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CUADERNOS ALTOARAGONESES
 

De Las Mártires al Valle de los Caídos

Cementerio provisional de Las Mártires en la vertiente sur de la ermita. Festividad de Todos los Santos en noviembre de 1937. Archivo Municipal.
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VÍCTOR PARDO LANCINA
17/04/2011

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La tierra del cementerio de Las Mártires está sembrada de fragmentos óseos. Restos de las inhumaciones de combatientes caídos por Dios y por la patria en el frente de Huesca, de civiles muertos en la ciudad a causa de los bombardeos, por enfermedades comunes o por las habituales infecciones derivadas del consumo de agua en deficiente estado de salubridad durante el tiempo del cerco, y también de republicanos fusilados en este mismo lugar o en el ya desaparecido cuartel de Infantería Valladolid nº 20, y luego enterrados en el viejo camposanto. La intemperie, el abandono, la incuria en definitiva, han propiciado este lamentable estado de cosas que ahora el Ayuntamiento pretende corregir merced a una intervención urbanística de alcance.

Abandonado definitivamente a su suerte desde finales del siglo XIX, o incluso antes, el cementerio de Las Mártires hubo de reabrirse en los primeros días de septiembre de 1936, dado que los milicianos y soldados republicanos que asediaban la ciudad, habían tomado el cementerio municipal de la carretera de Zaragoza, haciéndose fuertes en esta posición enfrentada a los defensores de Huesca, instalados en el cerro de San Jorge y su entorno. Así, Las Mártires, sería morada para no menos de 1230 personas –reconstruir el listado necrológico ha resultado tarea harto complicada– que allí fueron enterradas hasta finales de abril de 1938. Pero no sería ésta la última morada, ya que la suerte de los cuerpos sepultados quedó sujeta a diversas vicisitudes y determinaciones políticas. El grueso de los restos, una indeterminada cantidad superior en cualquier caso a ochocientos, fueron llevados al Valle de los Caídos, al grandilocuente panteón franquista esculpido por presos republicanos en Cuelgamuros, en el corazón de la sierra de Guadarrama.

AMPLIACIÓN EN TERRENO DE LOS CARDERERA

Es muy posible que el Ayuntamiento presidido por el capitán José María Vallés Foradada, hiciera tabla rasa de los enterramientos antiguos y comenzara a abrir profundas zanjas en la ladera donde se erigió el monumento a Manolín Abad y los sublevados en la revolución de 1848. El 3 de septiembre de 1936, Silverio Montes Pardo, de 60 años, recibió sepultura en el histórico cerro, reinaugurando así la necrópolis que en pocos meses iba a revelarse insuficiente al ritmo de apertura de fosas que reclamaba la guerra.

El 8 de enero de 1937, el inspector provincial de Sanidad alertó al gobernador civil Gervasio Sáenz Quintanilla, acerca del escaso espacio que permanecía desocupado en Las Mártires, apenas para 350 cadáveres, señala, al tiempo que subraya el posible "agotamiento de la zona todavía disponible, ya que cualquier contingencia motivada por la guerra, epidemias, etc. podría crear un problema de difícil solución en los momentos actuales". El aviso fue trasladado al Ayuntamiento, presidido desde finales de 1936 por Mateo Estaún Llanas, que tomó de inmediato cartas en el asunto, determinando por el trámite de máxima urgencia, la habilitación de un terreno aledaño, de titularidad privada, al que se accedía por el mismo camino de la ermita.

El campo en cuestión, ubicado en la vertiente sur, en la actualidad la zona que acoge alojamientos chabolistas, resultó ser propiedad de Rafael Carderera Riva, hermano del alcalde republicano y médico fusilado en agosto, Mariano Carderera. Rafael, que morirá muchos años más tarde en el exilio en Venezuela, se encontraba huido tras el golpe de Estado, pero su madre, Ventura Riva Satué, que residía en Zaragoza, se hizo cargo del problema de la ciudad y respondió favorablemente en nombre de su hijo al requerimiento perentorio que le hizo el alcalde para ocupar la finca.

"Enterada que por causa de la guerra que aflige a España –escribe Ventura Riva a modo de instancia al Ayuntamiento–, y por cuyo fin eleva fervientes oraciones al Altísimo, necesita la ciudad de Huesca para ampliación de su cementerio de Las Mártires, terrenos propiedad de su hijo Rafael Carderera Riva, hoy ausente, y teniendo en cuenta el cariño de éste a su ciudad natal y en memoria de su otro hijo Mariano, que como Alcalde que fue de la misma, puso todos sus entusiasmos y desvelos en cuanto significase beneficio de su amada Huesca, ofrece en nombre del primero gratuitamente, a la misma por medio de su Ayuntamiento, los terrenos que se necesiten".

La ampliación, de 1600 metros cuadrados, cercada por postes de madera y alambre de espino, se comenzó a ocupar el 17 de junio de 1937, cuando el recinto del cementerio convencional ya albergaba casi 850 muertos, entre ellos al menos 131 fusilados, de los que todavía quedan como testimonio de la barbarie cinco lápidas, y quizá una fosa común ubicada en un extremo de la ladera oeste, donde pudieron haber dado sepultura a una decena de republicanos asesinados.

