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CRONICAS Y MEMORIAS

La sierra de Lanaja

Corral de la Anica en Peñalbeta (Lanaja), lugar donde encontraría la muerte "Cucaracha" y otros cuatro bandoleros en un enfrentamiento con la Guardia Civil.



Por Manuel BENITO
06/11/2005

Precioso rincón, cargado de paisajes sorprendentes y de historias para contar horas y horas. Si se va por vez primera lo mejor es hacerse acompañar, nosotros contamos con dos excelentes guías, además de amigos: Bienvenido y Alfredo Campos de Lanaja. Cogemos el todoterreno y salimos en dirección sur, a la Sierra. Hace años que quería visitar la Aldea de Barrenas, una de las más lejanas y hacia allí nos encaminamos por la carretera de Monegrillo.

La amplitud del término municipal najino con las consiguientes distancias del pueblo, hicieron que tuvieran que establecerse hábitats temporales, aquí llamados aldeas y en otros lugares mases. Al ser buena tierra de Ribera convivieron con corrales y parideras para ganados. Se trata de un conjunto de construcciones, unas veces dispersas, otras más agrupadas e integradas mediante una pared a modo de tapia.
La de Barrenas se extiende sobre un altozano: en un extremo el pajar y en el otro los corrales. En el centro la vivienda que sirvió de tal en las siembras, cosechas y demás actividades. Más allá del camino queda una construcción de piedra para acopio de agua, por sus dimensiones está entre balsa y balsete. Este ha sido el objeto de mi visita, pues se trata de una de las pocas que conserva una ampliación en la embocadura de la aguadera, haciendo de vaso para el posado hídrico. Los lodos se limpiaban más fácilmente en la entrada, más superficial, que en el fondo de la balsa. Arriba hay una alineación de piedras que cobijaron un arnal hace muchos años.

Me llevan ahora a ver la cabecera de La Val del Carro que acaba por adentrarse en Castejón y convertirse en La Fuente Madre. En sus inmediaciones quedan balsetes como los de Clemente o Gregorier y, en la misma Val, un pozo de excelentes aguas potables, ya en la Aldea de  Cayetano. Se trata de un orificio redondo de unos tres metros de recorrido, con pretil, que accede al acuífero. Por allí crece el espárrago silvestre cuyo uso en veterinaria era muy común, colocadas las ramitas en los riñones de la res, favorecían tanto el parto como la expulsión de las parias.

Subimos a las alturas de la Sierra para recorrer los límites con Monegrillo. El barranco de La Estiva es una V casi perfecta, prolongada en el paisaje. Arribamos a Puy Esteban desde donde se divisa la llanura monegrina, en días claros hasta las aguas del Ebro, hoy día de neblina atisbamos San Caprasio y Farlete. En esta cumbre, el amigo Félix Fustero de Monegrillo, levantó un murete de piedras para evitar que los jóvenes con las motos, jugaran a lo James Dean: a ver quien frenaba más cerca del precipicio. Hacia Lanaja se ven los cullicortos, pequeñas elevaciones que se suceden ante nosotros.

Bajamos hasta los pies de El Volador, cerca de Peñalbeta, allí, formando aún sus ruinas un pequeño fortín, está el corral de La Anica donde la Guardia Civil puso fin a la leyenda de Cucaracha. El corral aún conserva la estancia con los bancos de piedra, el hogar y enfrente las aspilleras que miran al Volador, a poniente la que dicen abrió el propio bandido y que sirvió a la Benemérita para darle el último tiro. El agujero sigue allí dando la misma sensación de provisionalidad que tuvo inicialmente.

Todos estos territorios fueron hollados por el bandolero, tras el Volador, en las entrañas de la desconocida y extensa Sierra de Monegrillo, está el Boquero de Cucaracha, un abrupto barranco donde le gustaba esconderse. Siempre cerca del viejo camino de Zaragoza y de las casas de los potentados monegrinos que se guardaban bien de él.

La realidad de Cucaracha fue la de un hombre harto de arrastrarse por los espartales, las carboneras y los tajos de exiguo jornal. Se echó al monte como otros muchos, pero su perspicacia le hizo asegurarse la amistad y apoyo de algunas gentes, apoyo mantenido con dinero constante pues aún así llegaban las traiciones. Los criados, aldeanos y jornaleros le avisaban cuando iban tras él o cuando los amos iban a desplazarse. También le daban cobijo en sus viviendas o corrales hasta que cesaban los peligros. Daba a esas gentes -los pobres- una exigua comisión de lo que había robado a los ricos. Y nunca robó a un necesitado, porque los indigentes tienen poco y si lo pierden se convierten en gente desesperada, en enemigos que ya no temen nada y un bandolero debe cuidarse de eso.

La leyenda permanecerá en escritos, en la memoria de los monegrinos, pero los últimos restos materiales, lo poco que aún queda visible, se va perdiendo en el paisaje de forma irremediable.