Cultura

CRÍTICA MUSICAL

Carreteras interiores

El Palacio de Congresos de Huesca se rinde ante Quique González

Quique González, en Huesca.
Quique González, en Huesca.
Verónica Lacasa

En muchas ocasiones suele suceder que lo que suena por los altavoces antes de empezar un concierto da pistas sobre lo que se va a poder escuchar después. Es lo que ocurrió el sábado en el Auditorio Carlos Saura del Palacio de Congresos de la capital oscense, donde Quique González presentaba su más reciente disco, Sur en el valle. Justo antes de salir al escenario, sonaba por los altavoces la preciosa Canción mixteca que el gran actor Harry Dean Stanton interpretaba en la película Paris, Texas de Wim Wenders y que aquí se escuchó en la versión instrumental que grabaron los Chieftains con Ry Cooder, autor de la banda sonora del filme. Y es que Sur en el valle, álbum concebido durante la pandemia en el cántabro Valle del Pas, donde ahora reside el artista madrileño, es un disco que guarda una cierta relación con el espíritu telúrico y melancólico de esa película y con el sonido limpio, relajado y orgánico que Ry Cooder imprimió a su banda sonora. Algo en lo que muy probablemente ha influido la labor del guitarrista y productor mallorquín Toni Brunet (antiguo músico de Miguel Ríos o Marlango), que ejerce en cierta forma también de director musical en la actual gira de presentación de este disco. Él, junto con una excelente banda formada por Edu Olmedo (batería), Diego Rojo (bajo y contrabajo) y el teclista Raúl Bernal (no, nada que ver con el maestro chocolatero de LaPaca), sirvieron de efectivo y brillante soporte a la voz de Quique González en una actuación de más de dos horas que entusiasmó a un público rendido a sus pies.

Quique González pertenece a la estirpe de eso que se podría denominar rock de autor (Tom Petty, Bob Dylan, Neil Young, Bruce Springsteen), que también conecta con el sonido americana de Wilco y Jayhawks y que recibe igualmente influencias de Ry Cooder o, sobre todo, de The Band, uno de sus referentes más evidentes. En España está en la misma longitud de onda que Julián Maeso, Morgan o los Secretos más americanófilos. Una música, en definitiva, de obediencia americana, que bebe también del espíritu on the road de Jack Kerouac, de quien este año se celebra su Centenario. Y como en el caso de Kerouac, se podría decir que también González transita carreteras interiores, tanto en su acepción puramente geográfica como en el sentido de que en muchos casos sus letras hablan sobre todo de un viaje interior.

Los músicos salieron al escenario elegantemente trajeados y arrancaron su actuación con los tres primeros temas de su nuevo disco: el tema titular, Lo perdiste en casa y Amor en ruta, todos ellos con esa cierta atmósfera desértica tan cara a Ry Cooder. A partir de allí empezó a recuperar temas de toda su discografía, empezando por uno de los más emblemáticos, Pájaros mojados, y siguiendo con el vibrante Caminando en círculos o La fábrica, uno de los que más remite a Neil Young, cuyo álbum Harvest celebra este año su 50º aniversario. El aroma blues de Parece mentira precedió a la sutileza de Betty, en el que Brunet se lució con unos delicados punteos en la onda del Mark Knopfler post-Dire Straits. Y tras Daiquiri Blues (del disco homónimo grabado en Nashville), volvió a su disco más reciente para acometer Alguien debería pararlo, la crónica de una pareja en crisis. Después seguiría alternando temas antiguos y nuevos: el folk-rock de Torres de Manhattan (entre Dylan y Gram Parsons), Te tiras a matar o Su día libre, que comienza con un aire desértico muy a lo Ry Cooder para después derivar al rock mercurial de The Band.

Y llegó, al menos en la opinión de quien esto suscribe, uno de los mejores momentos de la velada, con el tema Tornado, que, aunque durante su interpretación tuvo que hacer rewind porque había empezado en un tono equivocado, se convirtió en un excelente punto de inflexión al romper con el tono quizá demasiado uniforme del concierto, con una sonoridad casi siempre muy similar.

Tornado, que describe una auténtica tormenta emocional, es una suerte de intimista bolero jazzy al que el contrabajo de Diego Rojo imprimió una gran carga de profundidad. Después seguirían Detectives (una canción de soledad acompañada que comenzó a lo Nick Drake), el jubiloso hit Salitre (con su entrañable toque de acordeón), que fue coreado por todo el público, o No es lo que habíamos hablado, que sonó a The Band en clave bluesy. La temperatura subió con el aire más rockero de Kamikazes enamorados, y la gran sorpresa llegó con una excelente versión de Considerando del genial Rafa Berrio, quien en 2013 pisó ese mismo escenario en el marco del festival Periferias. La actuación llegó a su fin con Se estrechan en el corazón y La casa de mis padres.

Pero el entusiasmo del público hizo posible que la velada se alargara con un primer bis en el que sonaron Y los conserjes de noche (que recordó a Antonio Vega y a los Secretos), la frescura de Puede que me mueva con su ritmo funky y su atmósfera luminosa y mediterránea (un nuevo punto de inflexión en el concierto), y otro de sus hits, Miss Camiseta Mojada.

Y el público, todavía con ganas de más y ya puesto en pie, exigió un segundo bis en el que interpretó ese Vidas cruzadas que evocó la reconocible épica de Bruce Springsteen. Al final, y mientras el público seguía aplaudiendo en pie, sonaba por los altavoces de nuevo la Canción mixteca del principio, ahora en la versión norteña de Los Igualados. Un triunfo sin paliativos. 

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