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Opinión

OPINIÓN

Entre Juan Carlos I y la ‘generación del botellón’


FERNANDO JÁUREGUI
29/07/2020

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Parece que, entre los perversos efectos del virus que sigue azotándonos, se ha producido el agravamiento de una ruptura generacional de la que no puede culparse solo, ni principalmente, a la pandemia.

El nuevo "espíritu 2020" que algunos de nuestros representantes quisieran imprimir a la política nacional pasa por romper ese "candado del 78" del que habló Pablo Iglesias, algo que llevaría directamente a la ruptura del sistema constitucional tal y como lo hemos venido viviendo hasta ahora.

Parece obvio que una parte de los ataques -no pocos merecidos, por otro lado- al aún llamado "rey emérito" provienen de sectores que quisieran aprovechar la oportunidad para forzar la llegada de la República a base no de reformar la actual Constitución, lo que sería deseable en varios aspectos puntuales, sino de sustituirla por una nueva, sin el carácter monárquico de la actual.

Si uno defiende que la estrategia no es "matar al padre", como parece que algunos quisieran en La Zarzuela, sino reordenar de manera sosegada y no traumática las relaciones entre Juan Carlos I y su hijo el Rey, no es por un afán de defender a la figura de Juan Carlos I, o, ya que estamos, a la de Felipe González, también incluido en el anatema dictado por quienes predican "revolución" y no "evolución".

Si uno dice que no hay que borrar de la faz de la tierra hasta el recuerdo de quienes fueron el jefe del Estado o del Gobierno del Reino de España durante casi cuarenta años, como ahora le piden algunos a Felipe VI que haga, es porque uno quiere defender su propia historia. Y la de quienes trabajaron desde la primera Transición por hacer de España un país habitable, próspero, respetable en el concierto internacional.

Ahora, algunos, instalados a veces en un sector del Gobierno de Pedro Sánchez (que, por su parte, ha asegurado que defenderá el sistema monárquico, de lo que estoy convencido) quisieran hasta hacernos perder la memoria de que esa historia está ahí, y que mucho nos queda de ella pese al "delenda est" que quieren imponernos a varias generaciones. Y, así, asisto pasmado a una especie de contienda en la que los "antiguos", a su vez, cargan contra los jóvenes, quizá como defensa, tal vez como venganza. Y en este asunto es obvio que el coronavirus ha acelerado la agitación cuya simiente ya estaba ahí.

No tiene sentido culpar a la juventud de ir a las discotecas y propagar una enfermedad que a ellos apenas les afecta; no es justo achacarles casi en exclusiva el haber provocado, por su ""irresponsabilidad", ese millón nuevo de desempleados que se produce tras la "desescalada". Como tampoco lo era tratar de marginar a los mayores, teóricamente para "protegerlos", cosa que, a las cifras de muertes me atengo, no se ha hecho. Incomprensión total desde ambas partes. Ni ser mayor es delito (ellos llegarán a eso) ni lo es ir a tomar copas a una discoteca (como nosotros, desde luego, hicimos). Lo delictivo es ampararse en tales pretextos para evitar críticas por hacer las cosas mal. Y se están haciendo, la verdad, bastante mal.

Esta brutal ruptura generacional no es sino una manifestación más, quizá una de las más graves, de que vivimos en un país que ha tocado fondo. La pandemia no ha hecho sino agravar y acelerar los procesos. Y si ellos, los de la ruptura, trataron de minimizar, u olvidar, cuanto habían hecho quienes, desde su trabajo en los años setenta, ochenta, noventa, trataban de poner en pie un país mejor, la verdad es que nosotros, los de la evolución, obviamos que estas nuevas generaciones, las del botellón y la discoteca, están asomándose a la desesperación. No hay sino que ver las cifras de (des)empleo conocidas este martes y avizorar con realismo lo que va a ser el otoño. No es la generación del botellón: es la de la desesperanza. Y, para arreglar las cosas, hay que partir de diagnósticos realistas, comprensivos.

La reconciliación nacional, política, territorial y moral, que a tantos nos gustaría, pasa también por un abrazo intergeneracional. No podemos seguir cavando una fosa entre ambos mundos, pensando unos que el pasado siempre fue mejor y los otros que ese fue un pasado corrupto, degenerado, la caverna. También en esto las dos Españas.

La distancia actual entre un padre y un hijo, o entre quien un día transformó desde el Gobierno España y quien ahora, desde el mismo puesto, dice que trata de reconstruirla, tiene que achicarse, no agravarse. Porque ese agravamiento puede que convenga a quienes, desde la nada, quisieran edificar un mundo diferente al que hemos conocido. Pero me temo que a usted, y a usted, a usted y a mí todo eso no nos conviene nada. Pero nada.



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