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Sentimientos, miedos y esperanzas en el confinamiento en la Residencia de Mayores de Sariñena


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La experiencia de dirección, trabajadores y residentes en el centro en una atmósfera muy exigente durante la pandemia

MARGA BRETOS
30/10/2020

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SARIÑENA.- Ni obligatorio ni voluntario. Fue necesario que los dos grupos de trabajadoras y trabajadores tomaran la decisión de confinarse en la Residencia de Mayores de Sariñena. La semana anterior al 25 de marzo, la vida en la Residencia dio un giro abismal. En pocos días todo cambiaba y, a pesar de que la tendencia actual nada tiene que ver con la ternura o la profundidad, este es el relato colectivo construido a partir de una serie de narraciones personales generadas por la incertidumbre de las emociones desbordadas que vivieron 36 personas durante dos meses, personas unidas por unas experiencias fundamentales, el dolor y la alegría.

"Sentí mucha pena, ira, mucho dolor y mucha rabia... Nuestros abuelos se morían sin saber qué pasaba, cada día los metíamos en las ambulancias sabiendo que no los volveríamos a ver nunca más", relata una de las auxiliares. "La mayoría de los que subían a las ambulancias nos preguntaban: ¿Por qué se nos llevan? Estamos bien". Eran días interminables pero lo peor era cuando comunicaban sus fallecimientos, porque los primeros en irse sí que tenían cierta edad, pero estaban sanos, eran de los más activos de la Residencia, nuestros vecinos de toda la vida, nuestros abuelos con los que habíamos convivido desde pequeñas", cuenta con lágrimas en los ojos, rememorando aquel marzo que difícilmente se podrá olvidar.

Fue el miércoles 25 cuando la directora, Pilar Guerrero, convocó el encuentro de las trabajadoras con el alcalde, Juan Escalzo. "Una reunión muy tensa, entre la culpa, la sorpresa y el desgaste de la situación. El alcalde hablaba de estado de alarma, la directora de que debíamos encerrarnos durante 15 días para salvaguardar a los residentes de aquel virus desconocido". Algunas se mostraban dispuestas al confinamiento, otras expresaban sus miedos o su indisponibilidad por su entorno familiar, otras no decían nada. Era un escenario en el que todo se hacía enorme. Sin embargo, y aunque parezca incomprensible, ese dolor del alma escondía también la mayor de las fortalezas del grupo.

Al día siguiente, 19 trabajadoras de la Residencia junto a un voluntario y con la directora al frente, se confinaban con los residentes. "No íbamos a salir ni a ver a nadie en 15 días, éramos conscientes de que no sabíamos a lo que nos enfrentábamos, pero teníamos que hacer lo que fuera para frenar aquel bicho desconocido", explica otra trabajadora.

El primer confinamiento fue muy duro, en tres turnos de mañana, tarde y noche se distribuyeron para no dejar a los residentes ni un segundo. La directora recibía diciendo: "Hay que mentalizarnos de que somos todos y todas positivos, los residentes y nosotros, por lo tanto hay que actuar en todo momento como positivos"... Al día de hoy se sigue con esa disciplina y está haciendo efecto, hace ya meses que no hay ningún residente contagiado.

Según el criterio de muchos, el primer grupo fueron unas valientes, unas y unos héroes que se enfrentaron al desasosiego de un enemigo desconocido, pero algunas del siguiente grupo vivieron días de culpabilidad, intentando encontrar una respuesta comprensible a todo el caos que se había metido en sus vidas, experimentando la mayor de sus inseguridades, la sensación inequívoca de no ser nada, o, lo que es peor, no haber tenido valor.

"Cuando llamaron del ayuntamiento para saber si podían contar conmigo en el segundo confinamiento, no lo dudé ni un segundo, estaba dispuesta, sabía que sola y en casa no podía hacer nada y en la Residencia, al menos, estaría con los más afectados, con los que más necesitaban compañía". Y, con estos sentimientos, se confinaron 15 personas en el segundo grupo, hubo dos confinamientos más, dos meses en los que 36 mujeres y hombres con la directora convivieron, lucharon con sus mejores armas: el trabajo y el cariño a los residentes para que el coronavirus dejara aquel espacio.

"La Residencia de Sariñena siempre había sido un lugar de alegrías, actividades, de buenos momentos, cumpleaños centenarios, excursiones y muchas celebraciones", narra Pilar, la directora, que pasó 72 días y 72 noches sin salir del edificio. "Lo vimos venir, lo teníamos todo planificado, tomamos todas las medidas, si bien no éramos conscientes de que era algo tan grave", señala Pilar, quien consideró que semanas anteriores se habían limitado las visitas, organizaron un hospital en el Centro Social "pero estábamos luchando con pólvora y nos explotó".

Guerrero estuvo al frente de todo y de todos durante dos meses y doce días. "No me quería ir, no quería dejar solos a los abuelos y abuelas. Era como que, si yo permanecía aquí, les estuviera protegiendo del virus, aunque pasé miedo, días sin dormir en los que se debía hacer todo ya mismo, sin pensar en el día siguiente porque hoy se debía de hacer y el mañana no existía".

Además de proteger a los residentes, Pilar protegía a los trabajadores. "Intentaba que no estuvieran cansados, que no sufrieran cuando había algún fallecimiento, intentaba evitarles todas las cargas emotivas que pasábamos aquellos días", una carga emocional que pasó acompañada por el equipo del Ayuntamiento de Sariñena. "Estaban pendientes día y noche, ellos y Salud Pública no nos dejaron de la mano ni un segundo".

En medio de esta vivencia, también hubo momentos de alegría, "cuando nos comunicaban que daban el alta a alguno de los residentes, porque algunos han vuelto, porque estos abuelos y abuelas tienen mucho coraje. Son unos valientes que, en algunos casos, están solos, sin familia y han ganado la batalla al virus, nunca se merecían pasar por esto", indican las trabajadoras, que todavía tienen ese miedo que surgió hace casi ocho meses. "Más miedo al futuro que al pasado, da la sensación de que vamos a peor. Desde marzo, somos pesimistas viendo que la gente no es consecuente y esto está sacudiendo toda nuestra escala de valores". Continúan con su lucha contra la covid. Prosiguen cada día con sus mascarillas, uniformes, pantallas y buzos, pero sobre todo, dando mucho cariño y cuidados a "sus abuelos y abuelas", los verdaderos héroes de esta pandemia.



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