Bajo Cinca

ENTREVISTA

Víctor Lapuente Giné: “En un mundo tremendamente narcisista, progresan los políticos muy narcisistas”

El profesor y escritor de Chalamera afincado en Suecia publica “Decálogo del Buen Ciudadano”, una advertencia contra el individualismo

Víctor Lapuente Giné.
Víctor Lapuente Giné.
Carlos Pina

Busca al enemigo dentro de ti; no te mires al espejo; agradece; ama a un dios por encima de todas las cosas; no adores a falsos dioses; da a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; cultiva las siete virtudes capitales; ponte en la cabeza de tu adversario; no te sientas víctima; y abraza la incertidumbre. Es el “Decálogo del Buen Ciudadano. Cómo ser mejores personas en un mundo narcisista” (Península) de Víctor Lapuente (Chalamera, 1976), catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Gotemburgo, que propone una ética para el siglo XXI que combata el individualismo y narcisismo que han suplantado al tradicional Dios de la derecha y la patria de la izquierda.

¿Pretende una deconstrucción del pensamiento para luego edificar una buena persona?

—¡Ostras, me parece la mejor metáfora que he oído en mucho tiempo! Me siento demasiado halagado, pero un poco sí. Hay que destruirse un poco para volver a construirse, y eso exige un esfuerzo a nivel individual y colectivo. Cuando hablamos de transformar la sociedad, hay que cambiar cosas y aceptar ciertos costes. El mensaje habitual de la política es que hemos olvidado esa segunda parte: la de los costes, sólo miramos los beneficios. Los políticos hablan de derechos y ¡pobre del que pida sacrificios! No podemos expandir los derechos si no expandimos los sacrificios y deberes. Nos dicen todo el día lo fantásticos que somos y las cosas extraordinarias que podemos hacer. El libro es una reivindicación de lo ordinario.

Portada del libro "Decálogo del buen  ciudadano".
Portada del libro "Decálogo del buen ciudadano".
S.E.

Una ética para el siglo XXI. ¿Esa confluencia del relativismo, el consumismo, el nihilismo y el hedonismo en el pasotismo demanda redefinir los valores?

—Tiempos como la pandemia son momentos y oportunidades para replantearse qué hacemos en este mundo y volver a conectar con la comunidad, con lo que llamo lo trascendente. También hay como las descripciones de la caída del Imperio Romano, en los que, en lugar de reencontrarse, fueron estirando ese pasotismo durante siglos y la ambición, la lujuria y otros vicios en lugar de reconectar con la comunidad. Existe este peligro.

Recorre el decálogo la trascendencia: ¿el tesoro perdido en el arca de la modernidad?

—Yo creo que sí, que el Decálogo o la solución para los problemas de este mundo pasan por resolver la falta de valores trascendentales. Estamos entregados a nuestros placeres cotidianos más nimios, más pequeños, y hemos olvidado el valor de lo colectivo. Sobre las formas que adopte esa trascendencia sí soy muy liberal o agnóstico, y muchas son posibles. Las más religiosas, el medio ambiente o la Pachamama. Pero vivimos el mundo tan absolutamente narcisista que nos miramos al espejo en lugar de a los demás. Al mismo tiempo, digo que hay que tener mucho cuidado porque las apelaciones a la trascendencia pueden ser aprovechadas de manera oportunista por “emprendedores”, sean fundamentalistas religiosos o fundamentalistas políticos como los populistas. Por eso hago esa distinción entre Dios y la superstición, entre la buena trascendencia y las querencias partidistas y cortoplacistas.

“El garrote autoritario crece en el mundo”

Trae la máxima de Platón de que el precio de desentenderse de la política es el de ser gobernados por los peores hombres. ¿Es un espejo del presente?

