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ALTO GÁLLEGO - NECROLÓGICA

Angelines Villacampa

Angelines Villacampa.



SEVERINO PALLARUELO
11/02/2013

SABIÑÁNIGO.- Una vez quise hacer una película. Iba a tratar del combate que han mantenido los que han querido salvar de la ruina la casa de la aldea donde nacieron. La primera secuencia se desarrollaría de noche. Se escucharían truenos y se vería el resplandor de los relámpagos a través del agua que repiquetearía en el cristal del ventanuco de una cocina oscura. A continuación los truenos irían quedando como ruido de fondo mientras comenzaba a escucharse con nitidez el sonido de las goteras cayendo en los recipientes repartidos por todo el desván: la orquesta más triste, como saben bien los que tuvieron que dejar una casa en el pueblo. Ruido grave de la gotera que cae en el vientre de una tinaja, golpe apagado de la que cae en el viejo plato de aluminio, goteo cantarín en la palangana desportillada, tañidos de campana de las que caen en una lata oxidada, mazazos en el pecho si caen en una cazuela de barro… Entonces aparecería Angelines para romper la oscuridad de la falsa, con la vela en una mano y un puchero en la otra. Lo colocaría al pie de una gotera nueva y miraría con melancolía los otros recipientes: cada vez hay más, eso diría, con un retumbar de truenos poniendo fondo al goteo incesante. Pero no lo diría con palabras, lo diría solo con la mirada.

La falsa sería la de su casa de Susín. La noche una muy fría, de finales de otoño. El silencio, al acabar la tormenta, el de casi siempre en esta aldea que Angelines Villacampa quería mantener viva.

En la secuencia segunda ya habría llegado el invierno. Ella avanzaría por la senda que sube a la aldea culebreando entre enormes quejigos. La nieve cubriría el camino. El silencio resultaría agobiante, como siempre en los días de nieve. Al pasar junto a la fuente que mana al pie del sauce se detendría ante las piedras que cierran el camino: ha caído el muro que sostenía la tierra de un campo. Otro más: eso se leería en sus ojos al mirar el montón de piedras de la nueva ruina.

En la secuencia de primavera ella se acercaría al viejo lavadero escondido bajo el lodo que han arrastrado las aguas del deshielo. Se afanaría un rato en la limpieza del lugar donde se hacían las coladas y luego cortaría algunas zarzas de las que año tras año se empeñan en ir cerrando todas las sendas. Después caminaría hasta la ermita y, parada en el quicio, miraría el suelo cubierto de estiércol: hay que hacer algo, tengo que poner una puerta para impedir que el ganado entre aquí. Pero eso no lo diría con palabras, porque estaría sola: habría que leerlo en sus ojos.

También se leería en sus ojos la alegría del verano, cuando llegaran a la aldea algunos jóvenes para ayudarle a levantar muros caídos y a limpiar calles y sendas. Pero al volver el otoño, cuando las sendas se cubren con las hojas secas que preceden a las nieves, en su mirada, al contemplar los campos cada vez más cerrados por la maleza, se leería el resultado del balance anual, siempre el mismo: la naturaleza se apodera de lo suyo, el bosque invade los prados, las piedras de los muros tornan al suelo del que salieron. Año tras año, la naturaleza trabaja siempre para ordenar a su modo lo que el hombre había ordenado de otra manera. La lucha contra las goteras, contra el lodo, contra las zarzas, contra la ruina, contra la nieve y el viento, contra el olvido: ese ha sido el combate que ha regido la vida de Angelines Villacampa. No quería ver su casa devorada por la ruina, no quería ver Susín convertido en un montón de piedras cubierto de zarzas, como tantas otras aldeas de su entorno.

Angelines hablaba mucho, no se cansaba de hablar de sus ilusiones, pero la película no hubiera tenido palabras. Solo el ruido del viento y de la lluvia, los silencios, la mirada y las manos de Angelines, la nieve, el sol, el paso de las estaciones, otra vez su rostro, sus ojos, sus manos, la hierba, las piedras, el humo de la cocina, el canto de los pájaros, otra vez sus ojos, los truenos, el vendaval de invierno que arrastra la nieve haciendo remolinos entre las casas, las hojas secas del nogal cubriendo la calle desierta, sus manos en el trabajo, sus ojos, la noche estrellada, el silencio de la noche en la casa perdida entre los montes, el humo de la chimenea ascendiendo entre los montes cubiertos de nieve, su mirada junto al fuego.

Así me habría gustado hacer una película, la película de los que no queríamos que se cayera la casa de nuestros padres, la película de los que no queríamos que desapareciera la aldea donde nos criamos. Angelines nos representaba a todos. Era nuestro emblema. No sé si se lo habíamos dicho, pero ella lo sabía. Nos ha abandonado en un día frío, con los caminos y los campos de Susín cubiertos por la nieve.