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Opinión

Jorge, el valeroso

Por
  • Leonor Lalanne (Escritora)
OPINIÓNACTUALIZADA 23/04/2021 A LAS 14:08
Leonor Lalanne: "Los personajes de mis novelas tienen algo de mí y todos son absolutamente diferentes a mí"
Leonor Lalanne.
Á.H.

ÉRASE una vez, en un reino no muy lejano, rodeado de altas y escarpadas montañas, surcado por caudalosos ríos, y adornado por barrancos, cañones y verdes valles, había un pueblecito de montañeros que vivía atemorizado. Aunque durante el día todo era tranquilidad, cuando los últimos rayos del sol se escondían y la oscuridad les envolvía sus temores despertaban. Desde uno de los lagos más cercanos, se oían cada noche los más fieros gruñidos y los más desgarradores aullidos. La enorme bestia que lo habitaba, de piel escamada y verde, los tenía en un sinvivir. El monstruoso dragón pasaba las horas del día dormitando en el interior de una profunda gruta que le servía de morada, y era al caer la noche cuando los aterradores sonidos rasgaban el silencio y sobrevolaban los tejados de la aldea, entrando por chimeneas y ventanas, e inundando sus sueños con las más terribles pesadillas. Nadie se atrevía a salir y preferían recogerse en el interior de sus viviendas y esperar al nuevo día.

La joven hija del rey del reino, la princesa Pilareta, adoraba los frutos silvestres, y era tal su glotonería, que todas las tardes salía provista de una cesta, y caminaba por los senderos más alejados hasta llegar al bosque. Las jugosas fresas rojas, las pequeñas moras negras y los cremosos higos le encantaban, pero sus preferidas eran las nueces y la avellanas. Llenaba la cesta tanto que casi tenía que arrastrarla.

Aquella tarde, la princesa Pilareta había salido como cualquier otro día, pero cuando el sol comenzó a ponerse ella no regresó. Pronto cundió la alarma y el anciano y desolado rey pidió ayuda a todos los jóvenes del reino. Les reunió y les ofreció una suculenta recompensa para quien trajera con vida a su hija. Los jóvenes determinaron que esperarían al amanecer, cuando el dragón estuviera en el interior de la gruta, y entonces partirían en busca de la princesa. Los ojos del monarca se llenaron de tristeza, al comprender que cuando amaneciera ya sería tarde para recuperar a su hija con vida. Las lágrimas comenzaron a rodar por su anciano rostro y la desesperanza lo invadió. Uno de los jóvenes que allí había, Jorge el miedoso como tanto aborrecía que le llamaran, se compadeció de su pena, y tras acercarse a él le susurró al oído: yo la traeré con vida. Y sin esperar una respuesta cogió una antorcha y partió.

Durante horas, Jorge el miedoso recorrió caminos y senderos, subió montañas y bordeó barrancos, alumbrado solo por la titubeante luz de la antorcha, hasta llegar al bosque que había junto al lago habitado por la bestia. Las piernas del chico temblaban con los rugidos y gruñidos del dragón, que cada vez se notaban más cercanos. Jorge atravesó el arbolado sin éxito, y ya casi estaba al borde del lago cuando pudo ver la cesta de la joven princesa. Había caído por una pequeña espuenda, y junto a ella se veían profundas marcas de pisadas en el terreno. Jorge decidió seguir las visibles huellas.

Con los primeros rayos de sol, Jorge divisó movimientos tras un caos de piedras y rocas que se habían formado cerca de la entrada de la gruta. El chico avanzó despacio por el irregular terreno, y entre la grieta de dos peñascos pudo ver cómo el dragón entraba en la gruta con la joven Pilareta entre las fauces de su hocico. Jorge el miedoso se armó de valor y entró con paso firme en el oscuro interior de la sima. Los gruñidos del animal habían cesado, y lo que se oía era un suave lamento, un quejido lastimero, un triste lloro. El dragón había depositado en el suelo a la princesa, y ella, en vez de intentar escapar, permanecía junto a él escuchándole. El dragón le explicó que tenía varias heridas en los pies y que el dolor era tan intenso que se pasaba las noches llorando. Yo te ayudaré, le dijo la joven, yo te curaré. Pilareta se rasgó la sobrefalda, y con la tela hizo largas bandas con las que comenzó a entablillar los dedos del animal. Un hola de Jorge fue suficiente para presentarse, se acercó a ambos y sin necesitar explicaciones ayudó a la princesa a curar al animal. La joven le sonrió agradecida. Cuando acabaron, los dos le aseguraron que irían a verlo todos los días y que en unas semanas las heridas se curarían. El agradecido dragón se comprometió a dejarlos dormir y no asustarlos nunca más con sus lamentos. Los chicos acordaron que jamás desvelarían la bondad del dragón pues su legendaria ferocidad le serviría para proteger su vida.

Al día siguiente, todos supieron de la gran hazaña de Jorge, que partió solo y de noche en busca de la princesa perdida y sin temer al dragón la rescató. Y ya nadie llamó al chico Jorge el miedoso, sino que pasó a ser Jorge el valeroso. 

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