FERNANDO SIMÓN
 

Recuerdos de la labor voluntaria de Fernando Simón en Burundi

Marco Pascual explica cómo conoció al actual portavoz del Ministerio de Sanidad



MARCO PASCUAL
02/03/2020


Transcurría el mes de diciembre de 1.991, salía de Ruanda, país en guerra, para entrar en Burundi, en guerra también. Llegar a Bujumbura no fue nada fácil, falta de transportes, controles militares..., por eso llegué tarde para embarcar en el lago Tanganika, tenía previsto hacer la travesía del lago y el barco sólo partía una vez a la semana.

Sin saber qué hacer, me fui a tomar algo al club náutico, yo era el único cliente, pero afortunadamente allí conocí a su dueño Eduard, belga, quien me proporcionó un lugar para dormir esa noche en su casa.

Al día siguiente había que pensar en un plan hasta que saliera un nuevo barco. Estábamos a 24 de diciembre, Eduard me sugirió que podía ir a Ntita, un poblado al norte del país, donde había un médico español, podía ir allí y pasar las navidades con él.

Me pareció una buena opción, de modo que después de desayunar me fui directo a la estación de minibuses. El visado de tránsito por un día ya había expirado, pero no podía perder el tiempo en pedir otro de turismo, ya vería cómo resolvía el problema a la salida del país.

Llegué sobre las cinco de la tarde, más de 6 horas para recorrer 100 km. Encontrar la casa del médico no fue problema, todo el mundo sabía donde vivía. Me abrió la puerta la sirvienta, pero me dijo que el doctor no estaba en casa. Como era blanco y tal vez pensó que alguien de la familia, me hizo pasar dentro a esperarle.

Decidí esperar en la terraza, que tenía una magnífica vista de las colinas circundantes, hasta que apareció. Al verme me miró extrañado, la sirvienta le había dicho que había llegado de España alguien de su familia, por lo que debió llevarse una decepción, ya que no sabía quién era yo ni qué podía querer.

Después de presentarnos, él se llamaba Fernando, me invitó a quedarme en su casa los días que deseara. Para mi fue un gran regalo de Navidad.

La ligera reticencia que Fernando debió sentir cuando de improviso me presenté en su casa, se disipó de inmediato cuando empezamos a conocernos, especialmente al saber que yo era de Huesca, pues resultó que él era de Zaragoza.

Empezaba mi estancia allí justo el día de Nochebuena, la desolación de perder el barco el día anterior, se había convertido en un golpe de suerte. Durante una semana tuve el privilegio de convivir y observar el trabajo que realizaba Fernando allí como médico voluntario de "Medicus Mundi".

Para empezar, el hospital daba servicios hospitalarios en un área que comprendía unos 40 km. a la redonda y unos cien mil habitantes que poblaban las colinas, por supuesto no todos iban al médico, bien por las largas distancias para recorrer a pie, bien porque solían recurrir a la medicina tradicional asistiendo al curandero, aún así Fernando pasaba consulta a unos 120 pacientes diarios por las mañanas, y en la tarde se ocupaba de los 60 pacientes que regularmente tenía ingresados el hospital, entre enfermos y parturientas. Los medios a su disposición eran escasos y anticuados, que él hacía eficientes, sacándole a lo poco que disponía el máximo rendimiento. Su equipo de trabajo se componía de trece enfermeras y un enfermero encargado del laboratorio, todos formados en el propio hospital.

Fernando era el único médico, en él recaía todo el trabajo, todas las funciones y decisiones, sin tener un sólo día libre a la semana.

Aparte de los riesgos normales que conllevaba trabajar en un lugar rural y aislado de África, en aquella época estaba el riesgo añadido de la guerra. No era una guerra abierta, sino más bien una guerra de guerrillas, como hacía un mes cuando los rebeldes habían atacado la capital Bujumbura, matando a 234 personas. Dos semanas después Fernando había ido allí para abastecerse de medicamentos, aún conociendo la prohibición de circular por la ciudad. Le acompañaba otra persona, y cuando iban a comprar las medicinas fueron tiroteados por los militares. Por suerte ese día salvaron la vida, pero por poco, los impactos de bala dieron en la parte lateral trasera de su todoterreno. Después de detener el coche, en la revisión de papeles y vehículo, encontraron el dinero que llevaba en un bolso para comprar las medicinas, y los militares se quedaron con él. Luego les dejaron seguir.

Por si fuera poco, además de la ingente tarea de atender las consultas y a los pacientes del hospital, Fernando había promovido por su cuenta varios proyectos para mejorar la salud de la población. Esto lo involucraba en muchos más cometidos, convirtiéndolo adicionalmente en un buen negociador para conseguir después la aprobación de las autoridades locales.

Entre esos proyectos se encontraban la contratación de tres altos funcionarios del Ministerio de Sanidad para dar un curso de salud e higiene a los profesores de más de un centenar de pueblos, que ellos a su vez impartirían a sus alumnos en las clases a modo de reglas y consejos para prevenir las enfermedades. Otro consistía en una campaña de vacunación, cada día a las 6 de la mañana llevaba a tres de sus enfermeras a un poblado diferente para vacunar a la gente que vivía en las colinas circundantes, volviendo a recogerlas a última hora de la tarde. Otro era la construcción de más de mil letrinas para evitar la propagación de enfermedades y malos hedores a causa de la suciedad. Otro la recuperación de cien fuentes y así poder proveer de agua a las comunidades sin tener que desplazarse a kilómetros de distancia. A ellos les dedicaba el poco tiempo libre que podía quedarle.

Había otros proyectos menores, pero no menos importantes o interesantes, como la prevención del SIDA y elaboración de una estadística del alcance que tenía la enfermedad en esa zona. Uno que a mi me parecía hermoso e inteligente, era la creación de una sencilla granja de pollos y conejos detrás del hospital. La granja estaba dedicada a alimentar a los pacientes del hospital. La creencia que tenía Fernando, seguramente muy acertada, era que un buen plato de comida podía tener igual o mejor efecto que las medicinas.

A todo esto, aún se añadían otras tareas ajenas a su profesión, directamente relacionadas con la logística, transporte, etc, y para todo sacaba el tiempo Fernando, para todo menos para él mismo.

Según me explicó, lo más importante para que un médico europeo pudiera realizar su trabajo en África con éxito, era la comprensión de las tradiciones y la psicología con los enfermos. Si no se ganaba su confianza, no había nada que hacer. Para que fueran a su consulta, primero debía tener su confianza, y para obtener resultados entender sus costumbres, creencias y supersticiones, para convencerles después. Y por supuesto, conocer un poco la lengua de sus pacientes.

Después de ver el trabajo de Fernando y el trato con sus pacientes, puedo dar fe que había logrado el grado más alto de confianza, entendimiento y respeto de sus pacientes. De lo que también estoy seguro, es que Fernando no sólo ayudó a mejorar la salud de una gran población, sino que salvó muchas vidas en los dos años de trabajo en Burundi. Y todo con una gran humildad.

Y con rotundidad puedo afirmar que, de todas las personas que he conocido a lo largo de más de 30 años viajando por el mundo, por ninguna he sentido tanta admiración como por el doctor Fernando Simón.

Hoy día, el doctor Fernando Simón es el portavoz del Ministerio de Sanidad.



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