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Guerra Civil y deportación. La tragedia de la familia Llasera-Ballesté-Naval de Albelda

Argelès. Vista a través de la alambrada del campo de Argelés-sur-Mer, donde murió Teresa Ballester Fantova.



Por Jesús INGLADA ATARÉS
10/08/2003

MUERTE de Ramón Llasera Ballesté, en el campo de exterminio de Mauthausen, y de su madre, Teresa Ballesté Fantova, en el campo de refugiados francés de Argelès-sur-Mer.

Ramón Llasera Ballesté era el segundo de los seis hijos del segundo matrimonio de José Llasera, contraído con Teresa Ballesté Fantova. José Llasera se había quedado viudo de su primer matrimonio con la señora Pallarols, con la que tuvo dos hijos, José y Josefa (1).

Pues bien, Ramón Llasera Ballesté, perteneciente a la quinta del 39 -había nacido en 1918- y su hermano mayor, Francisco, de la quinta del 34 -nacido en 1913-, participaron en la guerra luchando en el bando republicano. Francisco consiguió salir con vida de la contienda y murió de edad avanzada. Otro camino muy distinto iba a seguir Ramón. Tras la derrota de las fuerzas republicanas, el ya conocido itinerario seguido por una buena parte de los combatientes: cruce de la frontera francesa, internamiento en los campos de refugiados franceses, probable alistamiento en el ejército galo -seguramente en las Compañías de Trabajadores Extranjeros-, debacle y apresamiento, conducción a los Stalag (campos de prisioneros de guerra) y, finalmente, deportación al campo de exterminio de Mauthausen. En el llamado molinillo de huesos de Gusen -komando dependiente de Mauthausen-, fue aniquilado el 4 de diciembre de 1941, a la edad de 23 años. No fue el único vecino de Albelda que sufrió semejante martirio. Tres jóvenes más perecieron en aquel infierno: José Girón Peña -que había trabajado como jornalero en la casa de Roque Ballesté Fantova, y del que se desconoce la fecha de su muerte-, José Lamora Mazarico -exterminado el 24 de febrero de 1943- y Blas Trenc Purroy -muerto el 8 de noviembre de 1942-. También era natural de Albelda, José Purroy Noguero que tuvo la suerte de salir con vida de aquel averno (2).

Los padres de Ramón Llasera Ballesté y el resto de sus hermanos -Cecilia, Teresa, Antonia y José- salieron huyendo de Albelda, a primeros de marzo de 1938, rumbo a Cataluña, ante la inminente gran ofensiva franquista que iba a ocupar todo el Aragón republicano. Llegaron a la provincia de Barcelona y se instalaron, momentáneamente, en Sant Vicenç dels Horts. No pudieron permanecer mucho tiempo en este lugar, y, antes de que Barcelona cayera en manos de las tropas de Franco -el 26 de enero de 1939-, pasaron a engrosar esa riada humana que, desesperada y masacrada continuamente desde el cielo por los aviones franquistas, se dirigió en retirada hacia la frontera francesa. El diputado francés Albert Sarraut ofreció en la Cámara de Diputados francesa, en marzo de 1939, una descripción bien expresiva de esa amalgama humana: “... toda esa multitud heteróclita y disparatada, a pesar de las diferencias de edad y de condición social, tiene un único y mismo rostro que es la expresión de la derrota física y moral. Ojos hundidos, rasgos lívidos, la máscara uniforme de mejillas hundidas por el hambre, la fiebre y el sufrimiento, la cara terrible y singular de la miseria humana” (3).

