La Hoya

ARQUEOLOGÍA

Miguel Moreno-Azanza: “El patrimonio paleontológico da de comer, hay que valorarlo más”

El paleontólogo oscense, referencia mundial en huevos de dinosaurios, lidera el trabajo emprendido en el yacimiento hallado en Loarre

Miguel Moreno-Azanza posa con el primer huevo de dinosaurio recuperado en Loarre.
Miguel Moreno-Azanza posa con el primer huevo de dinosaurio recuperado en Loarre.
Octávio Mateus

Es uno de los mejores especialistas mundiales en cáscara de huevo de dinosaurio y ahora trabaja, entre otros proyectos, en el yacimiento descubierto en Loarre, a pocos kilómetros de la casa de sus padres, Mamen y Paco. El paleontólogo Miguel Moreno-Azanza (Huesca, 1983) no oculta que lloró cuando pisó el lugar del hallazgo por primera vez. Previamente había recibido de su colega José Manuel Gasca unas fotos de las cáscaras que había encontrado mientras hacía ‘running’. “Pensaba que me las enviaba desde Cataluña o Francia, pero cuando me dijo que era Loarre, aluciné”. “¡Ostras, José Manuel!, cuando salen esas cáscaras acaban saliendo nidos enteros... Hay que mirarlo con calma”, le dijo.

Para él es algo parecido a cerrar un círculo, porque todo empezó en Huesca cuando con 2 años, jugando en el parque, se cayó sobre un dinosaurio de plástico. “Me encantó, me lo quedé, le llamé Carlos y desde entonces sabía que quería estudiar los dinosaurios”. Acumulaba libros, muñecos, todo lo que tenía que ver con ese mundo, mientras estudiaba en el colegio Sancho Ramírez y en el IES Sierra de Guara. Otra de sus aficiones era salir al campo, y sumando ambas, más un familiar que había sido geólogo y que le hablaba muy bien de la carrera, se matriculó en Geología en la Universidad de Zaragoza.

No se equivocó. Encontró una gran unión con los demás alumnos, satisfacer su gusto por salir al campo y trabajar con las manos. “Y a nivel intelectual es superdesafiante, porque abarca dinosaurios, volcanes, geoquímica, cristalografía...”, explica. Desde el principio iba encaminado hacia la paleontología y se pasaba a menudo por el departamento para colaborar en lo que fuera, e incluso iba a congresos “solo para ver cómo era ese mundo”.

En 4º curso ya salían a prospectar y en uno de esos trabajos halló su primer hueso de dinosaurio, también encontraron un fragmento de cráneo en Arén. No es fácil, “requiere un trabajo previo grande. Si quieres dinosaurios tienes que ir a rocas de la era Mesozoica, en ambientes continentales, y diferenciarlas para saber qué tipo de fósiles pueden aparecer. También patear por donde nadie ha pateado, aprovechar los años que llueve mucho o que un incendio haya despejado nuevos afloramientos... Luego ya interviene la suerte”.

Tras el máster sobre Investigación en Geología Paleontológica, realizó el doctorado con una beca del ministerio. “Estuve siete años haciéndolo -recuerda-, porque empecé a investigar e investigar... me dio mucha experiencia, lo recuerdo como los años más felices”. Su tesis fue sobre los huevos de dinosaurio, “y la gracia es que nunca encontramos un huevo entero. Estudié 35.000 fragmentos entre todos los yacimientos que analicé”.

Miguel, que también hace mineralogía, sabía que quería seguir investigando, y mientras llegaba la oportunidad, trabajó en la empresa Paleoymás, principalmente haciendo museística. “Me gusta mucho la divulgación de la ciencia”, constata.

En 2016 llegó una beca en Portugal -donde están quizá los yacimientos más importantes de Europa del Jurásico- y trabaja en la Universidad Nova de Lisboa, concretamente en el departamento abierto en el Museo de Lourinhã, donde “hay una colección de fósiles espectaculares”, explica. Desde ese puesto, ha realizado excavaciones en EE. UU., Argentina, Portugal, España; ha sido invitado a congresos en China, Japón, Australia..., y es autor de numerosas publicaciones.

Ahora uno de sus objetivos es el yacimiento de Loarre y transmite todo su entusiasmo por el proyecto. “Todavía estamos aprendiendo a trabajarlo, pero estoy abrumado por la cantidad de material, por el potencial que tiene y por lo bien que está saliendo todo”, señala, y se deshace en elogios hacia el trato que están recibiendo del Ayuntamiento y los vecinos. Aparte del ingente trabajo sobre el terreno, se proyecta llevar adelante una iniciativa museística y de talleres para poder mostrar todo lo hallado.

“Si encontráramos embriones, Loarre sería un lugar de referencia mundial. Es muy difícil, pero tememos la esperanza”, anima. De todas formas, “va a ser muy interesante”, certifica. “Vamos a publicar artículos, porque estamos viendo cosas que nunca se han podido estudiar con tanto detalle”, avanza. Pero, además, tiene una visión muy clara del futuro: “El potencial patrimonial de ese sitio es espectacular. La paleontología como patrimonio principal no acaba de cuajar a menos que montes unas instalaciones como Dinópolis, pero como patrimonio complementario es muy atractiva. El castillo de Loarre atrae visitantes, que van a querer ver los dinosaurios. Va a ser una sinergia brutal que va a permitir desarrollar más esa zona de La Hoya”.

Este trabajo se inició con fondos de la Universidad Nova, y ahora existe el compromiso de que van a poder seguir trabajando. Eso no quita para que Miguel reclame mayor apoyo a la investigación. “Aragón va un poco por delante de los demás, pero falta inversión, porque las situaciones son muy precarias. Falta transmitir que el patrimonio paleontológico da de comer, puede ayudar a todo el mundo; hay que aprender a valorarlo más”, reivindica.

Miguel estudia actualmente la diversidad de huevos en Europa: “Sobre todo explorando si podemos predecir si el dinosaurio se va a quedar en el nido al cuidado de su madre, como un gorrión, o si va a poder salir corriendo, como una gallina”, explica. Otro proyecto actual es una colaboración entre España y Francia para saber “cómo de importante es la península Ibérica para explicar la evolución de los dinosaurios”. Y su gran esperanza, que es Loarre, donde ya en su primera visita, con la perspectiva de sus años de trabajo, halló un huevo entero: “Esto es serio”, concluyó ya entonces.

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