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Los pueblos de colonización apuestan por mejorar servicios y arraigar generaciones

La falta de vivienda es uno de los problemas que tienen los descendientes para asentarse y mejorar lo que levantaron sus abuelos o bisabuelos

‘El pueblo de El Temple. Colonización, Historia y Arte’, de José María Alagón
‘El pueblo de El Temple. Colonización, Historia y Arte’, de José María Alagón, sobre el primer pueblo de colonización de la provincia
S.E.

Con un mulo, una casa y diez hectáreas, que nadie les regaló y que pagaron como una hipoteca, comenzaron los primeros colonos a trabajar en Paridera Baja en 1945 y Alta, cerca de El Temple, el primer pueblo de colonización de la provincia, y de los 10 primeros de España, que se levantó en medio de la nada y que se inauguró en 1953. Fue el inicio del proyecto del Instituto Nacional de Colonización que construyó 14 núcleos más para repoblar el territorio y extender los regadíos. Algunas familias abandonaron pero muchísimas otras, llegadas de todo el país, construyeron su vida en eriales que convirtieron en tierras fértiles. Hoy, sus nietos y bisnietos, trabajan sus regadíos y disfrutan de unos servicios que luchan por mejorar. “Se van quedando generaciones jóvenes, pero cuesta mucho porque hay falta de vivienda, ese es el principal obstáculo”, explica el doctor en Historia del Arte José María Alagón, autor del libro ‘El pueblo de El Temple. Colonización, Historia y Arte’, vecino de San Jorge y descendiente de una de las primeras 15 familias que llegaron a Paridera.

El Temple marcó la pauta no solo en qué hacer sino en qué no hacer. Y eso significó su historia, “porque han sido pioneros en muchas ocasiones”, apunta Alagón, pensando en la piscina olímpica. Después, se construyeron San Jorge, Artasona del Llano, Valsalada, Frula, Montesusín, Sodeto, Curbe, San Lorenzo del Flumen, Valfonda de Santa Ana, Cantalobos, Vencillón, Orillena, Cartuja de Monegros y San Juan del Flumen, que fue el último en fundarse, cerca ya de 1970; aunque el último en diseñarse fue el de Vencillón. 

El Instituto Nacional de Colonización fundó 38 en la ribera del Ebro y la ampliación de otros dos en Zaragoza, recuerda Alagón, que en breve publicará una investigación. “Se quería que el que viniera a vivir aquí no tuviera que buscar nada fuera, en cuanto a servicios, al ocio... así echas raíces de otra manera. Por eso había cines en algunos pueblos”, recuerda. Ahora, trabajan por mantener la población y los servicios ayudados por ese fuerte sentimiento de comunidad que levantó los pueblos. 

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