Al llegar a la frontera, las familias eran separadas. Los hombres hábiles eran conducidos a los campos de concentración, mientras que las mujeres, los niños, los enfermos y los ancianos eran evacuados a diversos departamentos del interior o a centros de acogida. El drama de la separación familiar afecta a la familia Llasera-Ballesté. El padre, José, es separado de su mujer, Teresa, y del resto de sus hijos pequeños: Cecilia, Teresa, Antonia y José. Desesperado ante la separación de su familia, José regresa a España. En nuestro país le quedaban los dos hijos de su primer matrimonio -José y Josefa Llasera Pallarols-, que trabajaban en la RENFE en Barcelona. Sin embargo, el dolor por la separación de Teresa, su segunda mujer, y de sus hijos le impulsan dos años más tarde a pasar la frontera clandestinamente para ir en su busca. Teresa y sus cuatro hijos menores habían recalado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, el primero de los campos franceses “acondicionado” en un terreno pantanoso junto al mar, en las playas del Rosellón. Pero, cuando José Llasera da con su familia en Argelès, ya no puede abrazar a su mujer. Había muerto en el campo, rodeada de sus hijas, que le dieron lo único que tenían, su cariño. Las nefastas condiciones higiénicas del campo y las carencias sanitarias contribuyeron, sin duda, al fatal desenlace. Ni los refugiados que llegaban heridos, ni los que enfermaban, podían apenas recibir tratamiento. En el campo, “... cinco grandes tiendas reservadas al servicio sanitario no contienen ni siquiera el mínimo necesario para recibir a los enfermos o los heridos leves: ni sillas ni bancos, pocos o ningún medicamento; incluso se agotan los comprimidos de aspirina, este medicamento milagroso que, teóricamente, se distribuye a granel, en todos los campos de refugiados. Para los apósitos, el personal utiliza los trozos todavía limpios de las vendas ya utilizadas... Para todo el campo de refugiados: un médico y cinco enfermeras”. Ante esta manifiesta ausencia de personal sanitario, los propios refugiados españoles crearon sus equipos de médicos que, pese a la carencia de medios, se entregaban con extrema generosidad para atender a los miles de necesitados, víctimas de enfermedades como la disentería, la neumonía, las fiebres tifoideas, la tuberculosis, la lepra, la sarna y, sobre todo en Argelès, la conjuntivitis (4).

Abatido por la muerte de su esposa, José consigue salir del campo con todos sus hijos -menos Ramón- y se instalan en la población de Pontarlier, en la región francesa del Franco Condado, muy próxima a la frontera suiza (5).

Pero, la muerte de Teresa Ballesté Fantova y la de su hijo no serán las únicas de una familia marcada por el sino de la tragedia...

LA FAMILIA DE ROQUE BALLESTÉ FANTOVA Y LOS AVATARES DE LA GUERRA


Teresa Ballesté Fantova era la hermana mayor de una humilde familia de campesinos que cultivaban unas pequeñas tierras arrendadas. Los otros hermanos eran José -alias Chepet-, Ramón, Roque y Vicenta.

Roque Ballesté Fantova estaba casado con Elvira Naval y tuvieron cuatro hijos: Roque, Pilar, Antonio y Elvira. Roque y Elvira heredaron de unos tíos una hacienda de unas treinta hectáreas de buena tierra. El estallido de la guerra civil va a trastornar la vida de esta laboriosa familia. Al hijo mayor, Roque, el Alzamiento le sorprende en Jaca, en donde se encontraba realizando el servicio militar. Tras encontrarse en Huesca con un guardia civil procedente de Albelda que le informó de que toda su familia estaba bien, Roque decide pasarse a la zona republicana y regresa a Albelda. Luchará en la División “Durruti”, que después de la creación del Ejército del Este pasará a ser la 26 División, al mando del mayor Ricardo Sanz. Su hermano Antonio, que era de la quinta del 41 -había nacido en 1920-, fue llamado a filas cuando la guerra estaba ya avanzada, yéndose a combatir con su hermano Roque. Pilar, fue puesta al frente de una Colonia de niños huérfanos que se creó en el municipio gerundés de Llançá, próximo a la costa y a la frontera francesa. Estando al cuidado de los niños en Llançá, recibió una carta de su hermano Antonio en la que le comunicaba que estaba herido en el hospital de Figueras. Pilar se encamina rápidamente a dicho hospital, en donde se encuentra con un panorama desolador. Eran las horas previas a la entrada de las tropas franquistas -hecho que ocurrirá en la noche del 18 de febrero-, y en el hospital semiderruido por los bombardeos apenas queda ya nadie; el personal médico y sanitario ha huido, así como muchos de los heridos. Sólo los de mayor gravedad, y aquéllos que no podían desplazarse por sí mismos -como es el caso de Antonio, con una bala incrustada en la rodilla-, permanecían abandonados en las frías estancias. Pilar, con la ayuda de un amigo de Albelda -un tal Ricardo-, sacó a su hermano en brazos. Una señora que vio las dificultades que tenían para trasladar al herido les proporcionó una carretilla con la que lo llevaron hasta la frontera. Allí fue metido en un tren como herido de guerra y conducido a Lyon, donde fue intervenido quirúrgicamente de forma satisfactoria.

