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RIBAGORZA - COLABORAN: CAJA RURAL DE ARAGÓN Y DIPUTACIÓN DE HUESCA

Vivir ahí donde nunca llega nadie


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#CONTRALADESPOBLACIÓN



E.P.
21/03/2020

HUESCA.- Nunca el vano de una ventana, la luz, en definitiva, ni un balcón de palmo donde a determinadas horas bulle la vida había significado tanto. Asomarse en estos días inciertos, en muchos casos por primera vez, nos devuelve algo de la vida cotidiana que se nos fue. Pero para aquellos que siempre han vivido aislados, sin un vecino enfrente al que saludar por la ventana, el confinamiento es otra cosa.

Abrir la puerta no es un gesto prohibido ni arriesgado para la familia, compuesta por cuatro generaciones, que comparten Casa Salaña, un núcleo diseminado del municipio ribagorzano de Monesma y Cajigar donde originariamente había dos casas, en el que a tres kilómetros a la redonda no vive nadie. Rara vez aparece alguien.

Y estos días, seguro que no. ¿Cómo se puede vivir ahora en un piso?, se pregunta Román Casillas, que se crió en Tarragona y con 16 años encontró en La Ribagorza su lugar ideal para vivir y, poco después, en Pili Bellera, nacida en Casa Salaña, su compañera de vida perfecta. No es que se salten el Real Decreto, para nada, sino que su obligación es salir cada día para atender a sus vacas y ovejas.

No es que la vida ahí sea más fácil ni idílica, pero es la que han elegido porque les gusta. Su casa, situada a unos 1.000 metros de altitud, es el final de una línea eléctrica que en ocasiones con nieve o mal tiempo se interrumpe. Hace solo tres años pasaron 15 días sin luz. Ovejas, vacas, pintura, chocolate, monte y sol. Esa es su vida.

Pili forma parte de una sucesión de mujeres que han continuado en Casa Salaña y que, además, viven todas juntas. Ana Pons, de 81 años, es su abuela; su madre, Albina Villegas, de 60, se quedó en casa con su padre, Ramón Bellera, que no es de muy lejos de allí, de Cajigar, y tienen tres hijas. Una de ellas, Pili, tras marchar a estudiar y trabajar fuera, volvió con Román, un enamorado de la zona. Allí han tenido a sus hijos: Nerea, de 8 años, que quién sabe si seguirá, y Arán, de 4. "Cuando tuve a Arán, todos me decían que qué bien que era un niño, pero ¿por qué, si en esta casa todas hemos sido mujeres?", comenta Pili.

Nerea y Arán pueden salir y jugar por delante de su casa, que es de su propiedad. "Ahora es ideal, cuando hablo con otras madres de Benabarre que no pueden hacer lo mismo...", comenta Pili. Nunca nadie asoma por ahí. "Pueden pasar semanas sin que vea a nadie, hasta que salimos de aquí. A veces llega algún repartidor o el que trae el pienso", dice Román. El núcleo próximo más grande es Cajigar, a 6 kilómetros, que tiene cinco o seis casas pero no les superan en número de vecinos, después Castigaleu y Benabarre, a unos 40 kilómetros, que es adonde van al colegio.

Con todo, su nueva rutina matinal tampoco es muy diferente al confinamiento de otros niños de su edad, porque no van al colegio y pasan las mañanas haciendo deberes y manualidades. Antes de estas medidas, "como van al colegio cada día a Benabarre, a veces prefieren quedarse en casa el fin de semana y agradecen, sobre todo Arán, que no haya un cumple o que no vayamos al cine", dice Pili.

"Con internet, ya no hay limitaciones"

"Ahora con internet (por satélite) y Netflix, ya no hay limitaciones. No es lo mismo que cuando no había calefacción en la casa y a veces se congelaba la ventana por dentro", recuerda Pili, de 35 años. Por la tarde, les deja salir a Nerea y Arán y acompañan a sus abuelos con las ovejas. En eso, la vida no difiere tanto de cuando Pili era pequeña.

