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Opinión

COLABORACIÓN

Felipe VI, Sánchez, Iglesias y la tormenta (im)perfecta



FERNANDO JÁUREGUI
13/07/2020

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Las elecciones suelen ser una catarsis, un reparto de nuevas cartas. Menos en el País Vasco y Galicia, claro; son dos autonomías muy peculiares, llenas de guiños políticos y de sabiduría de maniobra que acaso otras Comunidades no entiendan. Y Madrid, el rompeolas de las Españas, menos. Por eso estas elecciones han sido como un pequeño paréntesis mitinero, un momento de remanso ante la tormenta perfecta que ya está diseñada en este país nuestro y que tiene cinco focos tempestuosos: el Gobierno (los dos gobiernos), las instituciones (sobre todo, "la" institución), Europa (cuya evaluación aguardamos para el viernes) y las próximas, temibles, elecciones (en Cataluña). Y la pandemia no resuelta, claro.

Al examen europeo, del que dependen muchas decenas de miles de millones de euros, concurrimos con los otros frentes abiertos: el primero, la mayor crisis de la monarquía desde su restauración en noviembre de 1975, hasta el punto de que parece que, por fin, Felipe VI se verá muy pronto en el doloroso trance de asestar un nuevo golpe a la relación con su padre, diana de todas las acusaciones, portada, para su mal, en todos los medios. Ya veremos cuál es ese golpe, pero algunas fuentes aseguran que desde el Gobierno (sector Sánchez) urgen al jefe del Estado a que haga algún anuncio, algo, ya antes de que el jueves presida el acto de homenaje a las víctimas del coronavirus.

Un acto que, cómo no, divide a las fuerzas políticas y que se celebra en un ambiente que no solamente es luctuoso por nuestros muertos; también por los vivos. Ni siquiera hemos sido capaces de contar de manera creíble el número de los fallecidos a los que vamos, parece que con alguna exclusión (Vox), a homenajear. En el Ejecutivo crece la controversia interna acerca de cómo enfocar el espinoso asunto de la preservación (o el derribo, en el caso de Unidas Podemos) de la monarquía. Sánchez, lo quiera o no, se ha convertido en el penúltimo valladar de la institución que da forma a nuestra Constitución actual, de la misma manera, que guste o disguste a algunos, Miquel Iceta es el último dique de contención frente a las ansias de los independentistas catalanes, abocados, aun tan desunidos como están, a ganar las elecciones autonómicas de este otoño.

Estamos ante un momento crucial: la disputa entre reforma o ruptura de la primera Transición se reproduce ahora... ¡pero dentro del mismo Gobierno! Con este tsunami gravando su equipaje viaja esta semana Pedro Sánchez a los países europeos más reticentes a aflojar la bolsa comunitaria para socorrer a la reconstrucción española. Veremos cómo responden el primer ministro holandés o el sueco, o la canciller Merkel, a las demandas del presidente español. Intentar ofrecer un panorama de normalidad, como si nada pasase y saliésemos de esta más fuertes y más unidos, ante los escépticos ojos de los "austeros" europeos va a ser tarea mucho más complicada que analizar los previsibles resultados de las elecciones gallegas y vascas o que dar voces en los mítines.

No sé si Sánchez estará capacitado para ello, pero he de reconocerle que, al menos, lo está intentando en serio. Claro que su coaligado, el hombre que pienso que de veras le quita el sueño, podría haber echado una mano, por ejemplo apoyando públicamente a su enemiga interna Nadia Calviño antes de su derrota en el Eurogrupo, o dejando para más tarde el cuestionamiento de la forma del Estado. Pero nada: el vicepresidente más atípico de Europa desde los tiempos del "superministro" griego Varoufakis sigue anclado en su revolución pendiente. Término que sospecho que ni en Bruselas, ni en La Haya, ni en Estocolmo, ni en Berlín entienden muy bien qué diablos es. Aquí, por cierto, tampoco. Y la oposición, poco estimulada, es la verdad, por Sánchez a la hora de iniciar un acercamiento, sigue estancada en el desconcierto. Encantada, eso sí, de contar con un Alberto Núñez Feijóo que, en lo que es vital, dice lo contrario que Pablo Casado: que sería bueno un Gobierno de gran coalición. Y esa, usted y yo lo sabemos, sería la gran baza que Sánchez podría presentar a los europeos el viernes. Una quimera que se cumplirá algún día, pero no, desde luego, esta semana, que es cuando empezamos ya a necesitar el dinero. Milord, la tormenta perfecta llama a la puerta. Pues que pase, James.



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