print
 
DOMINGO - OJO AVIZOR

“Escuertropía”, la acción filantrópica en el corazón de la vida de Huesca


Miguel Escuer esculpe un monumento diario a la solidaridad con la que hace ciudad



JAVIER GARCÍA ANTÓN
05/07/2020

Amor a la humanidad. Es la definición etimológica de la filantropía, una práctica admirada en muchos países desarrollados y no siempre bien procesada en el nuestro. Tal es su fuerza que, en los grandes paradigmas, se transforma en acrónimo, como es el caso de Bill Gates y la "billantrophy". En uno de los más grandes y discretos bienhechores de Huesca, Miguel Escuer, hallamos otra virtuosa explicación: "En la vida sólo te puedes arrepentir de lo que no haces". Es uno de los paradigmas más admirados de la ciudad, porque a las grandes personas se les distingue porque van un paso delante de la necesidad, cuando todavía no se ha manifestado en su crudeza.

Miguel Ángel Escuer Azón vio sus primeras luces en el barrio de la Catedral, se crio en el Perpetuo Socorro, ha residenciado su existencia en el de San Lorenzo y ha radicado su profesión en el de María Auxiliadora. Estudió en San Vicente, el Pío XII, el Seminario y el Instituto Ramón y Cajal. Sirvió, no podía ser de otra manera, como voluntario en la mili. Y, colgado el uniforme, las circunstancias familiares le enrolaron en el mundo laboral. Encontró trabajo con Andrés Ferrer Olivera. "Al señor Andrés y a la señora Josefina les debo mucho. Fueron mis mentores y me enseñaron el oficio pero, además, muchos valores". Ya de hoz y coz imbuido en la carnicería y la charcutería, a los ocho años con Ferrer le sucedieron otros ocho con otra empresa.

El 5 de mayo de 1998, en medio de un océano de inquietudes y nervios, abrió Carnicería Miguel Escuer. En casa, tenía la retaguardia cubierta con su esposa Tere y sus dos hijas (Marina y Lucía, hoy flamantes arquitecto y fisioterapeuta), aunque su cónyuge siempre ha estado en el centro de operaciones de todo.

El éxito del negocio aloja sus raíces en los orígenes, "en una familia humilde y trabajadora. Me inocularon la constancia y el afán de servicio mis padres, que eran buena gente y muy religiosa, siempre con la idea de ayudar y de no detenerse en el sufrimiento ante las injusticias".

El espíritu se ha transmitido de generación en generación, de tal manera que la proactividad social de Miguel Escuer transcurre sin que el protagonista le otorgue ninguna relevancia, al contrario que sus múltiples benefactores. "No le encuentro tanta importancia, a mí me parece tan natural que lo hago y ya está. Cuando una acción o acto me necesita, los apoyo y ya está. Nada excepcional. Es probable que lo veáis más extraordinario los demás que yo. Simplemente, sigo mi criterio, que es que las personas se definen por lo que hacen no por lo que dicen". Ahí es nada en esta sociedad inundada de postureo, impostura e incomprensión.

Escuer Azón sostiene que uno de los grandes pilares de su proyección generosa al exterior está "en la tienda. He tenido mucha suerte con los trabajadores, con los clientes... Hemos conseguido un clima de confianza y encaja todo, hay muchos valores y mucha educación".

 

IDENTIFICAR LAS PENURIAS

 

Hablar con Miguel Escuer es una delicia. Todo transcurre con serenidad y armonía. El altruismo es un hábito, no hay sueño sin plasmación práctica (la diferencia entre los soñadores y los hacedores). Su última humilde gesta viene de una confesión: "Durante el confinamiento, hemos trabajado una barbaridad. En turnos, con los seis trabajadores hemos estado a tope. Hemos sacado beneficios, pero lo veo tan irreal que no me gusta sacar rédito de lo que podría interpretarse como una oportunidad en una situación terrible. Esos beneficios los estamos dedicando a la hostelería que está sufriendo tanto, y mis clientes de ese sector han hecho el primer pedido y se lo hemos entregado sin cargo. No lo hago para que me compren, sino porque todos tenemos que empujar. Hace falta que todos nos apoyemos".

Miguel se inició en el respaldo a actividades de la comunidad con el Club Patín, el Balonmano Huesca y el Club 90 de gimnasia, y también ha colaborado en el fútbol con el Peñas Oscenses y la Sociedad Deportiva Huesca, y en el baloncesto femenino. Siempre han mediado amistad y sensibilización respecto al deporte fundamentalmente de base.

Su irrupción en el ámbito social ha acelerado progresivamente la velocidad de sus colaboraciones. Comenzó con la Asociación Down de su amigo Enrique Aguareles en 2012, colocando unas huchas en las que contribuían clientes y la propia carnicería. El resultado fue excepcional y Down Huesca lo reconoció con un galardón. Después, ya con Miguel Escuer en la directiva de la Asociación de Comerciantes a la que llegó para acrecentar estos impulsos, los receptores de las campañas fueron Autismo Huesca y Entarachén Vols. Y en 2013 las Conferencias de San Vicente de Paúl en un ejercicio crítico para los sectores más vulnerables. Más adelante, la Marcha Aspace y la Carrera contra el Cánce... En los últimos años, con otras cuatro compañías oscenses, la Banda de Música recibe los fondos que consiguen reunir.

Miguel Escuer siempre va un paso por delante. Interpreta a su manera la máxima de Alexander Jodorovsky de que "todo lo que das, te lo das; y todo lo que no das, te lo quitas". En la "Escuertropía", "de lo único que te puedes arrepentir es de lo que no hagas. Si lo intento, saldrá más o menos, pero no hay arrepentimiento y tenemos la felicidad de ayudar".

Esta fértil filantropía está regada por "las lágrimas que asoman a la cara de mucha gente", que a su vez emocionan a Miguel y su entorno. Pródigo en alabanzas, enumera algunos empresarios de Huesca muy presentes en la actualidad. "En la empresa y la familia, todos somos muy felices. Nosotros no hacemos planes estratégicos. En casa vemos poco la tele y la radio. Sentimos impotencia con lo que pasa, pero intentamos alcanzar con nuestra ayuda hasta donde se puede".

Ha perdido peso por la sobreactividad en la pandemia. Pero no tiene mayor trascendencia. Sigue observando, desde su sempiterna curiosidad, para descubrir nichos de necesidad. Miguel Escuer, un sabio vital, plata en los Altoaragoneses del Año, tiene más apego a la humanidad, al prójimo, que a sí mismo. Pero camina, apaciblemente, "siempre aprendiendo", en el pasillo de admiración imaginario en el que todos le ovacionamos. Por justicia y porque la responsabilidad, como el movimiento, se demuestra andando. Y él marcha con la cara muy alta.