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Opinión

TRIBUNA ALTOARAGONESA

Ernesto Baringo


SEVERINO PALLARUELO
21/10/2020

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Quería protegerlo todo: los ríos y los bosques, las obras hidráulicas antiguas, los castillos ruinosos y las ermitas olvidadas, también –lo más importante- a los que maltratados por la fortuna necesitan el amparo público para salir adelante. Hablo de Ernesto Baringo, que nos acaba de dejar. Los medios de comunicación, al dar la noticia del fallecimiento, han destacado su actividad política en puestos de gobierno o de representación: ocho años alcalde de Monzón, senador a lo largo de dos legislaturas. En los últimos veinte años he pasado muchos días con Ernesto caminando por los montes, retratando puentes o enredándonos en las zarzas que ciegan los cárcavos de viejos molinos arruinados. Muy pocas veces le oí decir cuando yo era alcalde, tampoco cuando yo estaba en el senado. Aquello ya había pasado. La política le seguía apasionando, pero solo como un compromiso ético y social de verdad y de justicia, no como proyecto vital de acción encaminada a lograr el poder y a mantenerlo.

La mirada de Ernesto lo decía todo. Era inocente, cándida incluso. Pero su candidez no derivaba de la ignorancia sino de la bondad. Por los puestos que había ocupado sabía que a veces en la política las grandes palabras que hablan del servicio público esconden intenciones menos presentables. Pero estas últimas parecían no contar: actuaba como si la razón y la buena fe lo rigieran todo. Sus acciones, lejos de las que caracterizan a los viejos resabiados o desconfiados, parecían las de un joven idealista que, cargado de confianza en la bondad humana, cree que lo razonable y lo justo siempre se abren camino frente a la oscuridad y al egoísmo. Si en el monte veía un árbol notable que corría peligro, decía que escribiría al alcalde para que lo protegieran; si un camino o una carretera estaban en mal estado se ponía en contacto con la administración correspondiente para que los repararan; si había que salvar un puente ruinoso, si había que recoger firmas para evitar un desaguisado, si era necesario reclamar una subvención para ayudar a alguien o si se trataba de crear una asociación para sacar adelante una causa justa allí estaba Ernesto aportando ideas y trabajo, entusiasmado como quien no ha recibido los palos con los que la cruda realidad se encarga de frenar los afanes altruistas.

Tenía una gran ventaja: en lo que hacía no buscaba nada diferente a lo que decía buscar. Sus temas de interés no lo eran como un medio para lograr otra cosa. Si en los últimos años ha pasado días y días recorriendo los ríos para estudiar obras hidráulicas antiguas o midiendo puentes, ha sido porque gozaba haciéndolo, al igual que buceando en los documentos que guardan los archivos para conocer un momento histórico, una actividad o una obra. Si escribía sobre estos temas no era en busca del reconocimiento erudito o del prestigio sino porque disfrutaba haciéndolo. Tenía suerte, gozaba con el camino, el camino era parte de la meta.

Creo que ha sido feliz con la acción política, con sus aficiones, con sus amigos, con sus trabajos, con sus hijos y sus nietos, con su casa, con el campo donde tenía carrascas, enebros, abejas, frutales y hortalizas. Uno está tentado de afirmar: cuando abandonó los cargos políticos supo encontrar otro camino que le proporcionó satisfacciones. Pero no es así, ese otro camino, el del curioso que por todo se interesa y goza con todo, lo llevó siempre dentro, fue su verdadero eje vital. La acción política desde el poder fue una fase, un momento, aunque la política, como una faceta de su humanismo, de su altruismo y de su curiosidad le haya seguido interesando hasta el final.

Ha amado mucho a su tierra. El Alto Aragón, Monzón y el río Cinca han perdido un ángel custodio. Bien entendido que el Alto Aragón son, ante todo, los altoaragoneses; Monzón, los montisonenses; y el Cinca, los que beben de su caudal y riegan con él, así como los que gozan mirando las aguas, también las plantas y los peces que deben su vida al río. Baringo se ha ocupado mucho de todos ellos. Y lo ha hecho porque le gustaba hacerlo, porque le hacía feliz hacerlo. A la vez, quizá por eso, nos ha hecho felices también a quienes hemos caminado a su lado. Inolvidable Ernesto, te hemos querido mucho, mientras vivamos estarás vivo.



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