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ALTO ARAGÓN - OJO AVIZOR

Descensos de nabatas, un homenaje a un oficio milenario


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Tres asociaciones altoaragonesas recrean cada año en la época del deshielo la forma en que se bajó durante siglos la madera procedente del Pirineo por los ríos Cinca, Gállego y Aragón



P. PÉREZ ÁLVAREZ
23/03/2020

La madera del Pirineo altoaragonés fue la que permitió la construcción de los espléndidos palacios del siglo de XVI que aún se conservan en Zaragoza, o las cubiertas de la catedral de la Seo y otras iglesias de la época, o los artesonados del lujoso Salón del Trono en la Aljafería y del Paraninfo, también en la capital aragonesa, e incluso de los barcos con los que la Corona de Aragón se expandió en la Edad Media por el Mediterráneo hasta Mallorca, Cerdeña o Sicilia. Pero, ¿cómo recorrió esta madera las decenas de kilómetros que separaban la cordillera de Zaragoza, cientos en el caso del mar?

La respuesta la ofrecen cada mes de mayo, en la época del deshielo, tres asociaciones que organizan descensos en los principales ríos pirenaicos (el Cinca, el Aragón y el Gállego) en unas rudimentarias y pesadas balsas formadas por varios troncos atados unos con otros. Estas embarcaciones, que en castellano se denominan almadías, reciben en aragonés el nombre de nabatas y fueron durante siglos la forma tradicional, y la más práctica, de transportar la madera en casi todo el mundo hasta que se generalizaron los medios de transporte a motor.

En el Alto Aragón todavía quedan vecinos de pueblos del río Cinca, donde más perduró el uso de las nabatas, que han tenido referencias directas de sus padres o abuelos, que ejercieron esta dura profesión.

Es el caso del escritor e historiador Severino Pallaruelo, hijo y nieto de nabateros, y el principal estudioso de la materia en Aragón. En su pueblo Puyarruego, a orilla del río Bellós, afluente del Cinca, "durante generaciones siempre la gente se había dedicado a este oficio". "Desde finales del siglo XIX y parte del XX en Laspuña eran casi todos nabateros y el Puyarruego, todos. Por eso en mi casa, como en todas las casas del pueblo se dedicaban a las nabatas", recuerda.

"Los nabateros eran los mismos que cortaban los árboles en el bosque durante el invierno y luego los sacaban hasta los barrancos o los ríos en primavera y los bajaban sueltos por los ríos pequeños" hasta los grandes ríos pirenaicos "y ahí los ataban, hacían las nabatas y las bajaban", explica Pallaruelo.

Sin embargo, este oficio milenario se perdió por la competencia del transporte por carretera, "que era mucho más rápido, seguro, no estaba al albur de la inclemencia de las riadas", indica Pallaruelo. En el río Cinca, la última anotación al respecto que encontró fue de 1949, pero en otros sitios, como el Gállego, su fin llegó aún antes: desde que en 1893 llegó el ferrocarril, que iba paralelo al río.

Así pues, el oficio quedó olvidado como tantos otros. Hasta 1983. Ese año, el propio Pallaruelo y el cineasta Eugenio Monesma tuvieron la iniciativa de recrear uno de aquellos descensos por el río Cinca con algunos de los antiguos nabateros de la zona para filmar un documental etnográfico. "Eran personas de 65 años en adelante y a pesar de eso lo cogieron con entusiasmo e hicieron un primer descenso", recuerda Félix Buil, presidente de la Asociación de Nabateros del Sobrarbe.

Este evento despertó el interés de vecinos más jóvenes, que a partir del año siguiente, y asesorados por los viejos nabateros hicieron un descenso entre Laspuña y Aínsa, crearon la asociación, en la que participa gente de toda la comarca y convirtieron esta actividad en una cita anual.

 

NABATAS EN LA GALLIGUERA Y EL VALLE DE HECHO

 

Años después un grupo de amigos de distintos pueblos de la Galliguera que había asistido a los descensos del Cinca, decidió aprender a dirigir las nabatas ellos mismos para poder hacer su propio descenso en el Gállego y comenzaron en el año 2002. Y un lustro después fueron algunos habitantes de Hecho los que decidieron formarse en la elaboración y navegación de nabatas con la ayuda de sus vecinos navarros de Burgui, en el valle del Roncal, que también llevan muchos años de recorridos con almadías.

Así, pues, cada año, ataviados con un atuendo que recrea el vestuario que usaban para trabajar antiguamente en la zona a base de unos pantalones cortos hasta la rodilla, calcetines de lana, faja, camisa o camisola, boina, chaleco y, como calzado una albarcas -"que pasamos mucho frío pero queda bonito", como reconoce Enrique Climente, de la Asociación de Navateros de la Val d"Echo-, los nabateros y nabateras de los tres valles se lanzan a las bravas aguas de los ríos pirenaicos para homenajear a los montañeses que ejercieron durante siglos esta dura profesión. Hacen recorridos que van de los aproximadamente tres kilómetros en el valle de Hecho a los 11 entre Laspuña y Aínsa.

Este año, como cualquier otra actividad programada para las próximas semanas, todo está en suspenso en espera de cómo evoluciona la situación por el coronavirus, pero las tres asociaciones de nabateros ya habían empezado en febrero con sus preparativos.