—Quizás no estamos gobernados por los mejores, pero pienso que el problema es más nuestro que de los políticos, que son un reflejo de nosotros. En un mundo tremendamente narcisista, han progresado los políticos muy narcisistas. Aun así, hay buenos políticos tanto en la izquierda como la derecha, y me gusta destacar a Ángela Merkel, que ha sido muy criticada pero, por sus principios y convicciones que tienen que ver con su educación y valores religiosos, no se deja llevar como una veleta por la última marea que recorre la opinión pública, sino que se mantiene firme en cuestiones como la crisis de los refugiados o la de Grecia o del euro. Se necesita mucho valor. Y en las vacunas vuelve a demostrar esa valentía y tendríamos que valorarla y ponerla más en relieve. A veces, destacamos los fallos en los políticos y no las cosas buenas que hay. Es un ejemplo de buen hacer, un referente en un momento de tendencias populistas de izquierdas y derechas. Los dos líderes progresistas más influyentes del mundo son católicos y llevan rosario en el bolsillo los dos, Joe Biden y el Papa Francisco. Y esto nos demuestra que la veteranía es un grado.

La derecha ha matado a Dios y la izquierda a la patria desatando al Narciso que llevamos dentro. A diestra y siniestra, ¿perdemos nuestra esencialidad y nuestro propósito?

—Hemos perdido y debemos recuperar el propósito en cuestiones materiales e inmateriales. Deberíamos acudir a las enseñanzas de los estoicos: qué hago aquí en este mundo. Es algo experimental, hay que probar cosas hasta que encuentras algo y no sabes bien por qué. Lo mío es ayudar a las personas: hay que buscar el propósito que nos trascienda y vaya más allá de nuestra realización personal. A veces queremos tener mil seguidores en RRSS y luego diez mil, y tener equis euros en la cuenta. Son objetivos que acaban con nosotros porque no van a ningún sitio.

Además de estar orgullosos de la prosperidad a través de la economía de mercado y del Estado de Bienestar, hemos de ser conscientes de los peligros del individualismo disgregador y la tribalización consecuente.

—Son dos problemas paralelos. El individualismo extremo incluye a la gente de la izquierda y de derechas. El individualismo económico de derechas se refleja en muchos empresarios que creen que no haya que pagar un salario mínimo, sino el del mercado, y si dice que son 600 o 400 euros uno de prácticas que trabaja jornada completa, no puede vivir. Eso lleva a una sociedad más pobre y peor. Ese liberalismo económico acarrea costes tremendos. Y el individualismo cultural de la izquierda también los tiene, porque quedamos en que yo soy yo y tú eres Javier y no debemos nada a Huesca ni al Alto Aragón, y somos ciudadanos del mundo. Y eso tiene costes disgregadores.

“El político habla de derechos y pobre del que pida sacrificios”

Con la metáfora del garrote y la cruz como las caras de la humanidad, abunda en la dicotomía de las formas opuestas de organizarnos: el dominio y el prestigio. ¿Cuál es prevalente?

—Es una lucha cortical entre las dos. En todo el mundo el garrote está subiendo en niveles autoritarios que son más fuertes y la democracia un poco más débil estos últimos cuatro o cinco años. Ya veremos, porque los garrotes ganan pero ni China ni Rusia han sido capaces de recrear un modelo de sociedad alternativo que pueda ser útil a millones de personas en el resto del planeta. Diría que están en tablas.

¿Cuáles son los falsos dioses que tientan para adorarlos?

—Los fundamentalismos religiosos, tanto los cristianos como los yihadismos, y luego el nacionalpopulismo de izquierdas y de derechas. Unos te venden que tu Dios es superior a otros dioses que hay que destruir y los otros que eres más importante dependiendo de las fronteras y llaman traidores a los que no llevan su bandera en la solapa.

Víctor Lapuente
Víctor Lapuente
Johan Wingborg

Personifica las virtudes tradicionales en Gandhi (la justicia), Anna Frank (el coraje), Franklin (la prudencia), Austen (la templanza), San Pedro (la fe), Luther King (la esperanza y Emma Goldman (el amor). ¿No vio paradigmas en el hoy?

—Ha habido varias personas que han hecho análisis muy parecidos. Me inspiro mucho en McCloskey, y algunas de estas son por sus comparaciones. Al principio tenía referencias a Francisco, no a Biden porque era candidato, y a Ángela Merkel, pero en el último momento decidí sacarlos. También a Greta Thunberg. Pensé que distraerían y daría una muestra de partidismo, y que era mejor buscar referencias atemporales y poco discutidas. Ya las ideas del libro son suficientemente polémicas como si además le añado etiquetas.