Pilar regresó rauda a Llançá para hacerse cargo de los niños. Poco antes del 23 de febrero -en que concluye la ocupación definitiva de Cataluña-, la Colonia de niños, con Pilar al frente, es trasladada al Paso de Calais. Allí permanece al cuidado de un medio centenar de niños. Cuando se enteró del destino de su hermano Antonio, partió en su busca. Junto a él permaneció cinco meses en el hospital de Lyon. Tras la ocupación de Francia por los alemanes, la Colonia es disuelta y los niños fueron entregados a sus padres u otros familiares -muchos de ellos en Francia-. Pilar fue conducida al campo de concentración de Argelès-sur-Mer, el lugar donde había muerto desamparada su tía Teresa Ballesté Fantova. Mas, no permaneció mucho tiempo en dicho campo. Poco antes de llegar ella al campo, tres hermanos de Albelda -Antonio, Pedro y José Trenc- que estaban internados en Argelès-sur-Mer consiguieron salir del campo al ser reclamados por unos tíos que vivián en Bages, cerca de Perpiñán. Cuando los hermanos Trenc se enteraron de que Pilar estaba en Argelès le procuraron un trabajo fuera del campo para que pudiera abandonar su internamiento. Antonio Trenc, que era quinto de su hermano mayor Roque, se convertiría poco tiempo después en su marido.

EL ASESINATO DE ROQUE BALLESTÉ FANTOVA


¿Qué había sido de la hija pequeña, Elvireta?

Cuando estalla la sublevación, Elvireta cuenta apenas ocho años. Cuando en marzo del 38 buena parte de los vecinos de Albelda parten rumbo a Cataluña, Elvireta y sus padres se trasladan a la cercana población de Castillonroy -de donde era natural la madre de Elvireta, y donde residían sus abuelos maternos-. ¿Por qué no huyeron hacia Cataluña? Esta decisión -que tan trascendental resultaría a la postre- tuvo que ver, parece ser, con el consejo que les hizo Roque, el hermano de Elvireta, que casualmente pasó en retirada con su 26 División por Albelda. La recomendación de Roque fue que no salieran de Aragón, pues la guerra se estaba acabando, y podía resultar más peligrosa la huida hacia Cataluña por los incesantes bombardeos. ¡Siempre habría de arrepentirse de este bienintencionado consejo!

Cuando las tropas franquistas de la 51 División del general Urrutia ocupan Albelda, el 3 de abril, Elvireta y sus padres se encuentran -como ya ha quedado dicho- en Castillonroy, localidad que sería también inmediatamente tomada. A diferencia de Albelda, en Castillonroy apenas se había ido nadie. Ante las noticias que llegaban de los destrozos y rapiña que se estaba practicando en las casas abandonadas de Albelda, Elvira y sus padres deciden trasladarse a su pueblo. Allí comprueban que sus pertenencias no se han visto seriamente afectadas, lo mismo que la casa de campo o torre que tienen en el entorno de sus fincas. Para continuar con el cuidado de sus cultivos y ganados se instalaron de nuevo en la torre.

