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CARTAS AL DIRECTOR

Justo Ramón Piedrafita




Mariano Ramón
05/11/2017

El próximo sábado día once será beatificado por la iglesia católica junto a otros mártires Justo Ramón Piedrafita, hermano de mi padre, oscense de nacimiento y bautizado en la parroquia de la catedral. En los primeros días de la Guerra Civil (1936-1939) fue detenido por milicianos frente populistas en su domicilio de Madrid, y desde allí conducido cuatro veces por distintas checas en las que fue sometido a tortura, siendo por fin fusilado el día 24 de agosto de 1936.

Sus crímenes fueron: haber prestado servicio militar en la Guardia Real hasta el advenimiento de la II República, haber pertenecido a la junta de un sindicato católica y haber dedicado parte de su tiempo a la atención de menesterosos en un comedor de caridad. Ante el pelotón de fusilamiento y durante su prisión en la cárcel Modelo, mostró gran fortaleza de ánimo y serenidad, según acreditaron quienes compartieron sus últimos momentos de vida.

Dejó viuda y seis hijos. Elvira, la mayor de doce años y el menor, Agustín, de uno. Ya no vive ninguno. Todos pasaron vacaciones escolares de verano en Huesca al amparo de sus tíos y primos. Jamás se observó en ellos rencor alguno contra los esbirros que fusilaron a su padre. Y entre mis recuerdos infantiles figura el relato del día que subieron precipitadamente a la terraza de su casa madrileña para recoger los panes que habían lanzado los aviadores nacionales, aun a pesar de que las autoridades rojas advirtieron del peligro que suponía su consumo pues estaban envenenados.

Y también recuerdo el día que uno de ellos enmendó la plana al tío Pablo después de que éste le regañara por no haber llenado el pozal, se le llamaba cubo, y que la jeta, añadió, dándose un cachete en la mejilla, era el rostro de los caraduras. Ahora nuestro tío Justo va a ser canonizado y es de suponer que allá donde quiera que se encuentre compartirá esta gloria con la madre de sus hijos, pues si él hizo santa su biografía en la instantaneidad de unos balazos, ella, a su vez, se ganó la aureola de su santidad velando en interminables noches cómo sobrevivir y criar a sus hijos en un ambiente hostil y de carencias mil y agravado por el estigma de ser la primera viuda de un "fascista". Finalizada la guerra conoció que el delator de su marido estaba preso en la cárcel de Valencia y se le ofreció tomar venganza, lo cual ella declinó cristianamente. Santa tía María, santa madre de seis hijos, ruega por nosotros.