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Guerra Civil y deportación. La tragedia de la familia Llasera-Ballesté-Naval de Albelda

Argelès. Vista a través de la alambrada del campo de Argelés-sur-Mer, donde murió Teresa Ballester Fantova.



Por Jesús INGLADA ATARÉS
10/08/2003

MUERTE de Ramón Llasera Ballesté, en el campo de exterminio de Mauthausen, y de su madre, Teresa Ballesté Fantova, en el campo de refugiados francés de Argelès-sur-Mer.

Ramón Llasera Ballesté era el segundo de los seis hijos del segundo matrimonio de José Llasera, contraído con Teresa Ballesté Fantova. José Llasera se había quedado viudo de su primer matrimonio con la señora Pallarols, con la que tuvo dos hijos, José y Josefa (1).

Pues bien, Ramón Llasera Ballesté, perteneciente a la quinta del 39 -había nacido en 1918- y su hermano mayor, Francisco, de la quinta del 34 -nacido en 1913-, participaron en la guerra luchando en el bando republicano. Francisco consiguió salir con vida de la contienda y murió de edad avanzada. Otro camino muy distinto iba a seguir Ramón. Tras la derrota de las fuerzas republicanas, el ya conocido itinerario seguido por una buena parte de los combatientes: cruce de la frontera francesa, internamiento en los campos de refugiados franceses, probable alistamiento en el ejército galo -seguramente en las Compañías de Trabajadores Extranjeros-, debacle y apresamiento, conducción a los Stalag (campos de prisioneros de guerra) y, finalmente, deportación al campo de exterminio de Mauthausen. En el llamado molinillo de huesos de Gusen -komando dependiente de Mauthausen-, fue aniquilado el 4 de diciembre de 1941, a la edad de 23 años. No fue el único vecino de Albelda que sufrió semejante martirio. Tres jóvenes más perecieron en aquel infierno: José Girón Peña -que había trabajado como jornalero en la casa de Roque Ballesté Fantova, y del que se desconoce la fecha de su muerte-, José Lamora Mazarico -exterminado el 24 de febrero de 1943- y Blas Trenc Purroy -muerto el 8 de noviembre de 1942-. También era natural de Albelda, José Purroy Noguero que tuvo la suerte de salir con vida de aquel averno (2).

Los padres de Ramón Llasera Ballesté y el resto de sus hermanos -Cecilia, Teresa, Antonia y José- salieron huyendo de Albelda, a primeros de marzo de 1938, rumbo a Cataluña, ante la inminente gran ofensiva franquista que iba a ocupar todo el Aragón republicano. Llegaron a la provincia de Barcelona y se instalaron, momentáneamente, en Sant Vicenç dels Horts. No pudieron permanecer mucho tiempo en este lugar, y, antes de que Barcelona cayera en manos de las tropas de Franco -el 26 de enero de 1939-, pasaron a engrosar esa riada humana que, desesperada y masacrada continuamente desde el cielo por los aviones franquistas, se dirigió en retirada hacia la frontera francesa. El diputado francés Albert Sarraut ofreció en la Cámara de Diputados francesa, en marzo de 1939, una descripción bien expresiva de esa amalgama humana: “... toda esa multitud heteróclita y disparatada, a pesar de las diferencias de edad y de condición social, tiene un único y mismo rostro que es la expresión de la derrota física y moral. Ojos hundidos, rasgos lívidos, la máscara uniforme de mejillas hundidas por el hambre, la fiebre y el sufrimiento, la cara terrible y singular de la miseria humana” (3).

Al llegar a la frontera, las familias eran separadas. Los hombres hábiles eran conducidos a los campos de concentración, mientras que las mujeres, los niños, los enfermos y los ancianos eran evacuados a diversos departamentos del interior o a centros de acogida. El drama de la separación familiar afecta a la familia Llasera-Ballesté. El padre, José, es separado de su mujer, Teresa, y del resto de sus hijos pequeños: Cecilia, Teresa, Antonia y José. Desesperado ante la separación de su familia, José regresa a España. En nuestro país le quedaban los dos hijos de su primer matrimonio -José y Josefa Llasera Pallarols-, que trabajaban en la RENFE en Barcelona. Sin embargo, el dolor por la separación de Teresa, su segunda mujer, y de sus hijos le impulsan dos años más tarde a pasar la frontera clandestinamente para ir en su busca. Teresa y sus cuatro hijos menores habían recalado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, el primero de los campos franceses “acondicionado” en un terreno pantanoso junto al mar, en las playas del Rosellón. Pero, cuando José Llasera da con su familia en Argelès, ya no puede abrazar a su mujer. Había muerto en el campo, rodeada de sus hijas, que le dieron lo único que tenían, su cariño. Las nefastas condiciones higiénicas del campo y las carencias sanitarias contribuyeron, sin duda, al fatal desenlace. Ni los refugiados que llegaban heridos, ni los que enfermaban, podían apenas recibir tratamiento. En el campo, “... cinco grandes tiendas reservadas al servicio sanitario no contienen ni siquiera el mínimo necesario para recibir a los enfermos o los heridos leves: ni sillas ni bancos, pocos o ningún medicamento; incluso se agotan los comprimidos de aspirina, este medicamento milagroso que, teóricamente, se distribuye a granel, en todos los campos de refugiados. Para los apósitos, el personal utiliza los trozos todavía limpios de las vendas ya utilizadas... Para todo el campo de refugiados: un médico y cinco enfermeras”. Ante esta manifiesta ausencia de personal sanitario, los propios refugiados españoles crearon sus equipos de médicos que, pese a la carencia de medios, se entregaban con extrema generosidad para atender a los miles de necesitados, víctimas de enfermedades como la disentería, la neumonía, las fiebres tifoideas, la tuberculosis, la lepra, la sarna y, sobre todo en Argelès, la conjuntivitis (4).

Abatido por la muerte de su esposa, José consigue salir del campo con todos sus hijos -menos Ramón- y se instalan en la población de Pontarlier, en la región francesa del Franco Condado, muy próxima a la frontera suiza (5).

Pero, la muerte de Teresa Ballesté Fantova y la de su hijo no serán las únicas de una familia marcada por el sino de la tragedia...

LA FAMILIA DE ROQUE BALLESTÉ FANTOVA Y LOS AVATARES DE LA GUERRA