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ALTO ARAGÓN - #CONTRALADESPOBLACIÓN

Un mulo, una casa, 10 hectáreas... y a picar para crear un pueblo

Enriqueta, con su hija Eva, su nieta Cristina (centro) y su bisnieta Valeria.
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El Temple fue el primero de los 15 núcleos creados entre los años 40 y 60 que los colonos conquistaron con su sacrificio

Atraviesa la verja y Carmelo Ezpeleta, de 83 años, vuelve a ser el niño de 10 que llegó en 1945 de la mano de sus padres y tres hermanos como una de las primeras familias de colonos a Paridera Baja. En este conjunto de casas y corrales, situado cerca de lo que pocos años después sería el primer pueblo de colonización de la provincia, El Temple, se comenzó a gestar todo el proyecto del Instituto Nacional de Colonización que creó otros 14 núcleos más hasta cerca de 1970, con el objetivo de poblar el territorio y extender los regadíos.



Elena Puértolas
03/03/2018

En sus ojos vidriosos de la emoción, Carmelo reconstruye por un momento las edificaciones demolidas de Paridera y los recuerdos de una vida dura. "Mi padre vino ya en 1944 y ayudó a construir las casas con dos habitacioncicas pequeñas y una cocina, en las que luego vivimos, amontonados pero felices, porque éramos 15 familias pero éramos una. Nos llevábamos como hermanos a pesar de ser uno de cada lado", comenta. Con el arado, los colonos se labraron un futuro en las tierras desérticas que, ahora sí se puede decir, lograron conquistar.

Después, en el bar, Carmelo habla con Enriqueta Solsona, de 81 años, que también llegó de niña a Paridera y que abrió el establecimiento. Aparece la nieta de esta Cristina Felipe, de 27 años, para la que El Temple es un pueblo como los demás, con una historia tejida por sus raíces familiares. No quiere marcharse de allí y ha construido su casa y su familia. Su hija mayor Valeria Viu, de 4 años, (además tiene a Carlos, de 9 meses) va con otros 15 niños al colegio de esta localidad de 450 vecinos. Llegó a tener más de 600 y, aunque en los años 90 muchos jóvenes se fueron, la tendencia se ha invertido y ahora no solo no quieren irse sino que además vuelven.

El alcalde pedáneo, Raúl Martínez, de 47 años, es uno de los que ha regresado. Cuando se fue, no había viviendas ni espacio para construir, por lo que ahora ha impulsado una urbanización con 63 parcelas a buen precio para que los jóvenes puedan quedarse. Es tercera generación de colonos y acompaña a Carmelo Ezpeleta en ese paseo por Paridera Baja, para la que Martínez propone un plan de emergencia para evitar la ruina y darle un uso social. Un carro antiguo desvencijado y roído por el tiempo se convierte a ojos de Carmelo en un símbolo del lujo que tardó en llegar.

Un macho o una yegua, diez hectáreas y una vivienda. Este era el lote que recibió su familia, procedente de Contamina (Zaragoza) y, a partir de allí, se prosperaba a puro trabajar. Empezaron de cero con la única aspiración de un futuro mejor. No era fácil ni siquiera imaginarlo desde Paridera Baja, donde vivieron mientras se construía El Temple, que inauguró Franco el 22 de junio de 1953. Se repartieron 103 lotes pero no había casas suficientes y el pueblo se amplió dos veces. Nada se les dio porque, después de un periodo de tutela de cinco años, pagaban durante 40 la casa y las tierras durante 20, explica José María Alagón, doctor en Historia y autor del libro "El pueblo de El Temple".

Algunas familias comenzaron en núcleos donde todavía no había llegado el regadío, como en San Jorge, donde se ha criado Alagón, que con 30 años es la tercera generación allí por parte de su padre y cuarta de El Temple por parte de su madre. Sus bisabuelos también ocuparon Paridera Baja. Allí tampoco había de nada y el agua, recuerda Ezpeleta, "había que ir a buscarla al río, situado a dos kilómetros". Por ello, muchas familias no resistieron, sobre todo en El Temple, porque al ser el primero algunos no sabían dónde se metían. "Muchos llegaron pensando que venían a Jauja y Jauja no estaba en ninguna parte. Pero al que le gustaba trabajar, salía adelante, aunque trabajando 24 horas", indica Ezpeleta, que apunta que cultivaban frutas y verduras y que de El Temple han llegado a sacar 8 millones de kilos de patata.

Enriqueta se crió en Paridera y recuerda las penurias de su familia, originaria de Bárboles, porque eran nueve hermanos. "Ahora no es como antes, ahora riegan desde la cama", apunta. Para optar a la concesión del bar y del cine, se casó a los 23 años, en 1960. Su marido trabajaba de tractorista en el Instituto Nacional de Colonización, que tenía en El Temple el taller de las máquinas con las que construyeron los pueblos. "De viaje de novios nos fuimos a Madrid para comprar las butacas del cine a un teatro", recuerda, y después llegó el proyecto de 400.000 pesetas. Ahora, esa antigua máquina se muestra en una vitrina de su bar restaurante "Las Vegas", que llevan dos de sus hijos.

Allí, Carmelo y Enriqueta evocan recuerdos delante del Galardón Félix de Azara, que les ha otorgado la Diputación Provincial de Huesca por su sacrificio por el territorio. Eva Fontana, su hija, trabaja en el bar familiar y ejerce de abuela con las hijas de Cristina, que asegura que en el pueblo, de donde también es su marido, "se vive muy bien". En verano, crece y se llenan las 125 parcelas de un campin que tiene más de 80 ocupadas todo el año. Valeria es la cuarta generación de un pueblo que crece con proyectos de futuro.