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María Teresa Ibort: "Yo hago de todo y voy al huerto, que lo tengo bien majo, pero lo mío es coser"

Este jueves soplará las velas de su 100 cumpleaños en Lupiñén con buena salud y tras una vida con estancias en Suiza y Nueva York 

María y su sobrino nieto Saúl Lasierra.
María y su sobrino nieto Saúl Lasierra.
S.E.

María Teresa Ibort Mainer soplará este jueves, 13 de enero, las velas de su cien cumpleaños en su casa de Lupiñén, localidad en la que nació y en la que reside actualmente tras una vida que da muestra de su carácter emprendedor y un magnífico buen humor del que aún hace gala, junto a una salud de hierro, ya que -asegura- no le duele nada. “Yo estoy estupendamente”, advierte al inicio de la conversación, a lo que añade que ha trabajado “sin parar” durante toda su vida y que los años... “ni los cuento”.

Vive sola, “en una casa grande y llena de trabajo”, indica, aunque tiene una pequeña ayuda y la compañía de sobrinas -“que me ayudan mucho, me llevan a Huesca, a la peluquería...”, señala- y de su sobrino nieto Saúl Lasierra, quien nos explica que María (así es como la conoce todo el mundo) ha sido siempre una mujer resuelta y muy activa, que nunca se casó ni tuvo hijos, y que vivió en Suiza y Nueva York durante un tiempo, hasta que regresó a Lupiñén para cuidar de su madre.

María, con gran lucidez y una conversación fluida, explica: “Yo hago de todo: coso, bordo, friego, escobo y voy al huerto, que lo tengo bien majo y bien grande”, aunque reconoce que “lo mío ha sido coser”. Apostilla que ahora tiene el huerto lleno de hierbas y no va “porque hace mucho frío”, pero tiene claro que en cuanto el tiempo se lo permita se acercará para limpiarlo y empezar a plantar melones, judías, tomates, etcétera.

De jovencita, relata María, “tuve que aprender a coser”, un oficio que le ha acompañado toda la vida y gracias al cual ha trabajado y ganado un sueldo para poder ser independiente. “Cuando la guerra, ya cosía hasta para los soldados”, rememora y “luego estuve por el extranjero”. Su primer “destino” fuera de Lupiñén fue Zaragoza, donde ya empezó a trabajar como costurera y desde donde se fue a Suiza, país que -recuerda- acogía entonces (en los años de la postguerra) a muchos españoles. Allí llegó con una familia conocida suya de Zaragoza y trabajó durante varios años cosiendo (de hecho, le quedó pensión del país alpino por el tiempo que trabajó allí). “Una amiga tenía a su marido en el consulado y nos preparó para ir a Nueva York, y allí nos fuimos tres amigas”, comenta, quitando importancia al hecho de decidir embarcarse en un viaje que le llevó a Brooklyn, barrio en el que vivió durante los cerca de dos años que estuvo en la “Gran Manzana”. “Nueva York estaba llena de españoles”, cuenta, al referirse al hecho de que no hablaban inglés. “Hablábamos español y mal”, dice riéndose, al tiempo que asegura que esos años fuera de España estuvo bien. “Yo estoy contenta en todos los sitios”, confiesa con otra gran sonrisa.

Sin embargo, “se murió un hermano mío y tuve que venir (a Lupiñén) para estar con mi madre... si no, no hubiera venido”, asegura, poniendo fin así a su periplo por el extranjero, que sus dos amigas -explica- continuaron por Canadá.

De vuelta a Lupiñén, además de encargarse del cuidado de su madre, abrió en Huesca una “tienda de lanas” (en el edificio de Las Torres) y tuvo un Seat 600 con el que se movía sin necesidad de depender de nadie. Su afabilidad, alegría y su buen humor han hecho que María, a la que le gusta participar de las celebraciones de su pueblo como las fiestas en honor a San Ginés o las “Almetas”, sea querida por sus vecinos. “Yo salgo a todo, yo no me escondo”, apunta con admirable vitalidad.

De momento, este 13 de enero celebrará sus 100 años son sus allegados porque el coronavirus impide una fiesta con más gente, y desde el Ayuntamiento han pedido a los vecinos que graben una felicitación para María con la idea de hacerle un vídeo

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