Cultura

CRÍTICA DE DANZA

Ovación para la compañía vasca Dantzaz en el Palacio de Congresos de Huesca

Un emocionante tríptico de danza

Ovación para la compañía vasca Dantzaz en el Palacio de Congresos de Huesca
Ovación para la compañía vasca Dantzaz en el Palacio de Congresos de Huesca
R.G.

HUESCA.- En el marco del programa Platea, este sábado tuvo lugar en el Auditorio Carlos Saura del Palacio de Congresos de Huesca un magnífico espectáculo protagonizado por Dantzaz Konpainia, mucho más que una simple compañía de danza, ya que es también un espacio formativo y un laboratorio creativo cuya colaboración con el Centro de Creación Coreográfica Internacional posibilita su conexión con coreógrafos emergentes de todo el mundo. Todo lo cual redunda en la fecunda vitalidad de esta compañía formada por unos bailarines muy jóvenes, que derrochan energía e ilusión en su trabajo. Todo ello se pudo comprobar este sábado en la capital oscense, cuyos espectadores disfrutaron del espectáculo BAT, un emocionante tríptico formado por tres coreografías muy diferentes entre sí, pero perfectamente complementarias.

Comenzaron con Esclavos felices, una pieza coreografiada por el joven vasco-francés Martin Harriague, en la que se establece un divertido contrapunto, lleno de ironía y gracia, entre la música del compositor bilbaíno del siglo XVIII Juan Crisóstomo de Arriaga (apodado "el Mozart vasco") y una danza llena de matices contemporáneos y guiños a las poses del "vogueing", ese baile de finales de los años 80 que tuvo en Madonna su principal valedora. Del humor, la compañía pasó a la adusta seriedad de Thirty, coreografía de Sade Mamedova que remite al poder de lo colectivo y lo participativo y a la crudeza de la inmigración a través de la música hipnótica, repetitiva y minimalista creada por Mateo Lugo, a veces inquietante, a veces sutil y sugerente.

Pero, sin duda, lo más innovador e impactante llegó con la tercera y última pieza, la más larga, Walls, también creada por Martin Harriague, de una gran plasticidad y llena de espíritu teatral. Se trata de una crítica ácida, no exenta de humor, a una sociedad como la actual empeñada en levantar muros en vez de tender puentes. Dos realidades paralelas, el muro reforzado por Trump (personaje que aparece caricaturizado en el montaje) en su frontera con México y el muro que divide a Israel y Palestina, sirven de base a una trepidante pieza llena de creatividad, fuerza y pasión, que fue alternando composiciones de Bach, Verdi y Mascagni con canciones del grupo israelí Yemen Blues y del mexicano José Alfredo Jiménez (Un mundo raro), que propiciaron los momentos más álgidos de un espectáculo conmovedor e impecable.

El público, que había asistido atento y ensimismado a este derroche de sensibilidad, recompensó de forma emocionada a la compañía con un largo y cálido aplauso final de casi cinco minutos, algo que pocas veces sucede. El espectáculo de Dantzaz, sin duda, lo merecía.

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