¿Cómo convencernos de que todo lo que tenemos es un préstamo de la Fortuna, de Dios, de la Providencia o del Destino?

—Con la pandemia nos hemos dado cuenta de que existe la mortalidad y de la debilidad. Hay una reflexión interesante de cómo los ricos americanos están cambiando la percepción del dinero. Se ha producido un cambio. Necesitamos más educación, más filosofía para la vida: enseñar una visión del diferente.

“Hay que destruirse un poco para volver a construirse”

El uso del lenguaje que, en el caso de los populismos, exige vulgaridad. ¿Es una de las armas más peligrosas?

—Gente muy brillante y anterior a mí como Orwell lo dejaba claro. Es fundamental. Se ha abusado del lenguaje porque es capaz de estimular emociones y en los últimos años hemos visto el espacio público invadido por lenguaje adjetivado en vez de uno más sobrio, más basado en sustantivos que debiera dominar.

Confrontación entre la religión y la ciencia. La historia del pensamiento nos aporta importantes argumentos.

—Esta visión de determinado progresismo exagerado viene por la mala interpretación de los ilustrados y de la Revolución francesa, cuando es el final de una trayectoria intelectual de muchos años y tiene lugar, entre otros, en monasterios religiosos. Es controvertido, pero empieza a haber una evidencia bastante abrumadora señalando que hubo muchos excesos con el cristianismo y la jerarquía católica, pero no podemos despegar la ciencia moderna de la historia del pensamiento religioso. Buscar un sentido de la vida es una cosa y la ciencia es otra. Son comparables. No son antitéticos.

Cuanto más ateos nos hacemos, más mesiánica se vuelve la política con nefastas consecuencias para la convivencia.

—Decía Tocqueville que los sistemas políticos pueden vivir sin religión, pero la democracia no puede vivir sin religión. Hay que compartir algo trascendente.

“El buen ciudadano es el que cultiva conscientemente las siete virtudes capitales ”

A los fontaneros de la política les llama los grandes chamanes para bajar al terreno las declaraciones. ¿Pero no son en ocasiones trituradoras de enemigos internos y externos?

—Más que fontaneros, yo a esos los denominaría los de las cloacas. Distinguiría. Los fontaneros intentan ver qué política funciona mejor, y los trabajadores de las cloacas intentan la política en los desagües de todo tipo de excrecencias varias para ganar.

¿Cosmopolitismo y solidaridad son dos espadas de Damocles sobre las élites progresistas?

—Las élites progresistas se han desconectado de los ciudadanos, éstos demandan políticas tradicionales de izquierdas, más de distribución de la riqueza y menos de políticas ideales y cosmopolitas. Las élites han ido más por las cosmopolitas y no tanto por las redistributivas.

Para evitar el camino del autoritarismo, nuestros dirigentes tienen que practicar dos preceptos morales básicos: Tolerancia y autocontención. ¿La regla de Levitsky y Ziblatt se tambalea en la práctica?

—Como mínimo, son los frenos más sensatos que conozco. Y me parecen interesantes porque enlazan bastante con las ideas del decálogo. Son unos frenos morales y no tanto institucionales que impliquen que haya que cambiar unas leyes. Me parece bastante llamativo que se redescubre la importancia del cambio moral en los corazones para cambiar la sociedad, y no al revés.

El problema no es la falta de información ni de educación, sino de moral y de gente que se juegue la piel. ¿El confort nada en la superficialidad?

—A veces, porque pensamos que somos tan importantes, nos cuesta mucho jugarnos la piel. Mucha gente tiene mucho miedo y los políticos utilizan sistemas para que la gente no se juegue la piel, que hagan lo que hagan mantengan sus puestos de trabajo, un control económico… Hay trabajadores privilegiados y estratos de personas que protegen su nicho y viven con tranquilidad mientras el resto sufre por penurias y los vaivenes políticos.

¿La responsabilidad individual es el gran soporte de la social?

—No puedes tener una sociedad sin individuos fuertes y responsables.

Abraza la incertidumbre es su consejo final: ¿Es una invitación a vivir dentro de nuestro espacio de coherencia?