En Albelda, como en la mayoría de los lugares del Aragón republicano, el vacío de poder subsiguiente al fracaso de la sublevación, y la llegada de las columnas milicianas desde Cataluña, propiciaron la implantación del colectivismo. Al margen de sus simpatías hacia este proceso revolucionario, el padre de Elvireta, Roque Ballesté Fantova, que no podía contar con el trabajo de sus dos hijos varones por estar combatiendo, y que tampoco podía sustituirlos fácilmente con jornaleros contratados por el mismo motivo, se vio abocado a entrar en la colectividad. El haber formado parte de la colectividad le iba a resultar muy caro. Por otra parte, aunque se consideraba más bien un hombre de izquierdas, no militaba en ningún partido político.

Con la disolución del Consejo de Aragón en agosto de 1937 se desarticuló la estructura colectivista en esta región. Tras la ocupación por parte de los franquistas del Aragón republicano se inició la contrarrevolución también en el campo. El padre de Elvireta debía recomponer su explotación agraria, seriamente afectada por la guerra -le habían quitado las caballerías, los aperos, las semillas y otros enseres (6)-, y sin poder contar todavía con sus hijos varones. Algunas de las parcelas las dio en arriendo a otros vecinos, y el resto las cultivaba de forma directa ayudándose, mutuamente, con un vecino. A las 11 de la mañana en punto del 26 de julio de 1938, cuando estaba en la torre trillando con la ayuda del vecino de confianza, la guardia civil se presentó para detenerlo. Este vecino con el que trabajaba en común salió desesperado a avisar al alcalde de Albelda, que no era otro que José Ballesté Fantova, alias “Chepet”, hermano del detenido. Su nombramiento como alcalde había tenido que ver con sus ideas -era miembro del Centro Católico y estaba próximo a Falange- y también con el azar e improvisación de aquellos tumultuosos días. Cuando los nacionales llegaron a Albelda, “Chepet” salió a recibirlos, pues él no había abandonado el pueblo, y les dio su bienvenida. Al poco tiempo, “Chepet” era designado alcalde de la liberada población de Albelda. De cualquier forma, “Chepet” no era un hombre de profundas convicciones derechistas, ni mucho menos. Seguramente, su adscripción al Centro Católico -de derechas- y su proximidad a Falange tenían mucho que ver con su condición de humilde trabajador de la familia Moncasi, uno de cuyos miembros era José Moncasi, un importante propietario rural, miembro de Acción Agraria Altoaragonesa (CEDA), formación por la que fue designado parlamentario en 1933 y 1936 (7). Estas simpatías -voluntarias o inducidas- por las ideas derechistas estuvieron a punto de generarle algún problema en el tiempo en que esta zona estuvo en manos republicanas. De hecho, su hermano, el padre de Elvira, Roque Ballesté Fantova, debió salir en su defensa -como hizo con el resto de vecinos-, salvándole probablemente la vida. Era lógico presumir que ahora que él tenía problemas -y muy serios-, su hermano, el alcalde de la Albelda nacionalista, saldría en su defensa y cortaría de raíz esa detención, fruto de una denuncia inspirada en la sed de venganza y rapiña de un vecino.

Tan pronto como “Chepet” fue avisado de la detención, acudió presto al Ayuntamiento de Albelda -donde se había habilitado una cárcel-. Otro tanto hicieron Elvireta y su madre, llevándole al padre y esposo la cena. Seguramente, las fuerzas vivas de la Nueva Albelda convencieron al alcalde “Chepet” -humilde trabajador, sin duda títere de los verdaderos urdidores de la detención- de que se trataba de una detención rutinaria y que no había nada que temer por la suerte de su hermano. Confiado e ingenuo, se retiró a su casa al anochecer y al día siguiente, con el alba, partió al campo a realizar sus tareas. Su ausencia fue muy bien aprovechada por aquéllos.

