Cultura

CÓNICA MUSICAL

La mayor fiesta de Europa

Más de 55.000 personas disfrutaron del regreso del Monegros Desert Festival

Richie Hawtin saludando al personal junto a Juan Arnau padre.
Richie Hawtin saludando al personal junto a Juan Arnau padre.
Xavi Torrent

Polvo, electrónica, fiesta y sol. Parafraseando la letra de la canción de José Antonio Labordeta, y trocando su gravedad por el pertinente hedonismo, el Monegros Desert Festival reunió a más de 55.000 almas en el desierto monegrino en torno a la celebración de la música electrónica y del sentimiento de pertenencia a una colectividad unida por su pasión por el baile. Sin duda, esta última edición del festival –la más multitudinaria de su historia- se vio convertida en la mayor y más espectacular fiesta de toda Europa. Gente llegada de 85 países (casi la mitad del extranjero), que disfrutó con la gran diversidad de ritmos que ofrecía Monegros en sus diez escenarios. Bueno, en realidad doce si tenemos en cuenta tanto la locomotora y los vagones de tren que en la zona VIP del festival sirvieron de cabina de DJ, como el monumental avión Airbus 330, traído desde el aeropuerto de Teruel, en el que pincharon por sorpresa varios disc-jockeys, entre ellos el oscense Andrés Campo, que ofreció a las seis de la mañana una sesión remember con su alter ego de Kuki, evocando sus tiempos en la discoteca Coliseum.

Con unos siete millones de euros de presupuesto, Monegros colmó todas las expectativas de los asistentes, entre los que se apreció en todo momento las ganas de volver a disfrutar de la mejor música electrónica en medio de una atmósfera lúdica y sin malos rollos, ocho años después de su última edición y dos después del inicio de la pandemia que obligó a atajar de cuajo las ganas de bailar. La raverbena (mezcla de rave y verbena) del desierto estaba diseñada esta vez para que el disfrute fuera total: visuales alucinantes, cuidada decoración hasta el mínimo detalle, perfecta delimitación de los diferentes espacios y un espectacular diseño de escenarios, que llegaba a su clímax más delirante en elRow, lo más parecido a una gran feria de atracciones para adultos, y que constituye una de las grandes invenciones de la familia Arnau, motor del club Florida 135 y del Monegros Desert Festival. Con Juanito Arnau (y su hermana Cruz) ahora al timón, la aventura se adivina inagotable.

Templos y catedrales de la electrónica

Los escenarios, por otro lado, eran como un menú degustación, en el que cada escenario es un plato. Y, sin duda, el plato principal lo fue el Sound System Temple, o Main Stage, donde la primera parte de la larga jornada de 22 horas non-stop fue cubierta por el hip hop, con los sevillanos SFDK y su reconocible flow andaluz, el rap feminista de las catalanas Ninyas del Corro, el hip hop chicano y fumeta de The Psycho Realm (con DJ Muggs, de los enormes Cypress Hill) y, como gran estrella, el neoyorquino Busta Rhymes, que esparció su voz rasposa y tosca por todos sus grandes hits, aunque quizá no logró hacer olvidar la decepción por la caída del cartel de los míticos y esperados Wu-Tang Clan. A partir de allí, ese escenario se convirtió en hogar de las grandes figuras de la electrónica. El alemán Paul Kalkbrenner, menos lineal que en otras ocasiones, abrió paso en su sesión al evocador sonido andestep e incluso al pop heterodoxo de Stromae. Por su parte, Chase & Status ofrecieron un excitante cóctel de breakbeat, dubstep y drum´n bass, mientras Vitalic se marcó un magnífico y estimulante set de techno experimental lleno de hallazgos, sin duda de lo mejor de esta edición. Y Richie Hawtin fue absolutamente fiel a su línea habitual: minimal con latigazos techno y gotas acid. Mención especial para el espectacular diseño de este escenario, en madera y simulando un gigantesco sound system, así como para sus impresionantes visuales.

Paul Kalkbrenner.
Paul Kalkbrenner.
Hara Amoros

Otro de los escenarios más concurridos fue el de elRow, lo más parecido al Circo del Sol en la cultura electrónica, con sus extravagantes personajes, sus gigantes y zancudos y su muy lisérgico decorado, con la cabina de los DJs situada en lo alto, a muchos metros del suelo. Uno de sus primeros ocupantes fue el dúo británico Basement Jaxx, que sigue despachando un house vibrante y adobado con breakbeats. Además de los habituales de elRow (Marc Maya, Toni Varga, De La Swing), destacaron en este escenario el tech-house de Technasia, el heterogéneo set del prometedor londinense Michael Bibi (que no dudó en incluir a Technotronic en su mezcla), el house con pedigrí neoyorquino de The Martínez Brothers o el hipnótico minimal de Loco Dice.