Albina, la madre de Pili, es la que siempre ha salido de pastora al monte con las ovejas. "Nos llevaba con ella y nos hacía una hoguera para que no pasáramos frío", recuerda Pili. Su padre, Ramón, iba al campo con el tractor y durante años a hacer jornales para pagar la inversión. Pili se fue a estudiar Formación Profesional de Cocina a Lérida y después trabajó en Playa de Aro, en Gerona, hasta que volvió a su tierra. "A mí siempre me había gustado esto y, cuando nos juntamos con Román, lo hablábamos. Cuando volví, mis padres aún estaban criando, por así decirlo, porque mi hermana pequeña iba al instituto, por lo que no les había dado tiempo a pensar si alguna seguiríamos aquí o no, pero después la llegada de los nietos ha sido su vida", comenta Pili.

 

JOVEN GANADERA Y CHOCOLATERA

 

Ella se incorporó como joven ganadera y, además de las ovejas que siempre habían tenido en casa, ahora cuenta con explotaciones de vacas con unas 130 cabezas. Sin embargo, "esto de las ayudas es un engaño, no es lo que dicen. Mucho papeleo pero al final, ayudan bien poco. Sus ayudas de la PAC son ridículas", critica Román, que recibió el año pasado el apoyo técnico de la organización Asaja, a la que se siente agradecido, pero que finalmente ha tomado la decisión de incorporarse sin ayudas. "Mi ilusión siempre han sido las vacas", apunta, por lo que se va a quedar con la explotación de su mujer, dice este pintor profesional.

Román, de 36 años, conocía la zona porque iba con su padre de niño a cazar desde Tarragona por lo que, cuando cumplió 16 años, tomo la decisión de irse a vivir a Benabarre. "Me fui a lo loco, la verdad, y di un disgusto en casa, pero me fue muy bien", señala. "No quise estudiar y, cuando fui a Benabarre, me puse a trabajar con un albañil hasta los 18 años. Entonces, como en todos en casa somos pintores y con 13 años ya sabía el oficio, empecé a trabajar por Benabarre con una carretilla porque no tenía coche", comenta. Inicialmente, vivió con compañeras de piso y, después, ya se alquiló uno pero su apuesta la tenía clara.

Conoció a Pili hace 14 años, cuando tenía 22 y ella 21, y aunque inicialmente vivieron en Benabarre, enseguida se trasladaron a Casa Salaña, y cuatro años después de casaron. Pili se puso las vacas y, además, desde hace 12 años trabaja a media jornada en Chocolates Brescó, en Benabarre, ya que también se encarga de llevar a sus hijos al colegio. Ahora, ella también está confinada por las mañanas porque el establecimiento está cerrado.

Román siguió con su empresa de pintura, que todavía tiene, y siempre ha tenido a gente trabajando con él. Pero ahora duda si continuar con la pintura porque uno de los que trabajaba con él está de baja y a punto de jubilarse y recientemente falleció prematuramente el otro de sus compañeros. "Tengo mucha faena y me gusta, pero es difícil encontrar gente porque muchos no quieren trabajar. Además, no tener que salir de casa me gusta mucho. Las vacas siempre me han gustado y han sido mi ilusión", comenta.

Ahora se levantaba pronto para ir a las vacas y después se iba a pintar, regresaba a comer y otra vez con las vacas. Cría parda de montaña y vende la carne directamente a un restaurante de Benabarre o a particulares, de forma que se encarga de toda la comercialización. "Como ya me conocen, me llaman y me encargan media o una entera", indica. Román recalca que las vacas son su pasión y que su familia no cambiaría por nada el vivir en el monte. Vivir alejados es una elección que estos días les premia con poder salir al monte para producir alimentos, pero el resto del tiempo también lo pasan en casa.