Esa misma mañana la madre de Elvira se dispuso a bajar el almuerzo -sopas de pan- a su esposo, detenido desde la noche anterior en el Ayuntamiento. Cuando se aproximaba a la plaza mayor de Albelda vio corritos de mujeres que chismorreaban al detectar su presencia. En ese momento, la esposa del detenido tuvo que apartarse rápidamente a la acera para permitir el paso de un carro con ruedas de goma que transportaba lo que parecía ser el cuerpo de una persona cubierto con una manta que dejaba sin cubrir los pies calzados de la víctima. Elvira Naval, la madre de Elvireta, conocía muy bien esos zapatos, y los pies que los habitaban: eran los de su esposo Roque. Transida de dolor y espanto ante tan aterradora visión, se arrastró despavorida hacia el Ayuntamiento. Cuando salió el alguacil a recibirla, ésta le espetó: “Vengo a traer el almuerzo a mi marido, aunque creo que ya no le va a ser necesario, pues he reconocido sus pies, los pies de mi marido, al que vosotros habéis asesinado”. El alguacil, que tenía prohibido hablar nada sobre este asunto, se quedó lívido y manifestó: “Se ha suicidado”. Y al momento añadió: “Pídame lo que quiera, señora”. “Acompáñeme a casa, por favor, que creo que sola no voy a poder llegar” -le requirió Elvira a punto de desvanecerse. El alguacil la acompañó hasta el patio de su casa. Allí se encontraba Elvireta, su hija, que con diez años fue testigo del momento más terrible de toda su existencia. El momento, nunca olvidado, en que su madre, entre gritos desgarradores de dolor, le comunica que “papá ha sido asesinado”. Muy pronto llegaron a la casa tres chicas de Castillonroy que se habían enterado del acontecimiento y venían a consolarlas. Sólo más tarde se fueron acercando algunas vecinas.

La noticia se extendió por todo Albelda. El alcalde, “Chepet”, hermano del muerto, fue convencido por los urdidores del plan de que se trataba de un suicidio. La explicación aportada por ellos incidía en que se había colgado con su faja en la salita del excusado. Sin embargo, la altura de la misma no lo permitía.

EL SEPELIO


Las tres hermanas y un hermano de la viuda, que vivían en Castillonroy, bajaron a Albelda para enterrarlo. A la viuda, a Elvira, no la dejaron ir al cementerio. En la penuria y escasez de medios de todo tipo que se había generalizado en ese tercer año de guerra, no se pudo encontrar ningún ataúd. Máxime, siendo un rojo el que había que enterrar. También fueron desatendidas las peticiones de la viuda acerca de la confección de un ataúd a partir de las tablas de un arcón que había en la casa. Parecía como si se quisiera también arrebatar a la familia el derecho que le asistía de dar digna sepultura a su ser querido. Al final, Roque Ballesté Fantova iba a ser enterrado envuelto en una sábana de cáñamo blanco, humilde mortaja que al momento se tiñó de rojo, de la sangre roja que brotó de las innumerables heridas que le habían ocasionado en su cuerpo los asesinos al propinarle la mortal paliza.

LA DETENCIÓN Y EL ENCARCELAMIENTO DE LA VIUDA


Después de tan irreparable pérdida, la viuda quedó muy trastornada. Su hija, Elvireta, con tan sólo diez años, se erigió en su sostén. Durante un tiempo estuvieron en Castillonroy, en casa de sus padres, pero, al llegar septiembre, regresaron a Albelda y se instalaron en la torre. También se fueron a vivir con ellas un hermano de la viuda -que pasó a cultivar la hacienda a medias- y una sobrina -hija de una de sus hermanas- que ya había ejercido de niñera, con tan sólo doce años, al nacer Elvireta. Ahora, hecha toda una moza de 22 años, pasaría a ayudar en la casa a estas dos afligidas mujeres. Mas, ella también había sufrido ya el zarpazo mortal de este tiempo sanguinario: era viuda de guerra, y tenía una niñita de corta edad que también se fue a vivir con ellas.

