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CUADERNOS ALTOARAGONESES
 

Enterrar a los muertos (y 3)

La provincia envía a Cuelgamuros sus “gloriosos restos”Combatientes exhumados en Almudévar, Biescas, Apiés, Boltaña, Selgua o Fraga yacen en la gran cripta del caudillo



VÍCTOR PARDO LANCINA
24/04/2011

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El franquismo fue un régimen corrupto. Traficó con niños arrancados de los brazos a sus madres, presas republicanas ingresadas en las cárceles a las que fusilaba pocas horas después, mientras el latrocinio era bendecido por una Iglesia implicada durante decenios en esta ignominia; comerció en el tiempo del estraperlo con las necesidades básicas de una población depauperada y hambrienta; arrasó cualquier vestigio de justicia y derechos humanos favoreciendo el nepotismo y la vileza, y no tuvo piedad ni siquiera con sus muertos, tampoco, claro, con los muertos de los perdedores. Durante el final de la década de los años cincuenta y hasta mediados de los sesenta, miles de restos de caídos en el bando sublevado, pero también fusilados por defender a la República, transitaron las carreteras españolas en dirección al gran panteón que Franco había ordenado construir a mayor gloria de su propia memoria, el Valle de los Caídos. Oficialmente, la relación de restos allí consignados es de 33.847, en parte identificados, aunque también miles desconocidos. Pero hasta la contabilidad de la faraónica cripta del caudillo es equívoca, ya que se cifran en más de cuarenta mil los realmente inhumados.

"Uno de los principales fines que determinaron la construcción del Monumento Nacional a los Caídos en el Valle de Cuelgamuros (Guadarrama) –refiere la doctrina oficial en 1958, un año antes de la inauguración del mausoleo, hecho que vino a conmemorar los "veinte años de paz"–, fue el de dar en él sepultura a quienes fueron sacrificados por Dios y por España y a cuantos cayeron en nuestra Cruzada, sin distinción del campo en que combatieran, según exige el espíritu cristiano que inspiró aquella magna obra, con tal que fueran de nacionalidad española y de religión católica".

No consta en la abundante documentación consultada, el nombre de la autoridad o jerarquía responsable de velar por la aplicación de los principios cristianos que alumbraron el empeño de Franco, antes al contrario, los gobernadores civiles, en su afán por satisfacer los necrofílicos delirios del dictador, alentaron todo tipo de indiscriminados traslados. También el poncio que regía los destinos de la provincia de Huesca, José Riera Aísa, se sumó a la objeción en materia de escrúpulos religiosos o sociales, y presionó a los alcaldes para que caídos por Dios y rojos impíos fueran despachados en urnas colectivas al monumento de la sierra madrileña. Así, más de medio millar de "gloriosos restos", de acuerdo con la terminología al uso, fueron exhumados en el Alto Gállego, Sobrarbe, Ribagorza o la Jacetania, amén de los más de ochocientos que expidió la ciudad de Huesca como tributo sepulcral a la cruzada, tal como ya señalamos en el pasado capítulo.

Violencia revolucionaria en Monzón

El primero de los tres envíos al Valle de los Caídos se realizó el 24 de marzo de 1959. La mayor aportación provincial en esta fecha la realizó el Ayuntamiento de Selgua, donde su alcalde, Manuel Torres Clarimón, hizo entrega de dos ataúdes al delegado del gobernador, César Escribano de Gordo, conteniendo un total de 31 restos no identificados. Las cajas de madera, cuyas dimensiones tipo eran 1,20 m largo, 0,50 m alto y 0,60 m ancho, se llenaron de huesos en el conocido como campo de La Cuadra, donde había sido enterrada "una unidad del Ejército rojo" que sucumbió en campaña.

A pocos kilómetros de Selgua, en Monzón, a punto estuvo su alcalde de diligenciar a Madrid a 64 caídos identificados, y si no lo hizo fue, probablemente, porque no llegó a obtener los permisos familiares para materializar la mudanza. En el cementerio montisonense se realizaron dos enterramientos masivos, casualmente en ambos casos de 32 personas cada uno. El primero contenía los cuerpos de varios vecinos de la localidad, así como otros de Azlor, Berbegal o Fonz que habían sido asesinados en la plaza el 25 de julio de 1936, en pleno estallido de la violencia revolucionaria que grupos de incontrolados imponían contra derechistas, terratenientes y religiosos. En esta acción siniestra, protagonizada por el autodenominado grupo "Los Tigres" de la centuria Llorenç Vila del POUM, también fueron muertos un capellán y tres coadjutores detenidos en Lérida y llevados hasta Monzón como prisioneros.

