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ENTREVISTA

Joaquín Villa Aused: “Con este libro, he repasado los recuerdos de una vida entera”

Nacido en Gistaín, ha escrito con 92 años y a mano ‘El serol de las piedras’, un texto en chistavín que es un legado de gran interés sobre tradiciones

Joaquín Villa Aused escribiendo a mano su libro.
Joaquín Villa Aused escribiendo a mano su libro.
S.E.

Joaquín Villa Aused tiene 92 años y está entre los vecinos más longevos que aguantan el tipo en el valle de Gistaín donde ha sido testigo de casi todo lo que ha pasado durante el último siglo. A sus años es también el autor con más edad que ha escrito un libro, titulado “El serol de las piedras” (El susurro de las Piedras) de 334 páginas de contenido y prólogo de su hijo Quino Villa, que ha pasado a textos los escritos a mano de su padre en chistavín. La edición del libro publicado por iniciativa del Ayuntamiento de Chistén, en colaboración con el Gobierno de Aragón, se presentará en breve.

El contenido se distribuye entre diez capítulos sobre costumbres, historias, noticias, tradición oral, refranero, ropas, devociones, nombres, cuentos, cosechas, rogativas, romerías, ermitaños, fiestas, arrendatarios de fincas, curiosidades, ermitas, iglesias, veladas y actas, entre otras cosas. Además, incluye el anexo “la caixeta de las fotos”. En conjunto, el libro es un legado de mucho interés por todo lo que aporta el autor. Ahí quedará.

“Eran antes las ovejas y las cabras que ir a la escuela”

En la conversación deja constancia inicial de una memoria prodigiosa desde el número de DNI, dato previo para contar que nació en Gistaín el 12 de agosto de 1929, el tercero de los hermanos en la familia. “Crecí en casa con mil miserias porque nos cogió la Guerra Civil, mi padre era pastor y el trato con los hijos fue frío siempre. En realidad, crecimos con la madre y la abuela que era analfabeta pero valía mucho, me dio consejos que aún recuerdo”.

En aquellos tiempos, “eran antes las ovejas y las cabras que ir a la escuela, por eso, cuando cumplí 13 años, mi padre me mandó al Bajo Aragón, marché solo a coger el coche de línea en Saravillo porque no había más carretera hasta el pueblo. En el viaje coincidí con un soldado de Plan y bajamos juntos hasta Barbastro, allí cogí el tren hasta Terreu y tuve la suerte de encontrar una mujer que me indicó dónde estaba el monte. Aquella noche pasé muchos apuros y al día siguiente comencé mi trabajo de pastor, que duró siete años, sin ganar nada porque mi padre todo lo invertía en ovejas”.

“Me di cuenta -recuerda- de que pasaba la juventud y no tenía futuro. En la mili (Servicio Militar) me tocó Tetuán, en África, y marché el 17 de marzo de 1951. Allí comencé a abrir los ojos y tuve suerte porque aprendí el oficio de albañil entre buenos profesionales. Me licenciaron el 25 de agosto de 1952, vine a casa bien preparado y echarme una novia fue de las primeras tareas”.

“Me prometió que si no se casaba conmigo se iba de monja”

Se fijó en “una chica que bailaba muy bien, era simpática, me declaré y la conquisté. Aquello fue costoso y romántico porque sus padres no me querían porque era de una de las casas más pobres del pueblo. Al final, el amor fue más fuerte que el egoísmo y nos casamos. Me prometió que si no se casaba conmigo se iba de monja. La verdad es que hemos sido felices toda la vida”.

En el plano laboral, “me puse con José Ballarín hasta que me independicé”. A partir de entonces, trabajó en San Juan de Plan. “Estuve allí un año con labores para el Ayuntamiento y después me fui a Sin, donde me dio faena el párroco Jacinto Brallans, que me encargó el tejado de la torre de la iglesia. Recuerdo que hice tres presupuestos y me ayudó de peón de albañil. Me dijo que un pastor jamás podría hacer el tejado de la torre -rememora- y fue un gran amigo. Los vecinos me llamaban el pastor. Al final hicimos la obra sin andamios, aunque los llevaba entre las herramientas pero no fueron necesarios”.

“Me estafaron en cuatro ocasiones, pero era joven y fuerte”

Además, hizo obras en el tejado de la iglesia de Serveto, entre otras. “En mi profesión me estafaron en cuatro ocasiones con la ruinas consiguientes, pero era joven y fuerte, nunca me faltó trabajo. Solo una vez saqué 40.000 pesetas del Banco Central que me prestó el cura Jacinto que era corresponsal y se las devolví poco a poco”. De albañil se jubiló.

Su afición por la escritura comenzó con 14 años. “Conservo lo que escribí al principio en Sena, al lado de Villanueva de Sijena. El empeño por este libro a mano y en chistavín fue en verano del año pasado, así que comencé a repasar los recuerdos de una vida entera. Mi hijo Joaquín organizó el índice de tareas, le he dictado muchas cosas, hemos repasado textos y ha sido un trabajo en equipo. A diario me lo he planteado como obligación. Tengo otro pero no creo que se publique”.

En el libro hay aspectos relacionados con la cultura, la religiosidad popular y la tradición oral por lo que se abre un gran abanico de posibilidades. Una de las aportaciones principales es la escritura en chistavín, que está entre las variedades del aragonés, con riesgo de desaparecer. Joaquín Villa (hijo) destaca “el gran valor cultural de la lengua autóctona por muchas razones. Va mucho más allá. Entiendo que es buen legado porque es historia de sociedad chistavina”.

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