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ALTO ARAGÓN - CRISIS DEL CORONAVIRUS

De nuevo, frontera Pirineos


"El cierre de fronteras en una Europa desterritorializada parece de nuevo olvidar a quienes habitan el limes, o cuya cotidianeidad pasa por transitar el espacio fronterizo"

DIEGO GASPAR/BORJA LERA
06/07/2020

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Uno no puede evitar echar la vista atrás con la llegada de la "nueva normalidad" y la recuperación de la movilidad entre fronteras. Estas líneas imaginarias, tal y como apuntó el filósofo político canadiense Will Kymlicka a la hora de analizar su concepto y límites, dependen de dos factores. Uno natural, ligado a la geografía y orografía del terreno. Otro artificial, en continuo debate entre lo legítimo y lo ilícito, fundamentado en conquistas, procesos de colonización y acuerdos entre Estados, en el que quienes habitan el limes, por norma general, quedan al margen del proceso de toma de decisiones.

Sea cual sea su origen, son muy escasas las voces que hoy en día cuestionan la validez de nuestras fronteras nacionales y continentales, no en vano recientemente estas han servido de parapeto a gobiernos de distinto signo para "protegerse" ante la emergencia migratoria que nos asiste en la última década.

En lo que al Alto Aragón concierne, el límite siempre ha sido, y serán, los Pirineos, un espacio natural de separación, pero también de intercambio. Divididos políticamente por primera vez en 1659, al termino de la guerra de Los Treinta Años, la ordenación territorial del tratado que lleva su nombre permaneció sin apenas modificación durante doscientos años, hasta que esta fuera modificada en Bayona (1859), sentando las bases de una división que, con matices, permanece vigente. No en vano, la pirenaica es una de las fronteras más antiguas, y también más estables de toda Europa, cuyas estribaciones, en la actualidad, continúan siendo, en líneas generales, las que fijara el texto de 1659.

Lejos de ser considerada como un simple trazado, históricamente el límite que marca la cordillera se ha caracterizado por la notable ambivalencia que ha acusado al cumplir al mismo tiempo funciones de separación e intercambio; por dividir y compartir el espacio, por concentrar un gran número de recursos económicos y humanos para impermeabilizarla, y sin embargo por no abandonar nunca su naturaleza porosa. De hecho,los movimientos poblacionales que en época contemporánea se han precipitado a un lado y al otro de los Pirineos confirman la permeabilidad del espacio fronterizo y el contacto entre poblaciones, no solo de ambas vertientes, sino también el de territorios más alejados que utilizaron la cordillera como lugar de tránsito, convirtiéndola en un espacio de intercambio poblacional excepcional. Tanto es así, que sólo en la primera mitad del Siglo XX, la frontera pirenaica confirmó su permeabilidad, por ejemplo, ante necesidades industriales de Francia durante y tras el primer conflicto mundial, o frente a los flujos migratorios provocados por la Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial.

Dicha naturaleza porosa es la que entre 1936 y 1945, facilitó lazos y conexiones que permitieron el tránsito de miles de personas que huían de las múltiples formas de represión implementadas por el fascismo internacional, o se decidieron a combatirlo en España, Europa o el Norte de África iniciando un periodo de excepcional actividad en el límite. Tanto es así que los trabajadores españoles, protagonistas de las corrientes migratorias de entreguerras, cedieron el paso durante el conflicto español a desplazados geográficos y combatientes voluntarios primero, y a los refugiados políticos más tarde.Sin embargo, una vez finalizadala guerra en España, lejos de desaparecer, el paso de población a través de los Pirineos permaneció constante en ambos sentidos hasta 1944 protagonizado, en primer lugar, por los miles de desplazados que regresaron a España merced a la campaña implementada por las autoridades francesas para fomentar su vuelta. Y en segundo lugar por decenas de miles de migrantes y refugiados transnacionales que, bien huyendo de la represión del régimen franquista cruzaron la cordillera en dirección a Francia, o bien lo hicieron en dirección sur para sumarse al esfuerzo bélico aliado -en Gran Bretaña o el Norte de África- o huir de la persecución político-racial puesta en marcha por la Alemania de Hitler.

