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¿QUIÉN SOY?

Olga Cervera Tomás, una niña responsable que disfruta de la vida

“Nuestro videojuego era el pueblo entero y las calles nuestra realidad virtual”

Olga Cervera
Olga Cervera
S.E.

Bañarse en el río, jugar en grupo, el baloncesto y la literatura eran algunas de las experiencias que hacían feliz a la pequeña Olga Cervera Tomás (Grañén, 1977), una niña sociable, alegre, empática y responsable, tanto que con 14 años se fue a vivir a Huesca con su hermana de 16 y se las arreglaban de maravilla.

Olga es la hija mediana de Mariano y María Cinta, le precede Eva y le sigue Raquel, una unida familia que disfrutaba de la vida en el pueblo, de las excursiones al río y las vacaciones en Labuerda; “Tranquilidad para mis padres y diversión para nosotras”, resume.

Iba al colegio de Grañén, donde entonces “por suerte” había muchos alumnos, también procedentes de localidades cercanas, que pasaban los recreos zambullidos en la rayuela, la goma y esa “comba que duraba generaciones, tenía un ciclo de vida muy largo”, recuerda divertida. Jugar al baloncesto con sus amigas y competir con otros colegios le encantaba. “No te dabas cuenta de que era hacer deporte, para mí era pura diversión”, comenta.

De las aulas recuerda con mucho cariño a los profesores de los primeros cursos, y especialmente, ya más adelante, al de Literatura, que le hizo disfrutar de esa materia; “Qué importante es que te transmitan”, constata.

Ya fuera del colegio, en contraste con la situación actual, “nuestro videojuego era el pueblo entero y las calles nuestra realidad virtual. Jugábamos al escondite, al “mataviejas”, corríamos por todo hasta las tantas sin mayores que nos estuvieran mirando”, recuerda.

Con 14 años, cuando acabó la EGB, comenzó en el Colegio Altoaragón de Huesca y vivía con su hermana Eva, dos años mayor, en un piso que tenían sus padres en la ciudad. Luego Eva se fue a estudiar a Zaragoza y llegó Raquel. “Las tres no llegamos a estar juntas, pero fue fácil convivir con las dos”, asegura. “Nos organizábamos bien. Yo soy muy ordenada, meticulosa y una histérica de la limpieza, así que quizá me tocaba más a mí”, añade, sabedora de que sus hermanas se lo rebatirán.

Como era una propuesta que se podía estudiar en Huesca, comenzó la diplomatura de Empresariales. Le hubiera gustado hacer Psicología, aunque lo compensa porque, como dice, “al final la vida te hace ser un poco psicóloga”. Siguió estos estudios con la licenciatura en Zaragoza y fue de erasmus a Inglaterra, a Nottingham. Posteriormente trabajó algo más de dos años en Barcelona y siete en Madrid, siempre pendiente de sus padres y Grañén. “Volvía por lo menos una vez al mes”, por lo que no perdió tampoco el contacto con sus amigas de siempre. Al fallecer su padre, decidió volver para hacerse cargo de la empresa, Hormigones Grañén, que dirige desde entonces. No le costó el retorno, quizá algo más a su marido, Roger, “que es de ciudades más grandes”, y ahora disfrutan con su hijo Pablo, de 7 años, de una localidad bien comunicada y “muy cómoda”. “Me gusta lo que hago”, dice, y sigue como en su infancia disfrutando de la vida con los suyos en Grañén. 

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