Estos comienzan con unos tres meses de antelación, cuando miembros de las tres asociaciones se reúnen en el Sobrarbe para cortar los verdugos o vergueras, que son unas ramas largas que sacan de las sargas, "una mata de la familia de la mimbre que sale al lado de los ríos" muy abundante en el Cinca y sus afluentes, explica Pedro Borau, presidente de la Asociación de Nabateros d"a Galliguera. Estos verdugos se utilizarán después para ligar luego los troncos entre sí y hacer la nabata.

Estos verdugos se dejan en un sitio húmedo durante unas semanas, tras las cuales, "se retuercen". Manualmente, "los retorcemos, le rompemos la veta, la fibra. Así, se queda como si fuera una cuerda, manejable", comenta Enrique Climente. Luego vuelven a quedar sumergidos en el agua hasta el día de la elaboración de las nabatas.

Con ellos "hacemos unos nudos especiales de nabatero, con los que agarramos los maderos entre sí", relata Borau. "Con la misma sarga se hacen unos anillos y se unen los trampos". Con trampo, o tramo, se refiere al grupo de unos 11 o 12 troncos de cinco a seis metros de largo unidos en paralelo unos con otros. Un trampo pesa alrededor de una tonelada y cada nabata está conformada por un número variable de trampos. Las que menos son de dos, pero para el descenso por el Aragón las hacen de hasta cuatro y cinco. "Parece una culebra por el río", dice gráficamente Climente.

La ligadura de las nabatas se hace junto al río al víspera del descenso, dejando estas embarcaciones listas para echarse al agua. Los descensos, que tienen lugar en los denominados días de los mayencos para aprovechar el máximo caudal de los ríos y evitar que las embarcaciones queden varadas, estaban programados los días 26 de abril en el Gállego, 10 de mayo en el Aragón y 24 de mayo en el Cinca. Sin embargo, la pandemia de coronavirus puede acabar dejando las almadías en seco hasta el año que viene.

 

MUJERES NABATERAS

 

Si finalmente se llevan a cabo, sería el cuarto consecutivo para Raquel López, una nabatera de 30 años de la Asociación de Nabateros d"a Galliguera. Esta agrupación fue la primera que incorporó a las mujeres a los descensos. Y lo hizo desde que comenzaron, hace ya 18 años. Luego le siguieron otros, como sus compañeros del Cinca. Y el año pasado en Burgui se vivió como una fiesta el descenso de la primera almaidera.

"Yo había visto a los nabateros desde niña, pero nunca me había acercado a ver cómo se hacían. Pero en 2016 empecé porque me lo recomendó una amiga que era nabatera desde hacía unos años. Fui a ver qué tal era la experiencia y me he quedado", cuenta Raquel.

En la asociación aún son pocas mujeres, cinco o seis que se van turnando en los descensos.

"Antes no había mujeres nabateras, sobre la nabata, pero aquí en la Galliguera desde el primer momento se recuperó la actividad con mujeres", comenta. En su primer descenso recuerda que, como cualquier primerizo, lo único que pudo hacer es agarrarse al ropero, unas varas en el centro de la nabata para dejar la ropa seca y la comida, y poco a poco le fueron dejando remar en remansos y, a pesar de llevar ya tres descensos, solo ha cogido algún rápido con ayuda de los compañeros más experimentados. "Para eso hay que aprender a leer el río un poco y tardas más".

Y es que manejar una nabata no es una tarea sencilla. Requiere mucho esfuerzo físico y concentración, además de tener un conocimiento del río. "Una nabata son 2.000 o 3.000 kilos. Eso va a donde va la corriente y la corriente va siempre a los pilares, a donde hay piedras, a los árboles. Eso es lo que tenemos que evitar con los remos", explica Borau.

Cada almadía suele tener dos remos delante y dos detrás. En medio una persona va dando las instrucciones sobre dónde dirigir la embarcación. Como los remeros de delante van mirando en un sentido y los de detrás en el opuesto, no se usan los términos de izquierda y derecha, sino los nombres de los pueblos que están más cerca de la orilla hacia la que se debe remar. En el descenso del Cinca se usan los de Araguás y Labuerda o Escalona. En el Gállego, Santa Eulalia y Erés. Y en el Aragón, Siresa y Urdués.

Una mala indicación o un error de coordinación entre los remeros puede lanzar la nabata contra una piedra, contra el pilar de un puente o acabar encallándola. Y eso no está exento de peligros, pues si uno de los ocupantes cae al agua, la almadía le puede pasar por encima o la corriente impulsarlo debajo de ella. Félix Buil recuerda que, sobre todo en los primeros descensos por el Cinca, "hubo sustos potentes". "En los inicios a uno de los nabateros le paso la nabata por encima y a otro cayó al agua y no salía", cuenta. Por suerte, hasta la fecha no ha habido que lamentar ninguna calamidad.

Los nabateros altoaragoneses no son los únicos que rinden homenaje a este oficio. En el resto del España, incluidos los Pirineos navarros y catalanes, también hay gente que recrea los antiguos descensos por los ríos. Y también en el resto del mundo. Incluso hay una Asociación Internacional de Almadías, de la que las tres agrupaciones oscenses forman parte y que cuenta con socios de países como Francia, Alemania y hasta Canadá y Japón.

Esta confederación internacional está llevando a cabo gestiones para que la Unesco declare las almadías como patrimonio de la humanidad. "Llevamos ya dos años haciendo reuniones y estamos muy adelantados. Yo creo que dentro de dos o tres años estaremos ahí", indica Borau.