Ribagorza

CELEBRACIÓN

Concha Pueyo: "Gracias a Dios, la cabeza me va bien, y de lo demás voy tirando"

Natural de Aguilar y vecina de Graus, cumplió el lunes 100 años y valora poder bajar todos los días un poco a la calle y hacer sopas de letras

Concha Pueyo sopló el lunes las velas de su 100 cumpleaños.
Concha Pueyo sopló el lunes las velas de su 100 cumpleaños.
S.E.

Concha Pueyo cumplió el pasado lunes 22 de agosto 100 años en compañía de su familia y sobrecogida por la infinidad de regalos y felicitaciones. Esta jovial y lúcida centenaria, que no ha perdido la dulzura y las ganas de vivir pese a los sinsabores de su larga vida, valora poder bajar cada día un rato a la calle y hacer sopas de letras, manteniéndose activa como confiesa haber sido siempre.

Concha Pueyo nació en Aguilar, hoy despoblado, el 22 de agosto de 1922 y, pese a las carencias, guarda buen recuerdo. “Yo fui la última de cuatro hermanos, así que estaba bastante mimada, dentro de lo que había. Éramos labradores y no pasábamos hambre. Pude ir a la escuela hasta los 14 años. Eso sí, no había ni luz ni carretera, pero estábamos bien, era un pueblo muy solanero”, recuerda.

"Éramos labradores y no pasábamos hambre. Pude ir a la escuela hasta los 14 años"

Tras casarse con su marido, también de Aguilar, bajaron a Graus, donde ha pasado toda su vida. “Me casé con 25 años y me bajé a Graus, al Barrichós, siempre he vivido por el Barrichós”, especifica, mientras su hija, también Concha, apunta que conoce cada casa y la historia de cada familia porque su madre conserva “una memoria prodigiosa” que completa la inusitada lucidez de la que goza.

Además de la posguerra y las dificultades propias de esa época, Concha Pueyo pasó por desgracias personales como el fallecimiento de su marido cuando ella tenía 55 años, o el de su hijo, con 37. “Se me murió mi hijo joven, y mi marido, pero tienes que seguir. Hay que seguir luchando y luchando. Te tienes que enfrentar a las cosas, hay que intentarlo y seguir”, insiste dando una lección de vida.

Concha Pueyo estuvo yendo a trabajar a la huerta hasta los 92 años. “Iba media hora andando a la gorga el chuflé y volvía”, explica su hija. Ahora no puede hacerlo, pero no perdona la actividad física. “No he sido de estar cerrada. He sido activa. Y para los años que tengo, estoy contenta. Puedo bajar abajo todos los días y el día que no puedo lo echo en falta”. Precisamente en estas salidas cotidianas, está recibiendo muchas de las felicitaciones por su cumpleaños, que recibe con cariño y cierto pudor. “Estoy sorprendida. No esperaba tantas felicitaciones que he tenido. Ramos de flores y plantas. Muchos niños que me ven en el banco me han venido a felicitar”, relata.

De mente ágil y trato exquisito, trabaja también su mente. “Gracias a Dios, la cabeza me va bien y de lo demás, voy tirando”, comenta, mientras confiesa que uno de sus pasatiempos preferidos son las sopas de letras y que la televisión no le va. Mesurada, “como de todo, pero poquito”, nunca ha sido “partidaria” de las pastillas y, de momento, le va muy bien.  

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