CRÍTICA MUSICAL
 

El valor de la nostalgia




LUIS LLES
19/01/2020


EN EL AÑO 1982 Mecano actuaron por primera vez en Huesca ante poco más de un centenar de personas, entre las cuales se encontraba este cronista. Fue en la discoteca Osca 2001, junto al puente del Isuela. El grupo acababa de publicar su primer disco. Unos años después Mecano se convertiría en el grupo más importante del pop español. El resto es historia. Una historia que se cerró en 1992 con su disolución. Desde entonces ha habido numerosos rumores de reunificación, que nunca han llegado a cuajar. Coincidiendo con el 25º aniversario de la desaparición del trío, Robin Torres, una cantante surgida del concurso televisivo La Voz, decidió poner en marcha Hija de la Luna, un proyecto destinado a homenajear a Mecano reproduciendo, más o menos, el repertorio de la gira Aidalai, la última que realizó el grupo. Quienes lean habitualmente las crónicas de quien firma estas líneas, sabrán de mi natural aversión a las denominadas bandas tributo, esos grupos que se dedican a reproducir el repertorio de otros artistas, haciéndolo tal cual, sin añadir un gramo de creatividad. De acuerdo, las tribute bands cumplen una loable función, sobre todo cuando se trata de homenajear a grupos con muy pocas (o nulas) probabilidades de que vuelvan a reunirse. Pero no me dirán que no es triste que la última visita que realizó uno de los componentes de Mecano a la capital oscense (Nacho Cano en solitario, hace ya bastantes años, en un desolador Palacio de Deportes) se saldara con poco más de 200 espectadores, y que, sin embargo, ahora llegue a Huesca un show de tributo al grupo y consiga abarrotar el Palacio de Congresos con más de 750 personas. Está muy bien que un recinto se llene para escuchar música en directo, pero esa descompensada comparación entre el original y la copia (con goleada de la copia) no habla muy bien del respeto que este país tiene por sus creadores.

Más allá de todas estas divagaciones, es forzoso reconocer que Robin Torres tiene una voz excelente y que imita muy bien tanto el tono como los gestos y movimientos de Ana Torroja. Curiosamente, le respaldan dos hermanos, Emilio y Antonio Villalba, que hacen el papel de los hermanos Nacho y José María Cano respectivamente, y que se rodean, al igual que los Cano, de torres de teclados.

Una efectiva y sólida sección rítmica completa este show que, por lo demás, no ofrece otra cosa que la posibilidad de revivir las emociones que los fans de Mecano vivieron en su día al escuchar sus canciones, algunas de la cuales forman parte del libro de oro del pop español. Canciones que poseen el valor que les confiere la nostalgia. Algunas de ellas pueden sonar un tanto ñoñas o cursis, pero está claro que muchas otras son auténticas gemas de orfebrería sonora. Es evidente, por tanto, que Robin Torres trabaja con un material magnífico. La más pura esencia del pop.

Y el recorrido por este nostálgico ejercicio de memoria se inició con El peón del rey de negras, al que siguieron Mujer contra mujer (una de sus más bellas composiciones), El fallo positivo (un tema que desmiente el pretendido tono superficial de Mecano), No es serio este cementerio o el épico Hijo de la luna.

A lo largo de dos horas de actuación, fueron sucediéndose otros temas como El uno, el dos, el tres, Un año más, ese himno tecnopop que es La fuerza del destino o El 7 de septiembre, con Robin Torres sentada en una silla a lo Liza Minelli en Cabaret. Después cantó Naturaleza muerta bajando hasta el público, y la enlazó con la rumba Una rosa es una rosa en la que apareció con un minivestido rojo de lunares negros, mostrando una gran rapidez a la hora de cambiar de vestuario.

Poca gente sabe que la coreografía de esta canción la firmó Joaquín Cortes o que el título es un aforismo de 1913 de Gertrude Stein. ¡Para que luego digan que en el pop no hay cultura! Y llegó el momento estelar de la noche con esa maravilla que es Cruz de navajas, una suerte de réplica pop al Pedro Navaja de Rubén Blades, probablemente la mejor canción de Mecano, que fue interpretada en clave unplugged. Después siguió la melancólica Eungenio Salvador Dalí, que flirtea en su letra con ese absurdo que conecta a veces a Mecano con el imaginario bizarro de Franco Battiato.

Y a partir de allí, el público, que hasta entonces se había mostrado bastante modoso, entró en una fase eufórica y puesto en pie coreó todo lo coreable en modo karaoke hasta el final: la chispeante Los amantes, la lúdica Me colé en una fiesta y, sobre todo, un popurrí de su primera etapa, la de la época new romantic, en el que sonaron Hoy no me puedo levantar, Perdido en mi habitación, ¡Ay, qué pesado! y Maquillaje, con el que se desató la catarsis.

Para rebajar la tensión, ofrecieron una versión intimista de Me cuesta tanto olvidarte para terminar la velada. Pero, por supuesto, hubo propina, que se sustanció en los temas Aire (con disparo de salvas de purpurina) y ese gran hit que es Barco a Venus, otro de sus mejores temas.

Ni qué decir tiene que el público salió plenamente satisfecho, emocionado por haber vuelto a revivir unas canciones que son pura memoria histórica de este país. Al final, mientras el público iba despejando la sala, sonaba por los altavoces A quién le importa de Alaska y Dinarama a toda pastilla. Es probable que algunos vieran en ello un acto de justicia poética, teniendo en cuenta que eran acérrimos rivales de Mecano.



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