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El Prestige, una tragedia convertida en germen de la "respuesta espontánea"

Una de las imágenes que pueden verse estos días en la exposición organizada con motivo de este aniversario.
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Tres voluntarios aragoneses recordaron ayer su experiencia en la Costa da Morte



V.G.J.
16/11/2012

HUESCA.- Han pasado diez años desde aquel fatídico mes de octubre de 2002, aquel en el que el buque Prestige comenzó a arrojar sin control chapapote a las playas gallegas, dando inicio así a una de las mayores catástrofes medioambientales conocidas hasta el momento en España. Sin embargo, esta cruz de la moneda trajo consigo su cara, la movilización de miles de voluntarios que no dudaron en desplazarse hasta esa "zona cero" para prestar su ayuda.

Dentro de ese grupo de voluntarios se hallaba un nutrido grupo de estudiantes aragoneses de Ciencias Ambientales, estudiantes que decidieron dar el primer paso y proponer a su centro de referencia, por aquel entonces la Fundación San Valero, que organizara todo para poner rumbo a la Costa de Morte y prestar su ayuda, como particulares pero también como futuros profesionales medioambientales, en la reparación de este desastre. Entre ellos se encontraban Tomás Arruebo, hoy ya licenciado en esta materia, y el profesor Alfonso Pardo, que hoy ejerce su labor en la Escuela Politécnica Superior de Huesca. Ambos volvieron a reunirse ayer para recordar ante decenas de alumnos lo que supuso aquel viaje en el que también resultó fundamental la aportación del entonces director de los estudios de Ciencias Ambientales de la Fundación San Valero, Carlos Rodríguez, que participó en esta mesa redonda a través de videoconferencia.

Su experiencia, según explicó él mismo a este periódico, fue "incompleta", ya que "después de preparar toda la logística, asegurar que había alojamiento y manutención para las personas que se iban a desplazar y que iban a contar para ayudarles con los profesionales adecuados", tuvo que quedarse en tierra. "Al final, no me dejaron ir, esa fue mi pena", explicó el mediambientólogo, que subrayó la importancia que tiene, en un evento de estas características, organizar todo adecuadamente. "En aquel momento había mucha confusión, porque se decía que había zonas en las que había incluso demasiados voluntarios, así que había que organizarlo bien".

Y a ello se dedicó, pensando que además de una "buena experiencia desde el punto de vista humano para los alumnos, lo sería también para que trabajaran sobre el terreno aquello que estaban estudiando".

En esta misma idea insistió el profesor Rodríguez al referirse a lo que aportó esta experiencia a los más de cuarenta alumnos, "prácticamente la totalidad de alumnos de primero, segundo y tercero de estos estudios", que se apuntaron al viaje.

"Esta experiencia les sirvió para comprender que tienen que estar atentos a lo que ocurre a su alrededor", explicó a este periódico el profesor, que aún conserva frescos en su memoria los recuerdos de aquella dura semana de trabajo. "Lo más duro era ver que después de estar trabajando, de retirar cada día el fuel de la playa y de que quedara más o menos limpia, al llegar al día siguiente todo estaba como al principio. Y después de una semana, aunque sabías que se había retirado una cantidad importante de chapapote, todo parecía estar como al principio, era descorazonador".

Sin embargo, se queda con lo positivo de aquella experiencia, aquella "marea blanca que supuso la unión de personas de distinta clase y condición, la primera organización espontánea de personas para ayudar a un mismo fin", algo que ahora se vuelve a repetir con otro tipo de "catástrofes, potenciado además por las redes sociales, pero que tuvo su origen en el Prestige" y en la capacidad de movilización que demostró entonces la sociedad española en general, y la aragonesa y la oscense en particular.

La duda ahora es si hemos sido capaces de aprender de lo sucedido entonces, algo a lo que el profesor Rodríguez no se atreve a responder cuando, concluyó, "aún hoy sigue habiendo buques monocasco transportando petróleo surcando los mares".