Situada en el corazón pirenaico, la Estación Internacional de Canfranc y la línea de ferrocarril transpirenaica Pau-Zaragoza, constituye un hito técnico que favoreció el contacto entre la población de ambas vertientes pirenaicas, resultando clave en el transito poblaciónal generado, especialmente, por el segundo conflicto mundial. Canfranc-Estación, frontera interior y enclave estratégico, lugar de intercambio y encuentros, cuya construcción revierte aún más importancia tanto si atendemos al férreo control al que fue sometida tras completarse la ocupación alemana de Francia, como si observamos la tendencia de la política española de los últimos dos siglos centrada en "elevar" aún más los Pirineos para evitar una eventual invasión francesa.

Pese a que el final del segundo conflicto mundial trajo consigo el aislamiento internacional de la España franquista, la ruptura de relaciones diplomáticas con Francia y la clausura de la frontera pirenaica en febrero de 1946; el transito clandestino de frontera siguió activo en las dos direcciones: de un lado protagonizado por opositores al régimen de Franco que abandonaron clandestinamente España. Del otro, en dirección a España, sorteando de nuevo collados y valles gracias a la ayuda de guías de montaña que ahora se encargaban de pasar a diferentes elementos del Partido llamados a reuniones clandestinas y/o operaciones de contra-propaganda. Tránsitos que de nuevo compartieron espacio con la actividad desarrollada por cientos de contrabandistas y pastores que nunca dejaron de vivir con un pie a cada lado de la frontera, los cuales, tras del conflicto mundial, volvieron a reinar sobre los Pirineos, cordillera que para ellos carecía de unas fronteras que fueron reabiertas, de forma oficial, en 1948. Dicha progresiva normalización de las relaciones franco-españolas, trajo consigo la reanudación de una serie de intercambios de personas y mercancías a través de los Pirineos desarrollados, de forma notable, a partir de 1950. Momento éste en el que los nuevos acuerdos internacionales que el régimen de Franco logró, especialmente con los EEUU y el vaticano, implementaron una serie de cambios económicos en los que el desarrollo del turismo, y el aumento de la inmigración económica española en Francia, especialmente en la década de 1960, fomentaron una serie de tránsitos de frontera de magnitud desconocida hasta la fecha.

Con el fin de la dictadura franquista, y tras la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea (1985), llegó la adhesión española al Acuerdo de Schengen ratificado ese mismo año, merced al cual quedaba suprimidos los controles fronterizos entre los países miembros. Gracias a él, la libre circulación por el espacio europeo para los ciudadanos de los países miembros y visitantes con permiso, únicamente se ha visto comprometida de forma excepcional, por ejemplo, a consecuencia de los ataques terroristas que han sufrido varios países de la Unión en la última década o de la emergencia migratoria que continúa vigente. Aunque a ellos hemos de añadir el cierre de fronteras que en los últimos meses ha provocado crisis socio-sanitaria causada por la pandemia del Covid-19. Algo inédito en un mundo globalizado, que ha sacudido los cimientos de un espacio europeo cuyas fronteras, para muchos, resultan visibles únicamente en los mapas. Una medida que en una Europa desterritorializada parece de nuevo olvidar a quienes habitan el limes, o cuya cotidianeidad pasa por transitar el espacio fronterizo, poniendo en cuestión su propia idiosincrasia.

DIEGO GASPAR CELAYA

Director del proyecto transfronterizo Sum-Port (Aragón-Aquitania) y profesor de la Universidad de Zaragoza

BORJA LERA

Investigador oscense y colaborador del proyecto Sum-Port impulsado por el campus público



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