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En el cincuentenario de su muerte (1)

Recuerdo de Don Ricardo del Arco



Por José VALLÉS BELENGUER
02/10/2005

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Don Ricardo del Arco y Garay, nacido en Granada el 27 de marzo de 1888, llegó a Huesca en 1908 como “Archivero de la Delegación de Hacienda”. Desarrolló en la provincia una gran labor, son incontables sus publicaciones sobre literatura y arte. Escribió el tomo correspondiente a Huesca de la “Historia Monumental de España”. Sus trabajos “La sociedad española en las obras de Cervantes” y “La sociedad española en las obras dramáticas de Lope de Vega” recibieron sendos premios: en el IV Centenario del Nacimiento de Cervantes, en 1949, y el premio de la Real Academia Española. Como Profesor Adjunto de Lengua y Literatura en el “Instituto Ramón y Cajal”, realizaba las sustituciones pertinentes en ocasión de alguna enfermedad del catedrático, y se encargaba de todas las clases en el caso de estar la cátedra vacante. En un aspecto industrial, estaba en el Consejo de Administración de la empresa “LAMUSA”.
El 7 de julio de 1955, se han cumplido 50 años en 2005, moría don Ricardo del Arco y Garay, atropellado por el ómnibus que transportaba diariamente el personal de la Escuela de Vuelos sin Motor de Monflorite. El accidente ocurrió en la plaza de Navarra, cuando, saliendo de los porches de la Diputación, don Ricardo intentaba cruzar a la plaza. En aquellos tiempos los coches que llegaban por los porches giraban a la derecha. Después, se cambió el sentido de giro que, sorprendentemente, es en el sentido de las agujas de un reloj, quizá para hacer imposible la ocasión de otro desgraciado accidente en idénticas circunstancias.
Don Ricardo y la promoción de 1947 en el I.B. “Ramón y Cajal” de Huesca
El reducido grupo de estudiantes que terminamos bachillerato en el “Instituto Ramón y Cajal” de Huesca en el año 1947, supimos de Don Ricardo del Arco al encontrarnos su firma, como Secretario del Centro, en el “Libro de Calificación Escolar”, al realizar el examen de ingreso en 1940. Como Director firmaba el catedrático de Latín don Basilio Laín. Cesó como secretario al comienzo del curso 1943-1944, al reclamar para sí este cargo el catedrático de Ciencias Naturales don Álvaro García, recién incorporado. Posteriormente, pudimos conocer mejor a don Ricardo y disfrutar de sus enseñanzas de “Literatura Extranjera” al cursar 5º; de “Literatura Española” en los cursos 6º y 7º, por no existir catedrático titular en esos tres años. Don Ricardo desempeñó la cátedra vacante hasta la incorporación al Centro de Doña María Dolores Cabré.
En aquellos tiempos no existían problemas de admisión de alumnos, todos los matriculados para el mismo nivel se colocaban en un solo grupo. Nuestro primer curso, con más de cien alumnos, quedó reducido a un 25% para los cursos siguientes. Este aluvión de alumnos, que, años más tarde, se llamaría masificación, no causaba problemas a ciertos profesores que, independientemente del número de alumnos, sólo explicaban para la primera fila. Por lograr los puestos privilegiados de la misma, se hacía cola, antes de abrir la Secretaría, el primer día de matrícula. En éste llamado “II Año Triunfal”, las colas eran habituales, sobre todo para conseguir los escasos alimentos. Resultó muy sorprendente que, el primero de la fila, recibiese al matricularse el número tres. Con anterioridad a la apertura del plazo de matrícula, ya habían sido matriculados dos hijos de profesores. De esta irregularidad administrativa era responsable el Secretario. Pero quizá don Ricardo no se enteraba, y si lo hacía, lo consideraría como un merecido privilegio del profesorado y no como una irregularidad.
La didáctica de Don Ricardo
En una primera impresión superficial, quizá por su fuerte miopía, podía parecer que don Ricardo del Arco, más que un Profesor para la primera fila, realizaba una enseñanza individualizada para un alumno de ella, del que conocía el nombre y la familia, al que, aparentemente, se dirigía y al que preguntaba siempre que quería comprobar hasta que grado le seguían los discípulos. A pesar de esta primera impresión, la realidad demostraba que las explicaciones llegaban a la mayoría de los alumnos a causa de dos procedimientos didácticos:
En primer lugar, habitualmente, realizaba una lectura de textos de los autores estudiados, en una “Antología de Textos Castellanos” de José Rogelio Sánchez, que don Ricardo acostumbraba a llevar en una amplia y familiar cartera de cuero. La antología estaba editada en 1940 y contenía textos de los siglos XIII al XX. La matizada lectura, llena de emoción y sentimiento, era, en ocasiones, interrumpida y siempre finalmente completada por una serie de adjetivos y comentarios hacia la obra y las características del autor que podían apreciarse en el texto leído. Estas lecturas lograban un conocimiento de las obras literarias en unos tiempos en que se editaba poco y los libros resultaban, para la mayoría de los alumnos, económicamente inalcanzables.
El segundo recurso utilizado por don Ricardo, consistía en dictar apuntes:
a) Siempre que la exposición del libro resultara, a su juicio, insuficiente.
b) Cuando pretendía darnos datos de algún autor aragonés con mayor amplitud: del profundo filósofo Gracián, de los hermanos Argensola, de Ignacio Luzán, del polígrafo Costa y hasta de “Luis López Allué, autor de la mejor novela de costumbres aragonesa que se ha escrito: Capuletos y Montescos.”
c) Para recoger en ellos pequeños detalles que relacionaban las obras o los autores con Huesca. Así, sobre las Cántigas de Alfonso X, nos apuntaba: “Es una obra de inefable sencillez y especial encanto, escrita en romance gallego. Se basó en libros y narraciones de la Virgen y otros milagros le fueron referidos, como en el caso de las diez y siete cántigas que dedica a otros tantos milagros de la Virgen de Salas, santuario de las cercanías de Huesca, que le fueron contados a Alfonso X por su suegro Jaime I, Rey de Aragón, gran devoto de Nuestra Señora de Salas. Es la imagen de la que más prodigios cuenta, entre las que canta del resto de España.”
Travesuras en clase de Literatura
No creo que la promoción de 1947 del “Instituto Ramón y Cajal” fuésemos más traviesos de lo que se acostumbraba, la guerra nos despertó la imaginación y la necesidad de la posguerra, el ingenio. (El sobrenombre por el que era conocido por todos los alumnos, que hacía referencia a su gruesa figura y a su abultado vientre, “Tripacoco”, había sido invención de cursos anteriores). En la clase de don Ricardo nos permitíamos dos pequeñas travesuras:
  La primera picardía consistía en permanecer expectantes cuando dictaba los apuntes, dictado que realizaba facilitando la puntuación para asegurarse una escritura correcta, en el momento en que por la entonación se suponía había llegado el instante de decir: ¡punto!, la pronunciación enfática de esas dos sílabas producía una peculiar vibración de su vientre, acompañada de una singular oscilación de la chaqueta que, normalmente cruzada y sin abrochar, le caía por delante. En esos momentos se paralizaba la escritura, se volvían las cabezas al lugar ocupado por el profesor en su peripatético dictado, se buscaban posiciones de mejor observación y, oída la palabra: ¡punto! y contemplado el movimiento anexo, volvíamos rápidos y sonrientes a la escritura.
La segunda malicia hacía referencia a la palabra que don Ricardo repetía con bastante frecuencia y que, para nosotros, constituía la muletilla del profesor, quizá porque la primera vez que la oímos nos resultó sorprendente y de significado no muy claro. En los comentarios de los fragmentos leídos repetía con bastante frecuencia el adjetivo “inefable” y, cada vez que reincidía, sus alumnos nos mirábamos esbozando una sonrisa de complicidad. Puede pensarse que calificar algo de inefable: “que no se puede decir con palabras”, es la forma rápida de acabar un comentario; pero, para don Ricardo era un calificativo más, y, en una llamativa contradicción, seguía con numerosas palabras elogiosas calificando el texto comentado.



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