—Es una invitación a concentrarnos en lo que podemos controlar. Los estoicos dividían el mundo en la categoría A y la B, siendo la A la que podemos controlar con nuestra mente, si sentimos ira, nuestras pasiones, emociones, el esfuerzo que podemos poner en una tarea. Y no preocuparnos de lo que no podemos controlar, como la salud, el dinero y el amor, que están muy bien, pero no podemos controlar totalmente. Nos hace más libres.

Si tuviera que resumir en una frase al buen ciudadano, ¿cuál sería la formulación?

—Aquella persona que cultiva conscientemente las siete virtudes capitales. Ser autoconsciente y autoexaminarte, que es lo más importante. Luego, ya veremos lo que podemos mejorar.

Sin conexión patriótica

En lugar de un desaprendizaje, ¿cree que hay que buscar un reaprendizaje o una relectura de los valores cristianos y de los patrióticos?

Víctor Lapuente
Víctor Lapuente
Gu Journalen

—Seguramente nunca volver al pasado es la solución, pero mirar al pasado sí puede ayudar a la solución, porque ha habido experiencias anteriores. En un país como España hemos pasado a la modernidad desde una sociedad franquista donde la mujer estaba completamente subordinada al hombre, que no eran admitidas las minorías lingüísticas ni étnicas ni sexuales, fundamentalmente pobre, y llegamos a una de las democracias más avanzadas socialmente del mundo. De una sociedad rural a una muy urbana. Ese cambio está muy bien. Mucha gente en España, no entiendo muy bien por qué, si hablas de algo religioso te ve algo “antimoderno”. En países nórdicos, puedes hablar del concepto de dios con amigos y colegas académicos. En España, te toman por un loco o un nostálgico. Esta modernidad nos lleva a una cierta cerrazón. Debiéramos estar más abiertos a hablar de ideas antiguas, y no aceptarlas de manera acrítica, pero sí hablarlas abiertamente. Hay un abandono del pasado y desconexión con las raíces. Deambular sin raíces genera mucha falta de identidad y de conexión con los demás. Si no te conectas con el pasado, es más difícil hacerlo con las generaciones futuras. No hay una conexión patriótica, hay que hacer un ejercicio que llevamos retrasando mucho tiempo, que es apostar por los jóvenes y sacrificar un poco del bienestar de personas un poco más mayores. Una cierta contención en las pensiones. Si pensamos patrióticamente, nos toca a todos hacer un poco de esfuerzo ahora.

Chalamera, la raíz y la preocupación

Víctor Lapuente ha emprendido una larga diáspora que le ha conducido desde su Chalamera natal hasta Escandinavia, con transbordo para edificar un pensamiento más rico en Oxford. El catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Gotemburgo (o Goteborg) vuelve recurrentemente a España por vuelo directo hasta Barcelona, para participar en debates en medios como La Sexta, y colabora con la SER y El País habitualmente.

Chalamera está siempre presente. Allí se crio, a la sombra de la fascinante Ermita de Santa María y con el orgullo de pisar el pueblo en el que vio su primera luz Ramón J. Sender 75 años antes que él. La mayoría de edad representó su partida hacia otros mundos, aunque reservaba todos los veranos, hasta los 30, para solazarse en sus raíces. “Ahora llevo dos años sin ir y lo echo de menos. Se ha ido quedando con poca población. Conmigo ya estuvo a punto de cerrar la escuela, pero resistió. Es una pena que tantos pueblos se queden así. Es verdad que hay una España vaciada, pero las televisiones van a hacer reportajes a los que tienen 10.000 o 15.000 habitantes, ajenos a los que mueren. En Chalamera ya no tenemos ni cura fijo”.

El autor de “El retorno de los chamanes” ilustra con la situación de Suecia, que en los años 60 determinó la reagrupación de municipios para mantener los pequeños núcleos. Pasó de 2.500 consistorios a 290, “fue la fórmula que encontraron para expandir el estado de bienestar”. ¿Es extrapolable a España? “Cada vez que se ha propuesto, decían que era el final de los pueblos pequeños. Y ahora sí que es el fin de los pueblos pequeños”.

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