En el mes de noviembre, Elvira, la madre de Elvireta, empezó a sentirse mal. Tenía frecuentes hemorragias y su estado físico cada vez era más preocupante. Fue a mediados de ese mes cuando la guardia civil se presentó en la casa con la intención de llevársela detenida. Los guardias civiles, que no se creían que estuviera enferma, fueron a buscar al médico forense de Tamarite para que certificara su estado real. Éste corroboró lo que era evidente para cualquiera que quisiera verlo: la enferma estaba muy débil y no podía andar. El galeno añadió que, cuando estuviese repuesta, ya se informaría a la autoridad competente.

Pero, ¿a qué venía esta detención? ¿Es que la saña cainita de los vencedores no tenía suficiente con el cruel asesinato de su esposo?

El motivo de su detención estaba relacionado con otro de esos episodios tan singulares y kafkianos, en los que de nuevo tuvo que ver su hijo Roque Ballesté Naval, que seguía combatiendo con las fuerzas republicanas en tierras catalanas formando parte de la 26 División. Enterado éste de que unos compañeros militares iban a realizar una operación de información infiltrándose en zona nacional, consideró que ésta era una buena ocasión para comunicarle, a su madre y hermana, que tanto él como su hermano Antonio estaban bien. Elvireta vio, cuando se iba a la escuela, que tres militares -aparentemente del ejército nacional, pues así lo parecía indicar su indumentaria- se personaban en su casa. Al abrir la puerta la madre de Elvireta, estos militares le confesaron -confidencialmente- que eran del servicio de inteligencia republicano y que le traían una carta de su hijo Roque dando razones de su estado y del de su otro hermano. Sumida en un mar de dudas, y no recuperada todavía del trauma del asesinato de su esposo, no quiso saber nada de la misiva.

Posteriormente, cuando estos agentes estaban descansando en Tremp, localidad en manos franquistas, en la noche previa antes de pasar de nuevo a la zona republicana, uno de ellos -que era un infiltrado franquista- los delató y fueron detenidos. En el bolsillo de uno de los detenidos se encontró la carta que Roque había escrito a su madre.

Cuando el médico forense consideró que Elvira Naval, la viuda, estaba en condiciones de declarar, fue detenida y conducida a Tremp, donde tuvo lugar el consejo de guerra que juzgó también, entre otros, a los militares republicanos del servicio de inteligencia y a otras personas próximas a Elvira. Ésta fue interrogada por el tribunal, y tras presentarle a los agentes que habían intentado hacerle llegar la carta de su hijo, y negar ésta que los conociera de nada -era muy probable que no los recordara, pues apenas había hablado con ellos unos instantes-, dicho tribunal la condenó a 12 años de cárcel. También fueron juzgadas y condenadas a diversas penas, la sobrina de Castillonroy que las había cuidado, una cuñada que había escrito unas líneas para que se las dieran a los hijos de Elvira... Una joven de Castillonroy fue condenada a 30 años y un día de cárcel, salvando la vida por su minoría de edad.

Elvira Naval, la viuda de Roque Ballesté Fantova, cumplió tres años de condena en las cárceles franquistas donde los malos tratos, el hambre, el hacinamiento, la suciedad y las enfermedades martirizaban a las internas. Fue internada primero en la cárcel de Barbastro. Más tarde, fue conducida a la infame prisión de Lérida, donde estuvo gravemente enferma al sobrevenirle un principio de embolia. Los alimentos que le hacían llegar su hija Elvira y sus tíos le permitieron salir con vida. Posteriormente fue trasladada a una prisión habilitada en un antiguo convento de monjas de Barcelona. Finalmente, sus últimos días en la cárcel los pasaría en la prisión de Gerona, de donde salió con libertad el 5 de junio de 1941. Nunca se recuperó completamente de las secuelas de su estancia en la cárcel ni de los sufrimientos infligidos por los vencedores. El 26 de octubre de 1942 abandonaba este mundo que tan cruelmente la había tratado.