La segunda fosa colectiva guardaba los restos de combatientes franquistas de distintas procedencias, que habían caído en el avance de las tropas de Franco en dirección a Cataluña, en marzo de 1938. Aún una tercera fosa fue excavada en el mismo cementerio para dar sepultura a un número indeterminado de represaliados republicanos fusilados por los militares de Franco, pero de este hecho no quedó registro alguno en los libros de enterramientos.

Los restos cadavéricos a remover desde cualquier punto de la provincia eran llevados primero a Huesca, almacenados en el depósito del cementerio municipal y luego transportados a Cuelgamuros. Corría con todos los gastos el Consejo de las Obras del Monumento Nacional a los Caídos, cuya sede se ubicó en el Palacio de Oriente.

Desde Ayerbe se mandó el cadáver del soldado Constantino Ibáñez Gil, de 28 años, natural de la localidad zaragozana de Torrelapaja, que había fallecido a consecuencia de una herida de bala en el vientre tras su ingreso en el hospital militar, habilitado en una de las casas principales del pueblo. Benabarre incorporó a esta misión al registrador de la propiedad Máximo F. Reinoso Álvarez de Los Corrales, de origen cordobés, asesinado y quemado su cadáver en Caladrones.

El cementerio de los italianos en Fraga

Fraga mandó ocho restos en 1959 y dieciséis en la segunda expedición, el 9 de junio de 1960. Es muy posible, no obstante, que en esta localidad del Bajo Cinca, se removieran también las tumbas de 121 combatientes, incluido el prisionero José Queral Torén, de 28 años, y que todos ellos reposen en algún lóbrego rincón de Cuelgamuros. Se trata de oficiales y soldados de la 5ª División Navarra, del Regimiento La Victoria de Jaca, legionarios del Tercio de África o del Cuerpo de Ejército de Marruecos, entre otras unidades. Militares que murieron en el hospital fragatino regido por las Hermanas de la Caridad, tras la caída del frente de Aragón e incluso en los combates posteriores en el Segre o la Batalla del Ebro. Cualquier rastro de estos combatientes despareció de los libros del cementerio, pero sí consta la intención y disposición municipal para el acarreo "al Templo Nacional de Cuelgamuros", según señala en un escrito el alcalde Vicente Bitrián.

También hallaron sepultura en otro osario de carácter fascista, el Sacrario Militare de Zaragoza o Torre de San Antonio en la iglesia del mismo nombre, legionarios aportados por Mussolini en ayuda de Franco, que fueron enterrados en primera instancia en la zona del camposanto de Fraga conocida como "Cementerio de los Italianos". El número de los allí inhumados, incluyendo algunas decenas de españoles integrados en estas unidades, podría ser superior a trescientos, aunque sólo se conoce la identidad de 141.

Legionarios fascistas del Cuerpo de Tropas Voluntarias –Flechas Negras, Flechas Azules, Brigada Littorio y 23 de Marzo– muertos en la ruptura del cerco en la "Cabeza de puente de Serós", en Borjas Blancas y en el avance para tomar Cataluña, quedaron enterrados en la capital del Bajo Cinca, hasta que los restos de sus nacionales fueron requeridos por las autoridades italianas para inhumarlos en el mencionado osario zaragozano del barrio de Torrero. Una inscripción en un muro del cementerio de Fraga, todavía recuerda la existencia de este reducto del fascio en tierras cinqueñas: "Italia ha demostrado profundamente amar y comprender a España. La sangre derramada por los legionarios italianos ha creado una indestructible amistad y confianza. ¡Viva Italia! Franco".

En Tamarite de Litera, el alcalde Florencio Nadal, fue testigo de la exhumación del notario de Alíns del Monte José de Naval Zarroca, y el farmacéutico Cristóbal Salas Mur, natural de Antillón, ambos inmolados en Tamarite, el 17 de agosto y 23 de septiembre de 1936, respectivamente. Los familiares de otros "héroes y mártires de la Cruzada" que reposaban en el panteón tamaritano del paraje del Calvario, no dieron su conformidad para desenterrar y remitir a otra tumba los restos de sus difuntos por Dios. Tampoco los deudos de Alcolea de Cinca quisieron separarse de sus caídos.

El mayor contingente de esta segunda partida llegó desde Boltaña, un total de 67 militares adscritos a ambos bandos y sin identificar, si bien en su mayoría fusilados por las tropas sublevadas al tomar la localidad en marzo de 1938.

El Alto Gállego aportó diez restos cadavéricos desde Yebra de Basa y otros setenta, en la tercera oleada, procedentes de Biescas. La decena de caídos en Yebra de Basa, todos identificados, se hallaban en una finca del monte Santa Orosia y en su exhumación intervinieron los propios vecinos, de grado y para orgullo de su alcalde, Francisco Bergua Labarta, que en escrito dirigido al gobernador civil manifiesta que "sobre los gastos originados para esta exhumación y traslado desde dicho monte, tengo el honor de informarle que nadie quiere percibir nada, pues todo el vecindario ha querido contribuir voluntariamente a este acto por el propio significado del mismo considerando un honor el haber podido contribuir aun en tan pequeña medida".

