"Deseo de ser punk", Belén Gopegui
Eduardo MARTÍNEZ CARNICER 04/10/2009
De jóvenes, nos rebelamos y queremos cambiar el mundo, luego nos conformamos con que el mundo no nos cambie a nosotros; de jóvenes, le echamos la culpa a los mayores, luego no sabemos a quién echársela, la culpa. Los jóvenes, los adolescentes, quieren oír su música, tener locales para ellos, para ocuparlos, dice Martina, la protagonista de "Deseo de ser punk". Una adolescente de dieciséis años rebelde, guapa, mala estudiante pero culta, que se siente incomprendida por sus padres, que se refugia en el ordenador y en los amigos y que quiere hacer la revolución, al menos algún gesto que trascienda, que cambie algo la sociedad. Soñadora, ambiciosa, Martina no conoce los psiquiátricos como Holden Caulfield en "El guardián entre el centeno", ni es tímida como el Demian de Hermann Hesse, ni ha matado a alguien como Meursault en "El extranjero". Sí se siente extraña, sí padece cierta anomia, sí quiere bombardear el mundo. La lucha generacional, la rebelión, el inconformismo y, sobre todo, el deseo de encontrar una música hilvanan las páginas de "Deseo de ser punk" con las letras de AC/DC, Johnny Cash, Neil Young y un largo etcétera. En contra de Umbral, Baroja o Nabokov, la protagonista de B. Gopegui sí cree que la música tiene un olor, que es más importante que las palabras, que puede ser transformadora, fascinante, salvaje, superar las limitaciones de la audición humana, el rock, el heavy, el punk. Tener una música propia como forma de estar en el mundo, de sublimarlo como en "Deseo de ser piel rojo" de Kafla, y más tarde L. María Panero, que se parafrasea en el título, "Deseo de ser punk". En forma epistolar y con una estructura más sencilla que en anteriores novelas, Belén Gopegui continúa con novelas discursivas, izquierdistas, contestatarias, ideológicas, que se salvan por la calidad lírica y la inteligencia de la autora. Las imágenes, sobre todo en la primera parte, con esos cristales que se rompen y hay que reconstruir toda la vida, con la didáctica explicación de los vasos comunicantes, con la actitud de bañarse en la piscina desnudo cuando los demás están vestidos, con la apuesta por lo analógico frente a lo digital que nunca se acaba, son metáforas que sostienen el ritmo de la novela. Además de unos diálogos certeros y un ritmo que no decae, en una obra sencilla, de fácil lectura, por una autora que consigue una poética reflexiva.
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