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AIRE LIBRE

"El bucardo se extinguió por negligencia"

Kees Woutersen ha recopilado en un libro la historia de la cabra pirenaica

"Mucha gente joven ya no sabe qué es el bucardo ni dónde estaba o qué pasó con él". Kees Woutersen, holandés afincado en Huesca, se dio cuenta de que la memoria relacionada con la cabra pirenaica, extinguida hace apenas una década, estaba comenzando a perderse conforme desaparecían aquellos que la habían conocido en primera persona, y parecía que nadie iba a hacer nada por evitarlo.

ELISA ARA LARRÉ
13/01/2013

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HUESCA.- "Ví que nadie había hecho una recopilación, que no había un lugar donde se recogiese su historia y su desaparición, y era algo que debía hacerse, así que decidí escribirla yo mismo". Reconoce que este casi desconocido mamífero le había llamado la atención mucho tiempo atrás, y que, desde hace años, había ido recopilando toda la información que encontraba sobre el tema, por afición personal.

Así, no dudó en ampliar su investigación, acudiendo a los archivos, los museos, los tratados naturalistas y las fuentes orales que mejor conocían la historia a relatar -sobre todo, vecinos de la zona y guardas del Parque Nacional-. Tras cinco años de trabajo, Woutersen acaba de publicar "El Bucardo de los Pirineos", en un intento de arrojar algunas luces a esta historia, de por sí muy oscura.

El bucardo (capra pyrenaicus), mamífero de la familia de la cabra, considerado por muchos una subespecie de la misma, desapareció tras morir el último ejemplar en Ordesa en el año 2000. Se convirtió, así, en el primer animal extinto a nivel mundial en el siglo XXI. Entonces se conocían muy pocos detalles de su historia, y aún ahora, explica Woutersen, "nadie sabe exactamente que ha pasado".

"DESCUBRIMIENTO" Y CAZA EN EL SIGLO XIX

El conocimiento "oficial" sobre el bucardo parte de 1837, momento en que el naturalista suizo Heinrich Rudolf Schinz presenta ante la Sociedad de Historia Natural de Zürich una "Cabra del Pirineo". Poco después, se publicaba un artículo de Schinz recogiendo las características propias de esta "nueva especie", que la da a conocer en los círculos naturalistas europeos.

Sin embargo, no es esta la primera referencia que se conoce del animal, ya que el libro La Chasse, del señor feudal francés Gaston Phoebus, escrito en torno a 1380, ofrece el primer testimonio escrito sobre bucardos en el Pirineo, a las que denomina "cabras silvestres", que incluye varias observaciones sobre su biología, además de unos magníficos grabados en los que se puede observar a varios ejemplares de la cabra pirenaica.

Tras caer en el olvido hasta la presentación de Schinz, en el siglo XIX comienza a aparecer numerosa información sobre el bucardo a nivel europeo, en la que ya se recogen datos sobre su poca población y sus escasos avistamientos.

Comenzó entonces a ser un animal especialmente codiciado por los cazadores y coleccionistas, narra Woutersen: "Se realizaban auténticos viajes organizados, como safaris, para que, quien pudiese permitírselo, diera caza al bucardo".

Numerosos personajes de toda Europa se acercaron entonces hasta Torla, a la búsqueda del preciado trofeo. Es el caso de los ingleses Sir Victor Brooke y Edward North Buxton, entre otros muchos, que organizaron varias expediciones a Ordesa entre los años 1878 y 1885. El pueblo de Torla concedía a los visitantes, previo pago, una concesión anual para la caza del bucardo en el valle, y éstos acudían provistos de guías expertos, mapas y perros, en expediciones, apunta Woutersen, "muy bien preparadas".

Ya en aquella época, Brooke regaló un ejemplar de bucardo disecado al Museo de Historia Natural de París, al que, como señala Woutersen, "se otorgó un valor incalculable por considerar que la especie desaparecería en pocos años".

