Eduardo M. Carnicer 01/03/2009 / 19:47
Cuando la conocí me dijo: soy como la cenicienta. No la entendí, pero
me gustó. Me gustó esa forma tan suya de aparecer y desaparecer: gratuita
e inesperada. Cuanto más me acercaba más se alejaba. Volaba hacia mí,
pero casi siempre pasaba de largo. No respondía a mis llamadas y era quien
me llamaba cuando yo no lo hacía. Me creaba un estado de incertidumbre que
no soportaba, que ahora echo de menos. Se paseaba por el parque con su perrito;
no adivinaba quién paseaba a quién.
No fumaba, no bebía y siempre me embriagaba con su música, con sus roces,
con lo que no me contaba, con sus silencios, con las frases sin acabar, con esa
mirada tan suya que me atraía tanto. Con los desplantes. Con esos abandonos
imprevistos o casuales que me dejaban en vela, que ahondaron mis ojeras y me hicieron
adepto al insomnio. Sus hasta luego me sonaban a un hasta nunca, y sus holas de
reencuentro se parecían a nuestra primera vez.
Persigo por el parque las huellas que su perro dejó, que el tiempo no consigue
borrar, porque mi cenicienta usaba zapatos únicos que nunca olvidaré.
Prefería verla con su perrito a cuando la acompañaban otros seres distantes
y ajenos a mí. Con esas extrañas compañías también me sonreía,
pero no me hacía ninguna gracia.
En el cuento el príncipe se guió por el zapato, pero soy mal detective
y poco monárquico, sigo olfateando ante las fuentes, bajo los árboles,
a la luz de las farolas, y me resisto a creer que este cuento se acabó sin
un final feliz. Visito las zapaterías y en los escaparates los maniquíes
no me responden.
Habrá cambiado de teléfono, de zapatos, de perrito, de ciudad, pero yo
la huelo todas las mañanas ante el espejo, cuando las ojeras surcan mi rostro
de soledad. Me siento un príncipe destronado que quiere cambiar de cuento porque
mi cenicienta desapareció en el parque. Descalza.
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