Puerca. A eso, o a poner en mi idioma las etiquetas y las cajas de los perfumes y otros productos cosméticos, todos llenos de flores, de fragancias y de poesía". O en esa otra ocasión, la del precioso capítulo o microrrelato titulado "Cigarrillos al anochecer": "Han pasado muchos años desde entonces y a veces pienso que la lengua que hablo tal vez no tenga alfabeto, que su gramática es una casa derruida, que sus conjugaciones ya apenas se conjugan. Viejas hoces que se oxidan un año tras otro en el desván de una casa que ya hace tiempo es una casa caída. Sea como sea, el caso es que mi lengua no acaba de despegar y tomar el vuelo".

Este y otros muchos cruces temáticos, así como tópicos y motivos que asoman a la primera vuelta del itinerario narrativo invitan a pensar que el autor ha levantado la arquitectura de su novela sobre un modelo inspirado en la teoría del caos de donde ha tomado la idea de un haz de atractores reiterativos para cifrar el campo energético y sugeridor de la obra poblada de "numerosos rebaños de jóvenes adolescentes. Me parecía que éramos la marabunta cuando ruge. […] Éramos como un animal fabuloso y políglota. Una bestia enorme con miles de pies haciendo camino, con miles de ojos observando el mundo, con miles de manos tocándolo todo. Un monstruo multiforme y multicolor con miles de lenguas hablando todos y cada uno de los viejos idiomas de España". El resultado es, a todas luces, merecedor de los más encendidos elogios: he aquí una novela corta pero de largo alcance.



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