Eduardo MARTÍNEZ CARNICER 16/08/2009
A mis setenta y nueve años soy vieja; otras querrían estar como yo. Lavo mis blusas, me aseo a diario, salgo a comprar por las mañanas, hasta tengo móvil. Nos mandamos mensajes con mi nieta, cuando usa abreviaturas que parecen jeroglíficos ni su madre la entiende. Toda la vida haciendo caligrafía, poniendo comas, haches, acentos, y ahora a desaprender: a mis años, cuesta. Mi hijo se extrañó el otro día al verme con una zapatilla de cada color. Me confundí al ponérmelas, sí, lo reconozco. La primera vez que me equivoco en los últimos cuarenta años. No es tan grave, pero sé que le impresionó. Como a mí. No dijo nada. Por eso mismo sé que se asustó: los silencios dicen más que las grandes palabras. Leo muchos libros. Me gusta más que ver la tele, llena de gritos y noticias tristes. Con los libros entro cada vez en una nueva aventura, como de niña cuando correteaba por el patio, perseguía las gallinas, me escondía detrás del pozo, subía a la tapia o aprendía a montar en bicicleta. Paso las páginas y mis recuerdos viajan por un desordenado álbum de fotos. Aparece el día de mi boda, el nacimiento de mi nieta, mis compañeras de colegio… Me quedo transpuesta en el sofá, despierto al caer el libro al suelo y me voy a la cama. Ahora necesito una pastilla para dormir y refugiarme entre las sábanas. No huelen a sudor ni a sexo. Están limpias, ni frías ni calientes, suaves como mi camisón, como fue un día mi piel. Minuto a minuto se oscurece todo, descanso una noche más. ¿Mañana Mañana ordenaré el armario del trastero. Quitaré telarañas, ahuyentaré fantasmas, destaparé vetustas cajas y fregaré el suelo: con fuerza, con lejía, abrigada por mi soledad. Por la tarde iré a las pruebas médicas. El hospital, la iglesia y el cementerio me resultan tan familiares como a mi nieta las discotecas, la universidad o los preservativos. En el bolso escondo una muda limpia porque sospecho que pronto mis viajes de entrada ya no tendrán salida. Los hospitales son níveos, limpios, asépticos, como la sonrisa de los hipócritas. El que quiera morirse que espere unos días, que agonice como un insecto, que implore minuto a minuto, que rece mucho. Yo cada vez rezo menos.
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