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Iñaki Zuazu y Céline Bouvet: "Ahora más que nunca vemos que hemos acertado al vivir en un pueblo"


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Viven con sus hijos Diego y Mario, de 12 y 10 años, en Hospitaled, un núcleo de Bárcabo que se ha mantenido vivo porque sus antiguos vecinos, como la familia de Ismael Puyuelo, siempre vuelven

Elena Puértolas Puértolas
18/04/2020

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Con una cazuela de agua caliente se lavaba Céline Bouvet cuando llegó a Eripol, en el municipio de Bárcabo. De eso hace solo 20 años, pero no había ni luz ni agua. Y, por supuesto, ni un solo vecino cuando unos años antes su marido, Iñaki Zuazu, con 23 años dejó Zaragoza por este lugar al que había ido desde niño. Incluso vivieron un tiempo en una caravana. Su empeño era estar allí. Hace 15 años se trasladaron a Hospitaled, en el mismo municipio de Bárcabo, al sur de la Comarca de Sobrarbe, y ahí han nacido sus dos hijos de 10 y 12 años, que son los únicos niños de un núcleo en el que a diario solo dos de las siete casas están abiertas. Para su familia, el confinamiento no ha cambiado tanto su modo de vida.

Bueno, para sus hijos sí, especialmente para su hijo Diego, que empezó el instituto en Aínsa y perdía 3 horas y cuarto al día entre ir y venir con cambios de transporte y esperas por el camino. Apenas tenía tiempo y ahora lo tiene todo. Primero le pusieron un cuidador, porque llegaba con mucho tiempo al centro, como medida temporal mientras la ruta se acortaba y, cuando por fin se solucionó, "le duró una semana", apunta Céline. Empezó el confinamiento.

"No somos ni hippies, ni ecologistas, ni nada, solo queremos vivir en un pueblo y es la vida la que nos ha traído aquí", asegura Céline. "Ahora más que nunca vemos que hemos acertado al vivir en un pueblo. La gente está pensando mucho en que un cambio de vida es posible, y es un cambio drástico, pero nos podemos reinventar", indica Céline, que tiene claro que no se quiere marchar de allí.

"Les digo a mis hijos que salgan de casa que, por una vez, la situación nos favorece. Ya están suficientemente castigados por vivir donde viven. Nosotros tenemos terreno alrededor", indica. "Pero al final viven como en la ciudad, con los deberes y la Play", indica. Su hijo Mario, de 10 años, que escucha la conversación telefónica apostilla: "Es que tenemos que acompañar a los niños de la ciudad".

El confinamiento ha pillado allí a algunas parejas de jubilados que pasan temporadas en el pueblo, de forma que hay cuatro casas ocupadas. Los vecinos que tienen que salir a trabajar o para dar de comer a animales, como una pareja de italianos que vive allí todo el año, se saludan en la distancia, asegura. Con todo, "aunque sé que no lo pueden autorizar, porque la gente acabaría con la mesa de camping en el huerto, es más peligroso ir al supermercado a comprar una lechuga que al huerto", reflexiona. Ellos mismos se ocupan ahora del perro de unos vecinos para que no tengan que desplazarse desde Barbastro.

 

"SI HUBIERA UN SISTEMA DE VIDA, ME GUSTARÍA ESTAR ALLÍ"

 

Allí se ha tenido que quedar también la familia de Ismael Puyuelo, de Casa Buesa, al que el confinamiento le obligó a dejar a medias la poda de los almendros que había iniciado con su hijo David. Aunque se fue a trabajar a Barbastro hace décadas, nunca ha dejado de volver con su familia cada fin de semana y en vacaciones para mantener el patrimonio. "Si hubiera un sistema de vida, ya me gustaría poder estar allí", comenta David, quien apunta que ahora con las tierras de cada casa no es suficiente para subsistir. "Necesitas tener ganadería, agricultura y turismo rural para poderte defender", indica. David Puyuelo también quiere mantener la casa y la tradición familiar en un pueblo que, aunque con pocas viviendas, nunca ha estado cerrado. Por ello, como él hizo de niño, su hija Jara, de 13 años, también disfruta del pueblo. Allí se junta con Diego, que son de la misma edad, con Mario y con tres niñas que acuden también a otra de las casas.

