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Miguel Murillo Marcén: “La felicidad se reproduce, cuanto más se usa, más se tiene”

Este monegrino tiene una voz fabulosa y una memoria privilegiada que le ha permitido transmitir sus vivencias, coplas y jotas en varios libros

Miguel Murillo Marcén.
Miguel Murillo Marcén.
S.E.

Dice el refrán y uno de sus libros que “el que tuvo retuvo y guardó para la vejez”. Eso es lo que le ha ocurrido a Miguel Murillo Marcén, una leyenda de Los Monegros que a sus poco más de 90 años demuestra que la edad solo está en la mente, que el llevar una vida saludable, llena de felicidad, haciendo lo que de vedad se ama, nos puede llevar a ser otro Miguel Murillo, una personalidad arrolladora que ha trabajado comercializando con semillas y naranjas, de pastor, agricultor, albañil, pintor de brocha gorda y durante dos días, enfermero.

Miguel, al que llaman el jotero de Leciñena, cuenta que su infancia “no fue nada fácil ni habitual”. Estalló la Guerra Civil y, “como muchos, escapamos con mis hermanos, estuvimos por muchos sitios, en Robres, Poleñino, Binaced”, explica. Con tan solo 4 años su madre los mandó a casa de una tía, pero en el camino un hombre les dijo que aquello era “el fin del mundo”, y con semejante susto, los hermanos corrieron desde Leciñena hasta Lanaja, donde les cobijaron. “Llegamos ‘chupidos’ pues no paraba de llover”, poco después fueron a Binaced donde iba siempre cantado por las calles. “Un día un miliciano que me escuchó me dijo que si iba a cantar donde estaban sus compañeros, me darían de todo, comida, chocolate… y allí fui”. Nuestro protagonista tiene una voz privilegiada y una memoria fabulosa. “He ganado muchos premios cantando jotas, he cantado con el ‘Chato’ de Pallaruelo y con José Antonio Villelas y en Radio Zaragoza muchos años”, explica y narra que también le encanta el tango, “y la poesía, que luego las canto”, porque gracias a su envidiable memoria recuerda todas las poesías y canciones que ha hecho durante toda su vida. “No pude ir al colegio y todo lo que sé, lo he aprendido solo, todo lo llevo en mi cabeza y lo recuerdo muy bien”, asegura.

Cuando era niño rememora que nunca jugaban, “no eran tiempos para jugar, primero porque eran tiempos de guerra y después, con 9 años ya éramos pastores”, trabajo en el que disfrutaba mucho, “porque -asegura- me encantan los animales y con el buen oído que tengo enseguida los distinguía, incluso conocía a las ovejas y los cordericos por el sonido que emitían”.

Miguel tuvo 11 hermanos, “dos murieron y los demás sobrepasamos los ochenta, además yo soy gemelo, somos los más pequeños”. Con su gemelo, Jesús, cuenta lo que disfrutaban cuando ya eran más mayores; “tenemos muchas anécdotas Jesús y yo, siempre hemos sido casi iguales por lo que las novias nos confundían”, ríe recordando aquellos tiempos, “aunque yo soy más parecido a mi madre y él a mi padre”.

En la actualidad ha escrito muchos libros de jotas y coplas, algunos con unas preciosas ilustraciones de su hija, Mercedes Murillo, y ente todos, destaca ‘El que tuvo retuvo y guardo para la vejez’, una publicación que surge en 2018 como un proyecto personal de su nieta, Ana Marcén, y que junto al resto de esta familia, reconocida por la conservación del trigo Aragón 03 y su panadería Ecomonegros, han sabido dejar un legado de las memorias, coplas y jotas de la vida de Miguel, incluidas las poesías de su esposa, Ángeles Gavín, “descendiente del Bandido Cucaracha”, advierte Miguel.

Para su nieta Ana fue su primer libro: “Me dictaba mi yayo y en él cuento las aventuras de ellos. Una biografía divertida y fácil de leer, que también incluye reflexiones propias sobre los hechos”. Este proyecto se planteó como un “libro pensado para la familia y mi yayo”, y se editaron cien ejemplares que se agotaron en un acto organizado en Leciñena. Animada por la familia y los amigos, Ana lo volvió a reeditar desde el convencimiento de que “lo que se publica en el libro no va a cambiar el mundo, pero sí anima a que otras personas hagan lo mismo, aunque no lo materialicen en un libro. Todos tenemos algo que contar”. Este libro pretende mostrar los cambios y logros conseguidos y también el camino que deben recorrer las generaciones actuales y futuras. “Ahora -dice Ana Marcén-, se habla mucho de la necesidad de reinventarse, y de eso mi yayo sabe mucho”.

“El que tuvo retuvo y guardó para la vejez” se presentó hace cuatro años en el salón de la Tercera Edad de Sariñena. Y no defraudó. Miguel Murillo recitó algunos de sus poemas acompañado de la guitarra de su nieta Ana Marcén. Las anécdotas, el buen humor, las composiciones musicales de la escritora y las miradas de complicidad entre nieta y abuelo hicieron el resto.

Hace menos de una semana, hablamos con Miguel, una conversación en la citó los baches de la vida como una oportunidad para mejorar o para valorar lo bueno que tenemos. Conversando con Miguel se aprende a recordar lo afortunados que somos, porque, como dice el yayo de Leciñena, “a través de la gratitud nos motivamos para hacer una vida mejor, ya que la felicidad se reproduce. Cuanto más se usa, más se tiene, ahora y en el futuro”, concluye.

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