Por otro lado, el house en todas sus variantes ocupó el escenario del Open Air, germen (junto con el Pajar) del Groove Parade antecesor del Monegros Desert, y que en esta edición deparó algunas de las mejores sesiones, como la del norteamericano Seth Troxler o la del francés Folamour, que ofició una liturgia llena de funky house, italo disco e incluso un remix del “Girls & Boys” de Blur. Por su parte, Laurent Garnier estuvo soberbio, como siempre suele estarlo, con su combinado de house clásico, Detroit techno y electrónica próxima al sinfonismo, todo mezclado con tanta técnica como pasión y emoción. También Maceo Plex estuvo fantástico en ese escenario, oscilando entre el disco-house y el tech-house.

Los fanáticos del techno en su rama más purista tuvieron su lugar favorito en el escenario Techno Cathedral, diseñado exactamente como si se tratara de una catedral neo-gótica, con su púlpito incluido para el DJ. El primero en oficiar su misa electrónica fue el británico Ben Sims, que a las 14h del sábado dio la bienvenida en solitario a los primeros asistentes al festival con su trepidante techno groovy. Por ese escenario también pasaron Anna, Kölsch, Pan-Pot o esa estrella ascendente del inclemente zapatilleo que es Reinier Zonneveld. El escenario The Moon Stage, diseñado como si fuera una constelación de planetas, estuvo compartido por las huestes del dark techno más ácido (Kobosil, 999999999) y las del drum´n´bass más contundente (Dub Elements, Camo & Krooked o sobre todo Benny Page con Mad Division). Pero si de contundencia hablamos, el premio se lo llevan los dos escenarios de Industry City, realizados con material de reciclaje industrial (un poco a lo Mad Max), y que, además de incluir una rampa de skateboard, albergaron los ritmos más duros de la galaxia electrónica: hardcore, gabba, schranz, breakbeats salvajes o industrial techno. A destacar en ellos a Fran The Breakstorm, Stephanie Sykes, Phase Fatale, Mat Weasel y, sobre todo al veterano Cris Liberator (que pasó del happy hardcore al hard techno y de ahí al hiperveloz schranz) y al británico Ansome con su durísimo techno industrial, acompañado de un vociferante y amenazador MC.

Una rica galaxia rítmica

Es muy de agradecer, por otro lado, que Monegros siga reservando un hueco para los sonidos más minoritarios en algunos de los escenarios más pequeños y entrañables del festival. Es el caso del Greenlight Corner, consagrado al dub y equipado con un potentísimo sound system cuadrafónico, en el que destacó el mito del dub nacional Chalart 58 con la cantante Matah, que regaló una sorprendente versión dub del clásico “Fever”. En El Pajar, lugar fundacional del festival, reinó el drum´n´bass más vitalista y polirrítmico, destacando entre el abultado line-up de este escenario, la evocación del jungle primigenio a cargo de Karlixx o la potencia de los aragoneses de Fokin Massive. Por último, otro de los escenarios legendarios del festival, El Corral (más aireado y menos oscuro que El Pajar), del que los espectadores más veteranos recordarán aquella antigua edición en que el gran Jeff Mills tuvo que resguardar la tapa del giradiscos para que el viento no se llevara volando los vinilos, albergó los sonidos del house underground y groovy, destacando aquí las sesiones de Mafalda, Fred P o Alan Dixon. Y ya cuando el sol se apoderó del recinto del festival, los encargados de clausurar los diferentes escenarios fueron DJs como el oscense Andrés Campo (residente de Florida 135), el mítico Óscar Mulero, Joseph Capriati, I Hate Models, Seth Troxler, el Greenlight Sound System o, sobre todo, Paco Osuna, que, en solitario, clausuró el Sound System Temple.

Ansome.
Ansome.
Belza

Aunque se puede achacar al Monegros Desert una cierta falta de renovación estilística (no ha habido espacios para el hyperpop, los distintos géneros urbanos y otros ritmos más contemporáneos), lo cierto es que ha sido una edición magnífica y espectacular y que ha congregado más espectadores que nunca: más que, por ejemplo, la suma de todos los habitantes de la capital oscense; lo que ha llevado a algún medio a definir Monegros Desert como la segunda ciudad de Aragón. Como dirían Daft Punk: harder, better, faster, stronger. O lo que es lo mismo: más duro, mejor, más rápido y más fuerte. Así ha sido el retorno del Monegros Desert Festival.  

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