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Vivir el monasterio de San Juan de la Peña

La experiencia de José Luis Solano nos hace una revelación: hay que vivir el monasterio activamente

José Luis Solano explica a los reyes y las autoridades el espacio museístico dedicado al conde de Aranda en San Juan de la Peña.
José Luis Solano explica a los reyes y las autoridades el espacio museístico dedicado al conde de Aranda en San Juan de la Peña.
D.A.

La experiencia de José Luis Solano, como la de la Real Hermandad que recibió el premio al mérito cultural en la última celebración de San Jorge, nos hace una revelación: hay que vivir el monasterio activamente, conocer su historia que es la divina y poner un punto de fantasía. 

Es una manera de encontrar el fuego invisible de Javier Sierra, y también de ver aquello que las piedras, ensimismadas en el sueño de los siglos, no muestran salvo que acompañemos la imaginación con un buen guía o que disfrutemos de grandes acontecimientos como el 950 aniversario de la implantación del rito romano en San Juan de la Peña, con el emocional rezo de la Hora Sexta.

 El verbo se erige en un instructor que desvela la verdad, como refrenda el himno de la liturgia hispano-mozárabe: “Oh Dios creador de todas las cosas, autor de la luz y el día, purifica, buen Jesús, los corazones de todos tus fieles”. 

Bajo la fascinación de la gran peña, que el Creador puso medio de una naturaleza agreste para que fuera un lugar sagrado de peregrinación, de rezo y de meditación, yacen los restos de reyes, de nobles y de esa figura imprescindible de la historia de España y, como tal, mal conocida como es la del Conde de Aranda. Una gran oportunidad para penetrar hasta el fondo de nuestro interior, del corazón del ser humano, elevado a través de la misericordia hasta los predios celestiales.

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