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HISTORIA

Montearagón, valiosa joya medieval, reliquia maltrecha (1)

Monasterio de Montearagón
Breve sinopsis histórica



Damián PEÑART Y PEÑART
05/12/2004

Sobre un montículo elevado, de forma cónica, al este de Huesca, a unos 7 kilómetros de distancia, se yergue una de las siluetas más características y bellas de castillo medieval. Ciertamente, la vista del Castillo de Montearagón se presenta hoy a nuestros ojos un tanto difusa, como un cuadro impresionista, porque los rasgos de la primitiva construcción están algo borrosos debido al paso del tiempo y a la incuria y abandono de los hombres, que no hemos sabido conservar debidamente esa joya histórico-arquitectónica. Pero, a pesar de las fuertes heridas y arañazos sufridos, la silueta de Montearagón trasluce todavía la grandeza y esplendor primeros del monumental edificio.

El Castillo de Montearagón, construido en 1085-1094 por el rey Sancho Ramírez para retiro y protección de sus tropas ante el próximo ataque para la reconquista de Huesca, fue convertido por el propio monarca en monasterio-abadía de una comunidad de canónigos regulares que seguían la Regla de San Agustín. Al frente de la comunidad canonical puso al abad Jimeno, que anteriormente había sido abad de los monasterios de Fanlo y de Loarre.

Sancho Ramírez constituyó a Montearagón capilla real y la hizo cabeza de todas las capillas reales de Aragón y Navarra, a la vez que la ponía bajo la protección y obediencia directa de la Santa Sede. En 1089 el Papa Urbano II confirmó estos privilegios y declaró el monasterio-abadía de Montearagón exento de toda otra autoridad eclesiástica y civil.

Los reyes y papas posteriores mimaron este castillo-abadía, rivalizando en la concesión de donaciones, gracias y privilegios. Al menos trece reyes de Aragón y catorce papas se cuentan en la lista de los protectores y benefactores del célebre monasterio. Montearagón llegó a tener hasta 104 iglesias y pueblos en Aragón y Navarra, que dependían canónicamente de él.

El 14 de septiembre de 1477 la iglesia de Montearagón padeció un fuerte incendio que en pocos minutos redujo a cenizas el retablo, el órgano, los libros, los ornamentos y enseres litúrgicos, salvándose únicamente las reliquias, ya que el fuego afectó sólo parcialmente a las cajas que las contenían, así como una imagen de Jesucristo, juez del mundo, que saltó con el calor, antes de incendiarse, y quedó sin ninguna señal del fuego. Pronto se rehizo el monasterio del percance padecido y un nuevo retablo en alabastro, obra de Gil Morlanés el Viejo, vino a sustituir el anterior. Este retablo es el que se guarda en la “Parroquieta”, hoy Museo Diocesano.

La época de oro del monasterio-abadía de Montearagón se extendió de 1089, fecha de la fundación de la abadía, hasta 1571, año en que por la Bula “Sacrosancta Romana Ecclesia”, del Papa San Pío V, se reorganizó la Iglesia en el Alto Aragón y se crearon las diócesis de Jaca y de Barbastro, desmembradas de la de Huesca. Para compensar a la diócesis de Huesca por las pérdidas habidas en la desmembración, el castillo-abadía de Montearagón hubo de ceder a Huesca y Jaca casi todos sus territorios, en los cuales anteriormente ejercía verdadera jurisdicción, pues el Obispo de Huesca, dentro del territorio de Montearagón, sólo tenía reservadas la consagración de las iglesias, la ordenación de los clérigos y la percepción de 1/4 de los diezmos. Es más, una docena de pueblos sitos en torno al Castillo, estaban exentos de entregar esa parte alicuota al Obispo oscense.

Las rentas del castillo-abadía de Montearagón llegaron a duplicar a las del obispo de Huesca y superar los 40.000 sueldos anuales. No puede extrañarnos que en esa situación Montearagón fuera una pieza eclesiástica codiciada y que contara entre sus abades a personas muy ilustres por la alcurnia de su sangre y por el relieve intelectual y social.

Pero en la desmembración del 18 de junio de 1571, Montearagón resultó el gran perdedor, ya que su jurisdicción quedó reducida a la abadía y a los pueblos de Tierz, Quicena y Fornillos, más algunas rentas en otros predios. Y aunque los rectores del castillo-abadía reclamaron con cierta insistencia para mejorar la suerte de Monteargón y recuperaron algunas rentas, éste ya no recobró el poderío y el esplendor de antaño. Todavía más, el castillo-abadía de Montearagón estuvo 13 años, -entre 1574 y 1587-, sin abad y 21 años, -entre 1574 y 1595-, sin canónigos, pues en la reorganización de la Iglesia en el Alto Aragón los 3 canónigos y 10 racioneros de Montearagón se integraron en la Catedral de Huesca, observándose en la integración el orden de antigüedad que tenían en el monasterio-abadía.

La santa misa y los oficios divinos no se interrumpieron en la iglesia de Montearagón, porque Felipe II, en cuyas manos quedó el destino del castillo, nombró dos gobernadores, uno para la dirección espiritual y otro para los asuntos económicos, y seis capellanes para continuar la liturgia hasta que fuera restablecido el cabildo, lo que se hizo por bula del Papa Clemente VIII de fecha 30 de marzo de 1595. Empezaba una nueva época en la abadía-monasterio y se iniciaba la decadencia del mismo.

La Guerra de la Independencia, con dos saqueos del ejército francés, un abultado impuesto de guerra, la destrucción parcial del edificio y la obligada ausencia de los canónigos, que durante cinco años se refugiaron en Huesca, hirió de muerte al monasterio y, poco después, la Desamortización de Mendizáballe dio el tiro de gracia.

En el año 1843 Montearagón pasó a manos de particulares y los fondos documentales, formados por más de 1500 pergaminos, además de otros interesantes legajos, fueron llevados al Archivo Histórico Nacional de Madrid. Huesca y Aragón se vieron privados de un bagaje cultural grande, recogido y elaborado pacientemente por la Iglesia de Aragón durante muchos siglos.

En 1844 el castillo-abadía de Montearagón padeció un voraz incendio, que vino a deteriorar más y más el edificio. Posteriormente la incuria y el abandono se cernieron sobre Montearagón. Parte de sus piedras fueron arrancadas para nuevas y alejadas construcciones. Y aunque ha habido algunos intentos de conservación y restauración, las atenciones y auxilios prestados han resultado asaz menguados e insuficientes.

En la guerra civil de 1936, la guarnición militar de Huesca escogió el castillo de Montearagón, junto con la próxima loma de Estrecho Quinto y el pueblo de Siétamo, como lugares estratégicos para la defensa de Huesca, pero sucumbieron ante el ataque de las columnas populares a final de septiembre de ese año 1936. Naturalmente el edificio padeció en el asedio y, luego, en la profanación, La iglesia y la tumba del infante Fernando fueron profanadas y prácticamente destruidas.

Actualmente la asociación “Amigos del Castillo de Montearagón” trata de sensibilizar al pueblo y lograr el favor de las instituciones, a fin de salvar lo que se pueda del histórico y monumental edificio y darle, acaso, un nuevo y loable destino, pero se encuentra con tres graves obstáculos: la degradación creciente del edificio, la escasez de medios económicos y la carestía o elevado coste de toda restauración. A pesar de todo, han conseguido rehabilitar la iglesia y consolidar algunos muros. Esperan realizar bastante más, pero queda mucho por hacer. Montearagón es aún “una valiosa joya medieval, reliquia maltrecha”.