Para los niños de Hospitaled, la vida ha cambiado un poco más, pero mucho menos para sus padres. Céline solo va a comprar una vez al mes a Barbastro porque, además, hace el pan en casa. Trabaja de temporada en el sector turístico, aunque este año por el momento no será posible. Y su marido se desplaza a Boltaña a diario, donde trabaja en la brigada municipal. Además, está muy implicado en la vida cultural de la zona, ya que forma parte de cuatro grupos musicales desde uno de rock metal a los tradicionales como el Palotiau de Boltaña o el Biello Sobrarbe de Aínsa.

"Aunque haya gente que viva en la ciudad con cuatro veces más ingresos que nosotros, ¿qué vale todo eso ahora? Aunque el sueldo de mi marido no es alto, tenemos un sueldo fijo. Nosotros ya hemos pasado otra crisis y tuvimos que ajustar gastos cuando le quitaron la extra, pero todo esto compensa", indica Céline. "Veo la situación de España y de Francia en la tele y pienso que estoy en una burbuja en mi casa y en mi pueblo. Hay que reinventarse y está claro que nosotros hemos acertado", insiste.

Esta topógrafa de origen francés vivía en la montaña cerca de Bayona y trabajaba temporalmente en la construcción. La directora de la agencia iba a Paúles de Sarsa de vacaciones desde hacía unos años y le dijo que buscaban una camarera así que, como no había viajado mucho, le apetecía probar la experiencia ese verano. "Me encantó y me di cuenta de que mi sitio estaba aquí. Encontré a mi marido y me quedé. Entonces lo tenía todo, un apartamento, ahorros,... ni siquiera fue por falta de trabajo", señala.

Sin embargo, tampoco quiere engañar a nadie. "El sitio es precioso, pero tela... Los políticos dicen que hay que ir a vivir a un pueblo, pero tiene que cambiar mucho. No digo que nos regalen nada, pero sí un poco de cariño", indica. Céline recuerda que vivieron en una caravana en Eripol, donde tienen un terreno y se querían construir una casa, pero no se lo permitieron. Finalmente, se enteraron de que Casa el Herrero de Hospitaled estaba a la venta y, por 35.000 euros, consiguieron su objetivo. "Les costaba venderla porque es muy grande, unos 700 metros cuadrados, y nosotros nos hemos ido arreglando solo lo que necesitamos", comenta. De hecho, utilizan una pequeña parte. En la planta baja, se conservan las cuadras y las bodegas tal y como estaban y lo mismo en la falsa, mientras se han instalado en el piso intermedio, donde se arreglaron una cocina, el salón y las habitaciones para vivir. Pero todavía conservan la cocina original de la casa con la forma cónica y chimenea con espantabrujas. Y se siente afortunada por haber encontrado esa casa.

Con esto, solo quiere poner de manifiesto que no es fácil la vida en el medio rural. Denuncia la dificultad para acceder a una vivienda en los pueblos y sugiere que, como hacen en Francia, los ayuntamientos promuevan terrenos con parcelas para que cada uno se construya la casa. "Si hubiera eso cerca de Aínsa, estoy segura de que iría gente a vivir", indica. "La despoblación no se combate así, en Francia la vida rural está mucho más desarrollada. Que la gente pueda tener su casa, con su huerto, sus animales cerca...", comenta.

"Se están equivocando de batalla con la despoblación, lo que tienen que intentar es conseguir los mismos derechos en la ciudad y en el medio rural. Para qué tanto decir que quieren traer familias si después nos deniegan los servicios", dice en alusión a la lucha que ha tenido que librar para conseguir mejorar la ruta de transporte escolar de su hijo, para la que finalmente la Comarca de Sobrarbe encontró la solución. Sus hijos Diego y Mario entre deberes y videoconsola pueden disfrutar del caballo o de los perros. "Pero al final de chicos de pueblo no tienen nada, porque estudian con su tablet como todos", indica. Sabe que hoy muchos reflexionan y anhelan su modo de vida.



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