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Copiloto: “Esta primera parte de mi viaje musical ha sido entretenida, daría para un libro”

Javier Almazán celebra los 15 años de su proyecto con tres conciertos, el primero de ellos, este sábado en El Veintiuno de Huesca

Copiloto.
Copiloto.
Raquel Povar (@povarski)

El cantante oscense Javier Almazán celebra los 15 años de su proyecto musical Copiloto con tres conciertos: este sábado (23:30 horas), en El Veintiuno de Huesca; el 17 de junio (21:00 horas), en La Lata de Bombillas de Zaragoza; y el 29 de julio, en el Festival Aragón Sonoro de Alcañiz

Este sábado ofreces en El Veintiuno el primero de los tres conciertos más especiales de tu vida. ¿Cómo ha surgido esta idea tan bonita?

—Celebrar siempre es un placer, cualquier excusa es buena. Tres lustros publicando canciones con la piel de Copiloto es un buen momento para hacer balance. Es una meta volante en la que parar, respirar, ver lo que se ha conseguido y coger impulso para seguir en la carrera. Vamos muy rápido y a veces no disfrutamos de nuestros propios logros porque ya estamos con alguna otra cosa que nos ocupa, lo siguiente. Algunos de esos momentos no los disfruté entonces como me hubiera gustado.

¿Qué nos puedes adelantar de estas actuaciones?

—Interpretaré las canciones que querría escuchar si pudiera bilocarme y ser parte del público. Alguna con algún amigo, alguna por última vez. Con unos músicos estupendos arropándome y sin más pretensión que celebrar esta música.

Se cumplen 35 años desde que empezaste a escribir canciones. ¿Cómo recuerdas esos primeros momentos?

—Con cariño y ternura. Era un niño emocionándose por cada paso logrado; un acorde nuevo, una letra escrita, una pastilla para que la guitarra española “sonara como una eléctrica”, ¡un bajo! ¡una batería! Con 13 años formé un grupo con amigos (Fuera de Servicio) y todos los sábados por la tarde íbamos al sótano de la casa de uno de ellos para ensayar. Era el mejor momento de la semana, nunca le estaré suficientemente agradecido a sus pacientes y generosos padres por soportar semejante ruidera. Compartir con estos amigos lo que había escrito, hacer crecer la canción entre todos, éramos como una familia. Aún lo somos en cierta manera. Cada concierto era un evento vital para mí. Apenas podía pensar en otra cosa. Dedicarme a ello a tiempo completo era ya mi mayor deseo.

En esta época, ¿quiénes fueron tus máximas inspiraciones?

—En Huesca, a finales de los 80 y principios de los 90, apenas escuchábamos algo más que las radiofórmulas. Empecé a escuchar Radio 3 más tarde. Del 87 al 90 o 91 fue la época entre el final de los grupos de la post-movida y el inicio de “lo indi”. Luis Lles con su programa Misión imposible y las revistas Rock de Lux, Ruta66 y Popular 1 me educaron musicalmente. Fueron momentos de formación y descubrimientos. Escuchaba música en español; Radio Futura, La Granja, Loquillo, Mestizos Serrat, en Huesca había como una curiosa locura con El Último de la Fila… También escuchaba mucho soul y lo que llamábamos rock mestizo; Mano Negra, Living Colour, Red Hot Chili Peppers o Prince. También Black Crowes, Nirvana, Pearl Jam… No sé, mucha música y muy diversa. Huesca era una ciudad moderna, muy inquieta, muy abierta en cuanto a sonidos y estilos. No me di verdaderamente cuenta hasta que me fui a estudiar fuera. En Huesca no nos cerrábamos en un estilo, no militábamos, hasta mis amigos heavies escuchaban otras cosas. En los hogares de mi entorno, las discotecas eran muy eclécticas. Podías pinchar el disco de The Commitments y a continuación uno de Sepultura. Considero que Luis Lles tuvo mucho que ver con todo ello. Sin pretenderlo nos educó el oído, nos hizo tener la mente abierta y ser receptivos a sonidos y estilos desconocidos para nosotros.

En 2008 llegó la publicación de tu primer disco, Defensa del artista que no existe. ¿Te sentías como el título del álbum?

—En aquel momento quien no tenía un disco publicado por una discográfica “no era nadie”. La autogestión con algo de intención, seria, estaba en pañales y apenas nadie recurría a ella. La gestión de los grupos consistía, básicamente, en dejarte los ahorros en grabar en un estudio de dudosa calidad y fabricar casettes que luego, con suerte, vendías por una cantidad anecdótica a amigos y conocidos. Yo me mudé a Madrid para estar en el meollo e intentar conseguir un contrato discográfico. Me harté de dejarme ahorros y energía en grabar maquetas para llevar a los A&R de los sellos y que me marearan. No me decían que no, pero me sugerían cambios que me hacían perder tiempo, ilusión y paciencia. Si no tenías “el disco” en las “tiendas de discos”, si no tenías distribución ni publicidad en las revistas, si no sonabas en la radio, ni tu videoclip era programado en los canales de música, era como si no existieras. No había estudios caseros, no existía YouTube ni Spotify, no podías crecer si no apostaban por ti una serie de entes superiores (las discográficas). Era como si no existieras, pero yo existía. El título de aquel disco resume esa época.

De hecho, existes tanto que luego llegaron tres discos más y un EP. ¿Cómo los definirías en una frase?

Defensa del artista que no existe (2008): Ilusión máxima. Satisfacción y cierto descanso. Todo era futuro. Todo podía ocurrir. Un segundo luminoso (2009): Banda fija, muchos invitados, gira extensa… El disco que escribí y viví como si fuera a conseguir vivir de ello. El inicio, el desencanto y el círculo de confianza (2011): Color, arreglos, luz, energía, muchos vídeos y una preciosa portada de Javier Aquilué que le valió un Premio de la Música Aragonesa. Los puentes hundidos (2015): Cuatro años, cuatro estudios, tres productores, cien mil maquetas, mezclas imposibles, reescritura de letras cuando ya estaba masterizado. Locura y obsesión. Su construcción fue como levantar una catedral. Todo lo que significa pasar a la edad adulta siendo parte de una generación estafada en medio de una crisis económica y de pilares educacionales está ahí. Acaso mi mejor disco. Abrazos salvavidas (2021): Mi disco más sencillo y crudo en cuanto a elementos y sonido. Mi regreso a la música tras mucho tiempo fuera de la competición. Un disco de renacimiento, con el optimismo y la determinación de quien sabe que la vida es elegir y avanzar.

¿Qué balance haces de estos 15 años en la música?

—Bueno. He conocido gente interesante y gente muy talentosa y trabajadora, he hecho algunos buenos amigos, pero también me las he visto con personajes encantados de haberse conocido, egos desmesurados, jetas y vendehumos como le puede pasar a cualquiera que sale de casa y debe interactuar con otros humanos. He vivido situaciones irrepetibles que atesoro y llevaré conmigo siempre. He estado en estudios, conciertos, backstages, camerinos, furgonetas… Esta primera parte de mi viaje ha sido muy entretenida, daría para un libro.

En este tiempo has conseguido el reconocimiento de la crítica, del público e incluso de los Premios de la Música Aragonesa. ¿Cómo valora uno este éxito?

—El éxito es estar relativamente a gusto y satisfecho con uno mismo y estar orgulloso de lo que uno ha hecho. Que tu satisfacción no dependa de la aprobación del otro.

¿Firmas por, al menos, otros 15 más?

—Por lo menos, sí.