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CARTAS

Abusos sexuales




MARIANO RAMÓN
11/09/2018

La publicación de los abusos sexuales cometidos sobre niños por clérigos a lo largo de setenta años en un estado norteamericano así como el frecuente desmantelamiento de redes telemáticas que ofrecen pornografía infantil ha puesto en la actualidad mediática el tema de la pedofilia. Con este motivo se leen y se escuchan opiniones diversas que van desde la condena a tan execrables hechos hasta la propuesta de medidas punitivas y preventivas para atajar esta lacra. Una cuestión difícil de resolver dado que el pedófilo, en algunos casos personas ancianas, suelen ser individuos cuyo desarrollo psicosomático ha quedado varado antes de alcanzar la plenitud de su virilidad y por consiguiente carentes de arrestos para afrontar debidamente las relaciones íntimas de pareja. Pocos son los niños que no han conocido de abusos sexuales sobre alguno de sus compañeros y quizá sobre ellos mismos. En estos momentos recuerdo a un profesor que con un pretexto banal descubría y manoseaba los genitales de mi compañero de pupitre. Y fue de dominio público que otro simulaba tratar las lombrices intestinales de los alumnos eyaculando en sus anos. Episodios aberrantes que los niños afectados mantenían en silencio por vergüenza o temor y un inmerecido respeto hacia su educador. Prevenciones que al parecer ya no se guardan y que están dando lugar a desenmascarar villanos procederes. Para prevenir la pedofilia se impone conocer previamente la psicología de quienes aspiran a ejercer una profesión relacionada con la educación y el ocio de los niños y adolescentes. Y de momento hacer un test de integridad psicosexológica a quienes ya están en contacto con el mundo infantil y juvenil descartando, obviamente, a quienes no muestren el correspondiente equilibrio. Al pairo de la pedofilia también se ha puesto sobre el tapete de la actualidad el celibato de los sacerdotes católicos proponiendo el matrimonio como forma de encauzar su sexualidad. No es nueva esta propuesta ni tiene que ver con la pedofilia. Quienes así se pronuncian olvidan además que la sexualidad del célibe puede sublimarse y que la Iglesia no pone trabas a la renuncia del ministerio sacerdotal con vistas a contraer matrimonio.