"Panteras" del Valle de Tena

Al menos diecisiete de los veintidós identificados en la partida de Biescas al Valle de los Caídos pertenecían a la Compañía de Voluntarios del Valle de Tena, conocidos como "Panteras del Valle de Tena". Procedentes de Sallent de Gállego y Panticosa –apellidos como Eito, Galindo, Arruebo, Belío o Fanlo, delatan su origen–, habían muerto en combate frente a las tropas republicanas y algunos de ellos también fusilados, en septiembre de 1937, en la zona de Santa Orosia y en Gavín. Otros cinco combatientes de la Compañía 223 de Carabineros, procedían de Madrid. El resto del contingente hasta completar la cifra de setenta, nunca fueron identificados. Constituyen parte del tercer envío, remesa que llegó a Cuelgamuros en marzo de 1964.

En esta misma fecha Almudévar contribuyó a engrandecer el patrimonio funeral del caudillo con 125 restos sin identificar, provenientes de ambos bandos. La expedición no fue ajena a disputas, ya que el alcalde de Almudévar y el gobernador civil se enzarzaron en una tensa controversia epistolar, dada la confusión que la abundancia de enterramientos en el cementerio municipal y en el cementerio católico provocó en sus respectivas comunicaciones. Al parecer, en la localidad se contabilizaron más de trescientas víctimas de la contienda, pero sólo 120 susceptibles de movilización, de acuerdo con las distintas clasificaciones de caídos establecidas por el Ministerio de Gobernación que dirigía el general Camilo Alon­so Vega. En el recuento final, por razones que no se explican en los archivos, se registraron 125 gloriosos restos.

También Apiés fue diligente en el cumplimiento del sagrado deber patrio urgido por el regidor gubernativo. El alcalde de la localidad, Ramón Sánchez, firmó la remisión de una partida de 82 víctimas de la contienda. Ramón Palacín, vecino de este municipio incorporado a Huesca, era ayudante del herrero en marzo de 1964 y fue requerido para trabajar en la recuperación de los cadáveres. "Tenía 16 años entonces –recuerda– y como había que ir a picar por administración, es decir, con carácter obligatorio entre todos los del pueblo, me tocó estar varios días desenterrando soldados, porque todos los que sacamos eran militares". Los intensos combates mantenidos en la extensa área de influencia del carrascal de Igriés, provocaron muchas víctimas de ambos bandos que a menudo quedaban sepultadas en el campo, pero también en pequeñas poblaciones como Apiés o Chimillas.

"Aparecieron los huesos –prosigue Palacín– en una larga fosa, quizá de más de 30 metros, a medio metro de la superficie, amontonados, pero todavía con sus botas, ropas, correajes, cartucheras… todo mezclado. Tal y como salían los restos, sin comprobar si llevaban chapas o documentación, los metíamos en los ataúdes que habían traído unos señores de Huesca". En la exhumación trabajaron una decena de vecinos durante casi una semana, y en el pueblo quedó la sospecha de que junto a los soldados también habían entregado a Madrid a varios de los fusilados por los militares de Franco, asesinados en las mismas tapias del camposanto cuando en marzo del 38 entraron en el lugar atropellando a la población.

Quince militares procedentes del "ejército rojo" fueron desenterrados en Araguás, en dos fosas practicadas casi en el límite con Laspuña. Y desde Labuerda se enviaron al Valle ocho falangistas procedentes de Burgos y Logroño, todos identificados, que habían caído en la Bolsa de Bielsa.

Pero la provincia de Huesca, que contribuyó a la magna obra sacramental con 1304 restos, según la más que discutible cifra oficial, distribuidos en 129 columbarios, todavía en junio de 1970 remitió a modo de colofón patriótico otros 87 muertos procedentes de la localidad jacetana de Navasa. Los militares, de los cuales sólo 18 no estaban identificados, yacían en el conocido como cementerio de las Brigadas Navarras, si bien en sus filas también comparecen soldados canarios y un buen número de legionarios. Habían muerto en combate en el sector de Orna de Gállego, en la Paridera de Camparés y el Mirador del Abuelo, entre el 28 y 29 de septiembre de 1937. Se hizo cargo del excepcional traslado Pompas Fúnebres "El Paraíso" de Jaca, que cobró por el servicio 24.100 pesetas. El gobernador aconsejó realizar el viaje en horas de relente y proceder a la entrega por la mañana, huyendo del calor.

 


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