Eduardo MARTÍNEZ CARNICER 19/04/2009
Habíamos quedado en el viejo barranco. No hacía falta cruzar el río
ni la vía del tren. Bastaba con pasar la carretera general y bajar una callejuela
empinada. Olía a desagües, a heces, a podrido. Las cañerías,
enormes, las podías atravesar, si te atrevías. Esos grandes tubos, unos
cilindros como un túnel oscuro, eran señal de peligro y aventura. Había
matojos, humedad, hierbajos. Arriba quedaba la ciudad, con el ruido de los coches
a lo lejos, y de repente, nos creíamos casi en la selva, como unos exploradores.
Nos mojamos el calzado y comprendimos que no íbamos bien equipados, aunque
uno llevaba una cantimplora. Queríamos entrar allí: saber si lo habitaban
enormes ratas, sentir su sonido desde dentro, impregnarnos de oscuridad.
Llevábamos cerillas. De esas flexibles y pequeñas que se encendían
en cualquier sitio. Contaban que los mayores las prendían en su barba. Cada
uno traíamos algún cigarro, cogido en casa, a escondidas: Bisontes, Celtas,
Ideales. El Bisontes era rubio y más caro, debía de ser mejor.
A la entrada del barranco encendimos el primer pitillo y tosimos mucho. Sabía
fatal, olía raro y quemaba. Pero te daba un aire de mayor, era como aprobar,
como pasar de curso. Aunque ponías la cara de asco de cuando apartabas en el
plato de arroz trocitos de pimiento verde o rojo. Entramos al túnel en fila
india. No vimos estalactitas, pero nos calamos de humedad y hacía mucho frío.
Anduvimos un buen trecho a oscuras, unos siete u ocho metros. Gastamos algunas cerillas,
que se apagaban pronto y te quemaban los dedos. De pronto, dimos la vuelta, corrimos.
Salimos disparados porque el primero se asustó por algún ruido extraño
y nos pusimos muy nerviosos. El de la cantimplora, la perdió.
Al llegar a fuera nadie sabía por qué ni de qué huíamos. Daba
igual. Lo importante era que habíamos ido a fumar por primera vez. Nos sentíamos
orgullosos y sucios, felices y cansados; teníamos diez años.
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