Eduardo MARTÍNEZ CARNICER 25/10/2009
Mi viaje es interior, no puede ser de otra forma. Diviso por la ventana el deambular
de las gentes por la artería de sus deseos; dubitativo y amorfo, náufrago
encerrado en un mísero metro cuadrado, como un carcelero en la prisión.
La luz es tenue, el ambiente asfixiante y mi respiración entrecortada. El sucio
cristal me trasmite destellos de realidad, pedazos inconexos de otras vidas, simples
retazos de cotidianidad. Mi mente queda como un puzzle incompleto: las piezas que
faltan las dejé en la carretera. El día se alarga y resulta soporífero,
insoportable. Sólo veo tonos grises y pardos: pura mezquindad. Es desesperante,
la náusea me habita. Veo sombras en la noche, heraldos agoreros.
Distante y lejano queda mi pasado cuando recorría veloz las calles. Me comía
el mundo. El viento me era favorable. Límpidas y trasparentes sucedían
las jornadas. Risas y gritos poblaban mi mundo. Me encontraba exultante. Exprimía
el tiempo, deleitándome en su sensualidad, impregnado de perfumes afrodisíacos
envueltos en tórridas sensaciones. Los kilómetros quedaban a mis espaldas.
Y corría, y corría, cada vez más. Y más: ¡120, 130, 200!,
más, más, y: ¡Puf! Se rompió todo.Ya no funciona el reloj. Cuento
los minutos desde mi silla de ruedas. La lluvia mancha los herméticos cristales
de este hospital. Anochece, todo se apaga. Mañana fuera chispeará, pero
yo no me mojaré más, porque el infierno es seco como el desierto, con
oasis de dolor y palmeras de hastío repletas de aburrimiento.
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