José Antonio LOZANO 18/10/2009
Una mujer con chaqueta, paraguas bajo el brazo y bolsa de la compra, pasea en esta
tarde de verano por la orilla del mar y se moja los pies desnudos. No ha reparado
en otro paraguas solitario clavado en la arena que alarga el cuello desde la toalla.
Puede que el dueño lo haya dejado huérfano. Entra en escena otra mujer,
por el otro lado, más joven que la anterior, de edad indeterminada sostenida
por unas piernas robustas. También lleva la obligatoria chaqueta y un vestido
de otro tiempo. Morena de piel, cara ancha, ojos pequeños y labios rojos. Se
detiene y mira el mar. Parece que se enfrenta con él, se acerca y se aleja
de la espuma sucia, podría decirse que baila con el agua en un rito ancestral.
Hora incierta de la tarde azul, verde, turquesa y esmeralda. Huele a percebe y mar
de verdad. El tiempo gris emplomece los edificios mientras la mujer parece que congrega
y conjura a las gaviotas que danzan enloquecidas en el aire. Podría ir hacia
adentro y no volver, como en aquel hermoso suicidio de película japonesa que
sólo dejo círculos concéntricos en el agua blanquinegra. Hace diez
años que le arrebató a su hijo mientras buscaba la ola de su vida, junto
a otros surfistas de neopreno. Esta ciudad está llena de gente desolada que
lleva a cuestas historias que arañan. Cómo gritan estas malditas. Ahora
es Hitchcock y pájaros chocando contra cabinas ensangrentadas que estallan
en mil cristales que reflejan mis ojos enrojecidos.
Mar inmenso, padre océano, personajes que huelen a barro. Las gentes le visitan
en peregrinación celta anterior a las imágenes católicas. Solos.
En silencio. Van a ver al compañero. Un tranvía portugués busca la
estela plateada de la tarde fría y triste. Los autobuses anuncian el ocaso.
La noche parece no querer llegar empujada por el sol que se resiste a dejar de contemplarse
en los cristales emplomados que saben a sal y moho. La luz repiquetea en la superficie
calmada que espera la lluvia de aguijones. Niebla que rebota en las olas y acolcha
un rumor sordo.
Da pereza ponerse a hablar, a escribir sobre el mar. Tantos lo hicieron ya que queda
poco por añadir. Es sabido que viene y que va, que ruge y que vuelve, que estalla,
se ennegrece, espejea, brillan serpentinas en la hora en la que se acortan las sombras,
se extiende y se revuelve, huele profundo y me pica la nariz, te sumerge y te arrastra,
golpea y araña las rodillas, vomita conchas y guijarros suaves como tus axilas,
refleja el cielo y juega con las nubes, empuja a los barcos, amasa lodos y algas
con un poco de sal para que las saborees con palillos, que sube y que baja, hace
hombres a los niños y niños a los viejos, abraza y marea, te promete y
siempre está, que es un buen lugar para morir.
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