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Merche Caballud: “Mi afición a la lectura es lo que me ha movido siempre a hacer cosas”

Es impulsora de la biblioteca más pequeña del mundo, en Borrastre (Fiscal), y Premio Nacional del Fomento de la Lectura

Merche Caballud.
Merche Caballud.
V. A.

Estudiosa de todo, vanidosa por nada, tremendamente despistada y bastante “pasota”, porque, como ella dice: “Nunca me ha dado la gana de preocuparme de las cosas sin importancia”. Así es Mercedes Caballud Albiac (Caspe, 1945), una agitadora social y cultural con residencia en Borrastre (Fiscal) que ha llevado su pasión por la literatura a cientos de hogares altoaragoneses. 

Me cito con Merche (es el nombre con el que se presenta) en la terraza del hostal y restaurante Bellosta, establecimiento que levantó en 1944 la familia Bautista y que ha sido a lo largo de los años punto de encuentro de los vecinos del pueblo y la redolada. 

Merche acude allí casi todas las mañanas, para tomar una infusión con las amigas y departir “de todo un poco”, a veces hablan de canciones, otras de libros y, en general, se acompañan, que es lo que se hace “estupendamente bien en los pueblos”, dice. 

En el momento de la entrevista, viene de su clase de gimnasia. Tiene 78 años y, a cierta edad, hay que estirar un poco la musculatura, conviene Merche. Antes de este encuentro, hemos hablado por teléfono y le he pedido que me relate la historia de su vida. “¡Si yo no tengo nada interesante que contar!”, exclama. 

Pero la conversación fluye y me cuenta que en los años 60 casi acaba en “el cuartelillo” por dar clases nocturnas en Caspe, que en Borrastre ha montado la que posiblemente sea la biblioteca más pequeña del mundo y que preside de forma honorífica un partido político. Hablamos casi media hora, pero no es hasta el minuto 28 cuando me dice: “¡Ah! se me olvidaba, tengo un Premio Nacional”. Vayamos al comienzo. 

Merche es hija de panaderos. Hizo la Educación elemental en Caspe y luego estuvo internada dos años en Zaragoza, donde le cogió “mucha afición a estudiar”, tanto que, cuando regresó a casa, tuvo claro que quería seguir, así que se preparó ella sola el preuniversitario y el primer año de carrera con la ayuda del bibliotecario y del médico, que se ofreció a revisarle los trabajos. 

Al segundo año, convenció a sus padres de que la dejaran ir a Barcelona a estudiar Filología hispánica. Fue allí donde la relación con su mejor amigo, también de Caspe, se convirtió en el amor más puro y duradero que ha vivido. Fruto de esa bonita historia nacieron Ana y Luis. 

Aunque eso ocurrió después. Primero, Merche y Ramiro terminaron sus estudios y regresaron a su localidad natal. “Teníamos muy claro que queríamos hacer cosas por nuestro pueblo”, afirma Merche. Empezaron dando clases gratis por la noche en un momento en el que no todo el mundo tenía acceso a la escuela. Era finales de la década de los 60 y la iniciativa “no fue muy bien entendida por las fuerzas del orden”, que los sometió “a investigación”, recuerda. “Creían que nos pagaba el partido comunista, pero no estábamos en ningún partido”, asegura. Lo que sí estaban era comprometidos con la cultura, con la libertad y con una sociedad mejor. 

Acabaron por marcharse del pueblo, para no poner “en apuros” a sus familias. Se fueron a Villanueva y Geltrú, en Barcelona, donde estuvieron un par de años hasta que se mudaron a la capital. Allí, Merche se sacó las oposiciones de maestra y, con su inseparable Ramiro, eligió Fraga como destino. “Fue una época de mucho trabajo y aprendizaje, en la que empecé a dedicarme a la lectura”, cuenta. Por aquel entonces puso en marcha con su amiga Carmen Carramiñana el programa de educación literaria “Leer juntos”, que le valió el Premio Nacional al Fomento de la Lectura en 2005. Entre tanto, la actividad cultural de Merche y Ramiro no cesó. En Caspe, a donde iban cada domingo a ver a la familia, crearon una biblioteca, organizaron charlas, encuentros y conferencias para dinamizar la vida cultural del territorio. 

A Sobrarbe llegó con su marido un día, de casualidad. En una de esas escapadas que hacían al Pirineo, se enamoraron del valle del Ara y soñaron con hacerse una casita que con el tiempo se hizo realidad. Cuando se jubilaron fijaron su residencia en Borrastre y su influencia no se hizo esperar. Merche creó “la biblioteca más pequeña del mundo”. También impulsó un grupo de lectura en Boltaña, con el que lleva más de diez años, y otro en Fiscal. Además, puso en marcha el ciclo cultural Primavera de palabras. “Los pueblos a los que he ido y la gente con la que he estado me ha dado mucho. Por eso, cuando he llegado a un sitio nuevo siempre me he preguntado, qué les puedo dar yo a cambio, y la respuesta es mi afición a la lectura. Eso es lo que me ha movido y me mueve a hacer estas cosas”. 

En Borrastre es feliz, es un pueblo que le da “mucha paz” y en el que tiene el cariño de sus vecinos. “Son estupendos y gracias a ellos puedo vivir sola. Lo único malo que me ha pasado aquí es que se muriera Ramiro, pero eso me hubiera pasado también en otro lugar”. Es la lógica aplastante de una mujer con la que si usted, querido lector, pasa por Fiscal, es más que recomendable sentarse a charlar. l