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José Manuel Penella: sin bajar del tractor e imbuido por París del 68

“El balón prisionero tenía que haber sido deporte federado por la intensidad que le poníamos”

José Manuel Penella
José Manuel Penella
S.E.

José Manuel Penella Cambra (Alberuela de Tubo, 1962) no cambiaría por ninguna otra su infancia en un entorno rural, rodeado de familia y amigos, jugando hasta acabar agotado, viviendo aventuras con el Guerrero del Antifaz, gozando de la matacía y los empanadones y disfrutando de sus primeros contactos con el trabajo en el campo.

Su padres, Manuel y Ángeles, se dedicaban a la agricultura, y con ellos, su hermana, Yolanda, y el primo de su padre Ángel Pascual, vivió su gran aventura de la infancia, un viaje a París en el 68 para visitar a familiares. “Fuimos los cinco en un seiscientos, un trayecto que nos costó dos días”, a pesar de los recelos de su abuela que no quería que llevaran a los niños “porque pensaba que nos iban a robar; para ella París era como ir a Marte”, dice entre risas.

Sobre esa edad, también comenzaba a subirse al tractor y guiar el volante por el campo. “A los chicos era lo que nos pasaba, nos subían al tractor con cinco años y ya no nos bajaba nadie de ahí. Imagínate, ¡para qué quieres un juguete!”, exclama. Desde edad temprana también ayudaba en casa y recuerda especialmente cuando todos colaboraban en entrecavar la remolacha.

Fue al colegio en Alberuela de Tubo, una escuela mixta donde aprovechaban los recreos para jugar chicos y chicas “con la misma eficacia” al balón prisionero, “que tenía que haber sido deporte federado por la intensidad que le poníamos”, o a “conejos”, en el que uno hacía de cazador y los demás se dispersaban hasta que eran pillados y se convertían en perros que ayudaban en la cacería. José Manuel y todos los alumnos de entonces guardan un gran afecto por su maestra Ana María Puey, a la que hicieron un homenaje recientemente. Al acabar 6.º y por un cambio en la ley, cursaron 7.º y 8.º en Grañén, un traslado que, a pesar de ser “fuerte”, llevó muy bien, y le trajo nuevos compañeros.

Fuera del colegio, y aunque no le dejaban, al grupo de amigos le gustaba ir a la carrasca Torres, “la hermana pequeña de la de Lecina” pero para ellos “la mejor del mundo”, y a las peñas Mora y Fuen, donde una de las diversiones era perseguir perdiganas para llevarlas a casa. El castillo árabe y su ermita era otro punto ineludible en su infancia.

Los veranos los pasaba bañándose en albercas con sus amigos o yendo con su familia al río Alcanadre, y cuando el trabajo del campo aflojaba, eran habituales las visitas al valle de Benasque.

Otro recuerdo muy vivo para José Manuel es los ratos que pasaban leyendo ‘Roberto Alcázar y Pedrín’ o ‘El Guerrero del Antifaz’, cómics que encontraban en la sacristía de mosén José; a cambio le ayudaban como monaguillos.

Sigue en su Alberuela, casado con Vicky, con quien tiene dos hijos, Gabriel y Alba, y dos nietos, y, como si el inconformismo del París del 68 le hubiera imbuido, se ha dedicado siempre a la defensa del sector agrario y del territorio a través de numerosos puestos de responsabilidad en organizaciones como Coag y Uaga y Ceder Monegros. 

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