Sin embargo, recuerda el autor, "debemos ponernos en la mentalidad de la época antes de juzgar con excesiva dureza las acciones llevadas a cabo". Los habitantes de la zona, si cazaban bucardos, lo hacían para comerlos y aprovechar sus pieles. En cuanto a los expedicionarios, "podían ser conscientes de que quedaban pocos animales, pero no lo eran del valor real de cada ejemplar que cazaban, de la importancia de cada bucardo muerto. En definitiva, en el siglo XIX no se pensaba en la conservación como se hace ahora".

En 1880, el bucardo, del que había habido avistamientos en distintos puntos de los Pirineos, queda aislado en Ordesa, un paso que "conducía casi irremediablemente a su desaparición", ya que la población quedaba circunscrita a un territorio escaso, y se condenaba a sí misma, además, a la endogamia. Desde esta perspectiva, razona Woutersen, "resulta asombroso que lograra sobrevivir 120 años más".

INTENTOS DE SALVAGUARDA Y EXTINCIÓN

Conocida desde hace años la escasez de población del bucardo, en 1913 se prohíbe definitivamente su caza. Si bien no hay datos concretos en cuanto al número de ejemplares, los escritos de Brooke y Buxton hablan de un número máximo avistado de 6 ejemplares, algo que, señala Kees Woutersen, "es muy significativo, teniendo en cuenta que pasaban temporadas muy largas en la zona donde -se suponía- habitaban estos animales".

A partir de entonces, dio comienzo la política de "no hacer nada" respecto al bucardo, que, a la postre, conduciría a la especie a su final definitivo. Al principio, se pensó que la población aumentaría por sí sola hasta recuperarse. Sin embargo, conforme fue avanzando el tiempo, se comprobó que no era así.

En los documentos hallados por Woutersen en el Archivo Provincial, se recoge que, en los años 40, se consideró la situación de esta especie en concreto y las diferentes posibilidades de actuación. Finalmente, explica el autor, "se tomó la decisión consciente de no hacer nada, salvo construir varios comederos para estos animales. Así, el bucardo se extinguiría por negligencia".

En base a los censos realizados en la época, así como a los avistamientos realizados en Ordesa, parece que se produjo un pequeño repunte de la población del bucardo entre los años 1960 y 1980, si bien el número recogido a partir de estos datos no superaba la veintena de ejemplares.

A partir de entonces, explica Woutersen, se empezó a tomar constancia del peligro de desaparición de esta especie, aunque las actuaciones se retrasaron, de nuevo, en espera de la transferencia de las competencias en Medio Ambiente a las autonomías. Comenzaron, entonces, los estudios y planes de recuperación del bucardo, financiados a través de fondos europeos con el Programa Life, y en 1993 empezaba el trabajo de campo.

"El proyecto de recuperación elaborado fue magnífico, uno de los mejores que se han hecho, y ha servido de ejemplo para muchos programas posteriores de especies en peligro de extinción -narra Woutersen-. Los participantes trabajaron bajo una gran presión, porque hicieron todo lo que pudieron, pero sabían que ya era demasiado tarde".

Demasiado tarde para una especie que llevaba más de cien años sobreviviendo a duras penas, con una población cada vez menor y mayores dificultades conforme los años avanzaban. Hasta que, con todos los factores en contra, el bucardo terminó por desaparecer.

UNA MALA EXPERIENCIA TRAE UNA GRAN ENSEÑANZA

Para Kees Woutersen, sin embargo, hay una enseñanza positiva que rescatar de una pérdida como la del bucardo: "Tenemos otras especies en situación similar, como el quebrantahuesos o el oso. Aprovechemos lo aprendido con el bucardo y tomemos medidas antes de que sea demasiado tarde". El autor considera que los trabajos llevados a cabo con estos animales en peligro de extinción "son muy positivos", pero que todavía "queda mucho por hacer para conservar lo que aún tenemos".

Perder una especie animal es una de las mayores tragedias a las que los humanos hemos contribuido. Por eso, como apunta Woutersen, es de vital importancia "dar a conocer al bucardo, recordarlo y no dejar que se olvide. Hay que contar lo sucedido y aprender de ello. No debería haber un sólo niño en Aragón que no conociese esta historia".



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