Se ha dicho que cada tragedia individual contiene, de algún modo, todas las tragedias. José Llasera Ballesté, Teresa Ballesté Fantova, Roque Ballesté Fantova, Elvira Naval y Elvireta Ballesté Naval forman parte de esa inmensa legión de víctimas de la Victoria, sobre las que cayó el pesado yugo de olvido y silencio, y a las que nunca se les ha restituido su memoria. De estas cinco personas sólo Elvireta vive. A ella, que ha preservado su dignidad ética en medio de las más duras pruebas, mi mayor reconocimiento, admiración y gratitud.

Sirvan estas líneas, finalmente, de sincero homenaje a todas estas vidas segadas y marcadas por una guerra cruel que surgió a partir de una sublevación militar que ya desde el inicio se caracterizó por su firme decisión de exterminio rápido del oponente.



NOTAS:


(1) Este artículo ha sido elaborado a partir de entrevista oral con familiares de las víctimas que prefieren mantenerse en el anonimato.

(2) Las listas de todos los fallecidos españoles en Mauthausen fueron publicadas por Mariano Constante y Manuel Razola en Triángulo azul. Los republicanos españoles en Mauthausen, 1940-1945, Península, Barcelona, 1979. La lista de los naturales de la provincia de Huesca exterminados en ese campo ha sido publicada por Mariano Constante en Republicanos aragoneses en los campos nazis, Editorial Pirineo, Zaragoza, 2000. De estas obras hemos sacado la identidad, lugar y fecha de defunción de los vecinos de Albelda exterminados en Mauthausen. Sobre José Purroy Noguero hay publicada una entrevista realizada por Vicente Alcubierre Moreu, en la revista robresina El Pimendón. Periódico de Robres.

(3) DREYFUS-ARMAND, Geneviève: El exilio de los republicanos españoles en Francia. De la guerra civil a la muerte de Franco, Crítica, Barcelona, 2000, p. 46.

(4) Véase RAFANEAU-BOJ, Mª Claude: Los campos de concentración de los refugiados españoles en Francia (1939-1945), Omega, Barcelona, 1995, pp. 127-144. La cita, en p. 131. También, SORIANO, A.: Éxodos. Historia oral del exilio republicano en Francia, 1939-1945, Crítica, Barcelona, 1989, pp. 21-38.

(5) Todavía viven, en Francia, Cecilia, Teresa y Antonia. José, el pequeño, está en Suiza. El hijo mayor, Francisco, salió con vida de la guerra y murió posteriormente de edad avanzada. Ramón, ya ha quedado dicho, murió en Gusen (Mauthausen), el 4 de noviembre de 1941.

(6) Francisco Moreno ha señalado que, en general, el proceso de desmantelamiento de las Colectividades de la zona republicana significó un gran negocio para los miembros de las Comisiones de Recuperación que se crearon en numerosas localidades. A modo de ejemplo, en el pueblo andaluz de Manzanares “... se creó una Comisión de Recuperación Agrícola, para devolver las fincas a sus propietarios o herederos. Se dio un bando para que se entregaran todas las bestias de carga y aperos de labranza, cuya propiedad no se pudiera justificar. Las personas de derechas, la mayoría, recuperaron sus bienes; pero no así los de izquierdas, que también habían aportado sus bestias y aperos a las Colectividades. Algunos, ni siquiera se atrevieron a reclamar” (MORENO, Francisco: “La represión en la posguerra·, en JULIÁ, Santos: Víctimas de la guerra civil, Temas de Hoy, 1999, pp. 344-345).

(7) AZPÍROZ PASCUAL, J. Mª: Poder político y conflictividad social en Huesca durante la II República, Ayuntamiento de Huesca, 1993, p. 292.


Profesor de Historia en el IES Montes Negros de Grañén