En la nueva ubicación, a salvo de las balas enemigas que tantos sustos habían causado a los enterradores en el ya colapsado recinto, fueron inhumadas en torno a 400 personas. Carlos Casales, hijo de quien fuera conserje del cementerio durante el tiempo de la guerra y aún muchos años después, explica que su padre vio morir abatido por un francotirador a un soldado que verificaba un enterramiento a pocos metros de donde él mismo se encontraba trabajando.

CEREMONIAL PARA EL TRASLADO DE RESTOS

Pocos meses después de terminada la guerra y merced a una ordenanza de carácter nacional que contravenía y derogaba cualquier normativa sanitaria al uso, se iniciaron los traslados de restos desde Las Mártires y la zona aledaña, al cementerio municipal, así como a algunos lugares de la provincia e incluso fuera de la misma. Los despojos eran depositados en cajas de zinc precintadas para realizar el tránsito evitando en lo posible penosas situaciones para los operarios y los familiares de los difuntos que los habían reclamado.

Menudearon los traslados durante varios años hasta que el Ayuntamiento, de acuerdo con el Obispado –la Iglesia ejercía una todopoderosa influencia también en materia de cementerios– y el Gobierno Civil, adoptaron el acuerdo de realizar una gran ceremonia para evacuar el cementerio provisional y llevar todos los restos al entonces denominado cementerio católico. El 2 de noviembre de 1949 fue la fecha determinada, este día desfilaron cabildos, jerarcas y autoridades, trasladando una arqueta simbólica bajo la bandera española y el escudo de la ciudad. El cortejo procesional partió a media mañana de la Iglesia de Santo Domingo y marchó hasta la plaza de Navarra, donde depositaron la urna en una carroza mortuoria para trasladarse desde allí en distintos vehículos hasta la capilla del camposanto y asistir a una ceremonia religiosa. El Orfeón Oscense, dirigido por José María Lacasa, entonó un solemne responso. La prensa local se hizo amplio eco del pomposo acontecimiento.

Pero el proyecto de traslado masivo planeado por el alcalde Vicente Campo Palacio resultó un absoluto fracaso, apenas una treintena de restos fueron llevados al cementerio en los días previos al hueco pontifical, después ninguno. El desalojo, por tanto, continuaba pendiente.

TRASLADOS SIN PERMISO DE LOS FAMILIARES

El Ayuntamiento vio una oportunidad definitiva para clausurar el recinto provisional y desocupar en la medida de lo posible Las Mártires, con motivo de la inauguración del Valle de los Caídos, el 1 de abril de 1959. Así, pocos días antes, el 23 de marzo, siendo alcalde Mariano Ponz Piedrafita, envió, sin permisos de familiares ni otros requerimientos, los restos de 359 "caídos no identificados" al gran monumento de Cuelgamuros. Entre los caídos, naturalmente, se contaban civiles de ambos bandos, por tanto, también fusilados. Al año siguiente, en una segunda expedición y por el mismo procedimiento prefijado de remitir urnas colectivas conteniendo en cada una "gloriosos restos" de quince personas, fueron llevados otros 93, de los que sólo tres habían sido identificados.

El tercer gran desembarco de muertos en este inmenso osario próximo al Escorial, presidido por una desmesurada cruz y la obra del escultor Juan de Ávalos, se llevó a cabo el 18 de marzo de 1964, merced al traslado de 320 restos igualmente sin identificar. Es muy probable que también fueran llevados otros 48, si bien identificados, de acuerdo con la documentación existente, sin embargo el relativamente fiable sistema de registro en el Valle impide contrastar en sus ficheros este extremo. La aportación de la ciudad de Huesca al memorial mandado construir por Franco alcanzó la cifra de 820 difuntos, el 67% de los enterrados en Huesca en menos de veinte meses. Y puede no ser ésta la cifra definitiva, ya que Carlos Casales anota en sus libros el envío de otros 34 "cadáveres procedentes del Estrecho Quinto", inhumados en marzo de 1939 en un ensanche del paseo central del cementerio municipal. No hay fecha para datar esta última expedición.

Así las cosas, y a modo de conclusión no definitiva, cabe señalar que en la actualidad el espacio que sirvió de enterramiento provisional probablemente ya no albergue osamentas completas, aunque quizá sí vestigios dispersos y fragmentarios. Además, una vez cotejados los traslados de toda índole –sólo 12 fusilados fueron reclamados por sus parientes y exhumados para darles sepultura definitiva–, y dado que hay un centenar de lápidas todavía en Las Mártires –casi la mitad ilegibles e incomprensiblemente, al menos en cuatro casos, los finados ya no reposan en la tierra que ocuparon en otro tiempo–, apenas unas pocas decenas de muertos se encontrarían en ignorado paradero. Unas exigibles catas en el cementerio y en el entorno deberían aclarar todos los extremos de este doloroso y vergonzante episodio de desmemoria histórica local. Es una exigencia de dignidad y reparación.

Enterrar a los muertos (2)Restos de más de ochocientos militares, civiles y fusilados republicanos reposan en Cuelgamuros sin identificar


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